La odio.

1145 Words
Alai Rivas. Yo estaba muy mal, rota por dentro, confundida, con el corazón hecho un nudo. Pero entonces D’Angelo me abrazó. Me sostuvo con fuerza, como si él pudiera protegerme de todo lo que me dolía, incluso de mí misma. Y luego, me besó. Fue un beso lento, suave al principio, como una promesa. Yo le respondí con el alma. Me aferré a él como si fuera lo único que me mantenía de pie. Y entonces sus labios se volvieron más intensos, más decididos, más nuestros. Su mano en mi cintura me acercó más a él, y yo… yo no quise apartarme. Nos sentamos en el sofá, sin dejar de besarnos. Él quedó encima de mí, su cuerpo cubriendo el mío, su respiración acelerada. Sentí su mano acariciando mi espalda, luego bajando por mi muslo, subiendo con lentitud bajo mi falda. No me asusté. No quería que se detuviera. —D’Angelo… —susurré, sin aliento—. Quiero… quiero ser tuya. Se quedó quieto de golpe. Me miró fijamente, sus ojos azules ardiendo, pero había algo más fuerte que el deseo en su expresión: respeto. —Alai —dijo con voz grave, su respiración agitada—. No. No así. —¿Por qué no…? —pregunté, con el corazón latiendo como loco—. Yo… jamás había sentido esto por nadie. Nunca. Y yo sé que soy tu mujer, D’Angelo. No necesito papeles para saberlo. Ya soy tuya. Él cerró los ojos como si esas palabras fueran una prueba demasiado grande. Apoyó su frente contra la mía. —Y por eso mismo —susurró—. Porque ya eres mía… voy a respetarte. Lo que sentimos es real, y no quiero apresurarlo. No quiero que un día te mires al espejo y te sientas usada. Yo voy a cuidarte, Alai. Te lo juro. —Pero yo no me sentiría usada —dije con voz baja, acariciando su rostro—. Me siento viva contigo. Solo contigo. Él sonrió apenas, esa sonrisa que tiene cuando está conteniendo el mundo dentro de sí. Dejó un beso lento en mis labios, más profundo, más intenso que cualquier otro antes, pero sin traspasar el límite. —Pronto —murmuró contra mi piel. —Está bien… —dije en voz baja, sin poder evitar que mi voz temblara un poco. D’Angelo me miró con ternura, se inclinó y dejó un beso en mi frente. —Te veré pronto, esposa —murmuró con esa seguridad que siempre me hace temblar por dentro. Lo observé alejarse, alto, imponente, decidido. Cerré la puerta suavemente, pero sus palabras aún resonaban en mi pecho como campanas. Me quedé allí, en silencio, con el cheque en la mano. El trozo de papel parecía pesar como una piedra. Subí lentamente a mi habitación. Dejé el cheque sobre el tocador y me senté junto a la ventana, mirando las flores del jardín marcharse con el viento. No sabía si llorar o gritar. Estaba dolida… pero no por D’Angelo. Por ella. Pasaron casi dos horas cuando finalmente la escuché llegar. Su perfume invadió el aire antes que su voz. Caminaba ligera, como si el mundo le perteneciera. Apenas cruzó la puerta de mi habitación, me puse de pie. —¿Disfrutaste de tus compras, tía? —pregunté con frialdad. Ella me miró sorprendida por el tono. —¿Qué pasa contigo ahora? —Lo sabes perfectamente. Me tendiste una trampa —espeté, alzando el cheque con la mano—. Aquí tienes tu maldito cheque. —Alai… —murmuró, acercándose—. ¿Qué estás diciendo? —¡No te hagas la inocente! —grité, con los ojos llenos de lágrimas—. Sabías que D’Angelo vendría, que me ofrecería ayuda. ¿Querías que le pidiera dinero para comprobar si ya lo había “atrapado”? ¿Eso soy para ti? ¿Una inversión? Su rostro se endureció. —No me hables así, niña ingrata. ¿Ya ocurrió? —¿Si nos acostamos? —solté de golpe, con el corazón latiéndome en los oídos—. ¿Eso querías saber, no? ¿Si ya me entregué a él? Su expresión cambió. Por un segundo pareció molesta, luego curiosa. —¿Lo hicieron? —¡Eres repugnante! —le grité, temblando de rabia—. No te importa lo que yo sienta, ni si tengo miedo, ni si estoy confundida. Solo te importa que él sea un Santoro, ¿verdad? ¡Un apellido para colgar en tu pared como un trofeo! Ella frunció el ceño y alzó la mano como si fuera a abofetearme, pero se contuvo. Dio un paso atrás, respirando hondo. —Te guste o no, él es tu prometido. Te vas a casar con el hijo del Don. Con eso me basta. Así que guarda tus lágrimas para otra ocasión, y baja ese tono de niña tonta enamorada. Aprende a jugar el juego. —Yo lo amo… —dije en voz baja, sin poder evitarlo. No sé si fue una confesión o una súplica. Tal vez ambas. Mi tía rió. No una risa dulce o maternal, sino esa risa seca que suena como una bofetada. —Muy bien. Mejor así, Alai —dijo, cruzando los brazos, como si mi amor fuera una victoria suya—. El amor facilita las cosas. Hace que seas más dócil… más útil. La miré con el corazón encogido. Aún podía sentir el aroma de D’Angelo en mi ropa, su voz en mi oído, sus palabras sinceras. Y ahora, la frialdad de Greta caía sobre mí como un balde de agua helada. —Yo tuve que criarte —continuó ella, con esa voz afilada como cuchilla—. Sacrificarme por ti. No te imaginas lo que ha sido mi vida. ¿Tú sabes lo que es renunciar a todo por una niña que no pediste, pero que te cae encima como un castigo? —No te pedí que lo hicieras —murmuré, con un nudo en la garganta. —¡Pero lo hice! —espetó—. Dejé mis planes, mis oportunidades. Nunca me casé. Nunca tuve hijos. ¿Y para qué? Para que tú, mi sobrina bonita, crezcas como una princesa. —Yo no quiero ser una princesa, tía —dije—. Quiero ser una mujer. Libre. Amada… por quien yo elija. Ella me miró con desprecio. —Pues ya elegiste. Y me alegra que sea él, porque ese hombre puede darte una vida que ninguna de nosotras soñó jamás. Lo mínimo que puedes hacer es mantenerme. No olvides, Alai… todo lo que tienes, me lo debes a mí. Quise gritar. Quise decirle que no le debía nada, pero solo asentí con la cabeza. Porque algo dentro de mí lo entendía: mi libertad estaba atada a esa boda. A D’Angelo.A un amor que tal vez era lo único mío… en medio de todo lo que me habían robado.
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