Échale más grano al guiso

2512 Words
Como duermen los que no deben dormía Jacob. Había encontrado un oasis en Raquel y no tenía más preocupaciones que las de su trabajo, las cuales soltaba como un saco cuando regresa a los brazos de su amada. Menospreciada y meditabunda, Lea se dedicaba con ahínco a complacer los más detallados gustos de su marido. Confeccionaba hermosos atavíos que le quedaban a la medida y la calidad de sus sandalias era reconocida por los comerciantes, pues nada tenían que envidiarle a los artículos de otras tierras más desarrolladas. Jacob instaba a Lea a que produjese el ciento por uno de lo que hacía, y de las ventas de aquella manufactura, se beneficiaría ella misma. Pero en opinión de Lea “si tuviera que hacerlo para otro no encontraría suficiente inspiración”. Ella pensaba que la belleza de su hermana le hacía sombra a su felicidad, mientras su colega, despreocupada y ociosa, encomendaba sus tareas a Bilha, la sierva que le diera Labán, para dedicarse a probar los finos vestidos que trocaba Jacob por ganado. Se acicalaba de forma que su marido notara el detalle y ya no pastoreaba ni trabajaba en las labores del campo, pues había convencido a Jacob, que su felicidad estaba en dedicarse por entero a él. El suplantador se encontraba embriagado de dicha, la vida sosegada de la prosperidad le sonreía. Y de colofón había encontrado un resquicio de sabiduría; por lo que constantemente se detenía a observar hacia atrás para ver si su camino se había desviado a la derecha o a la izquierda. En esos momentos apreciaba el valor de Lea y llegándose a ella la amaba también. No significaba un sacrificio; pues la quería de una forma limpia y agradecida, sino que conocía las consecuencias de allegarse a su primera esposa: Inmediatamente se enfermaba Raquel, y no se restablecía sino después de hacerle sufrir un buen trecho de soledad e indiferencia. Lea, era callada y reflexiva, en cambio Raquel parecía un molino incesante de palabras que nunca dejaba de parlotear. Jacob encontraba en Lea el amigo comprensivo que no encontró en su padre. La quería porque lo amaba, y sabía leer el contenido de su espíritu como un libro abierto, e intentaba satisfacer todas sus necesidades espirituales y filosóficas, dedicándose, cuando él se acordaba de ella, a charlar sobre los grandes temas. En cambio, Raquel le restaba importancia a esos aburridos parlamentos y se ofrendaba por entero para llenarle de gozo, le procuraba una vida embutida en emociones, dedicada a las voluptuosidades del amor; guisando las recetas más exóticas, procurando asombrar siempre la ya sorprendida curiosidad de Jacob. Cualquiera pensaría que el suplantador vivía a lo largo y ancho. Que tenía poder, dinero, estabilidad, salud, amor… y de postre, el completo consentimiento del mismísimo Jehová; porque hacía falta alcanzar un grado de gloria espiritual para ser bendecido con tanta gracia. Pero un incesante goteo aparecía en sus oraciones diarias. Auscultaba los rincones de su corazón buscando la mala hierba, y aunque se deshacía de aquellos herbajos perjudiciales para su alma, siempre tenía la sensación de que allí, donde arrancaba lo malo, subsistía la semilla. Y fue en ese tiempo, cuando Dios le enseñó que el hombre se enceguece porque no quiere ver; pues teme que, al mirar sus pasos, distinga que son torcidos e injustificables, y solo mediante la mirada sincera se puede conocer el momento en que se desvió el hombre del camino. Entonces Lea le dio su primer hijo, al que llamó Rubén, esto es, “Ved, un hijo”. El nombre agradaba a los padres; sin embargo para Lea esta Visión significaba que Jehová había visto la aflicción de la esposa y enviaba un hijo “…por tanto, me amará mi marido” –pensaba. Jacob había empezado a ver el mundo con la ayuda de Dios. La forma como se lo habían explicado, incluso como lo había interpretado él mismo, no era más que una superficial y vana figuración, con que los hombres buscaban justificar su supremacía. Era un engaño desde el nacimiento hasta la muerte, creado para mantener dominados a los hombres, y alejados de Dios, por tanto, de la vida. Y mirándolo desde ese punto de vista, nada sabía él de la vida, por cuanto la había interpretado con una visión turbia y desdoblada. Así que optó por Oír lo que Dios le estaba diciendo con esta cadena de aprendizajes. Asimilaría todo de nuevo guardando el silencio del YO y escuchando la perfecta musicalidad con que Dios habla a través del mundo y sus fenómenos. De esta forma concibió de nuevo Lea, y nombraron Simeón a su segundo hijo, porque el entendimiento viene por el Oír. Más para Lea, Simeón significaba que Dios Oyó su clamor por cuanto había sido menospreciada, y le concedía el segundo hijo, que es la consolación; porque Dios la oyó. De tal forma que el varón empezó a ver y oír y a tratar de entender lo que el altísimo estaba enseñándole, y volcó toda su atención a su propio proceso de aprendizaje. Conversó todas estas cosas con Lea, y ella le habló también de sus reflexiones. Y halló que la sabiduría de Lea siendo similar, era más diáfana y encumbrada, porque la verdad solo es bella desnuda. Así que el hombre podía curarse de su ceguera y acceder a una perspectiva sincera del mundo, pero, como decía Lea, solo Dios ve la sinceridad en el corazón del hombre, y envía el primer hijo, Rubén, que es la visión. Y una vez que podemos ver ya no andamos en tinieblas sino en la luz, y entendemos lo que Dios quiere con nosotros –sincretizaron Jacob y Lea–, porque Dios ha oído el sufrimiento de sus hijos, y le ha dado consolación, por esto Simeón es Oír, pues tú oyes porque Dios te oyó. Y estando Jacob unido a Lea, en mente, alma y corazón, envió Dios el tercer hijo Leví, esto quiere decir Unión. Y como producto de esa Unión nació la armonía entre el esposo y la esposa, dando origen al sentimiento más puro y desinteresado de todos, que es El amor. Que junta la alegría y la tristeza y el dar y recibir, proyectándolo todo hacia el ser amado, al tiempo que recibe su proyección. Así nació Judá el cuarto hijo, que es lo mismo decir Alabar: Y siendo Dios el amor mismo, alabar es dar gracias por amar. Ni la indiferencia, ni los achaques, ni el mal humor de Raquel causaban pesadumbre en Jacob, había perdido toda capacidad de manipularle a través de los sentidos. Raquel entendió con amargura que Lea había conquistado una buena parte de sus tierras, y el marido realmente había empezado a amarlas por igual. Atribuía su desgracia a la falta de hijos, y en cierta forma tenía razón: Un hijo es el fruto que el alma alcanza, y hasta ahora lo que ella tenía era un matrimonio estéril. Inclusive Jacob veía la envidia de Raquel como una actitud infantil y le fastidiaba la forma en que su segunda esposa se refería de la primera. Y si se sumaba el constante martillar: “Dame hijos, sino me muero… dame hijos, sino me muero” hacía que apareciera una gruesa vena en su frente. –Mira mocosa –dijo hastiado un día: ¿Qué culpa tengo yo si tu vientre es infructuoso? ¿Tengo cara de Dios, o qué? Raquel rompió a llorar desconsolada y la ternura de su tristeza conmovió a Jacob. –Oye Zoar5: No te angusties por la falta de hijos, es innegable que los hijos son una bendición, pero no voy a amarte menos porque no los tengas, pues yo amo de ti lo mismo que amo de mi hermano; tú eres un ser que nació bello y puro, esa es tu esencia. Eres como el nacimiento y no como el nacido, eres la ternura que induce la flor, más que la flor. Lea y yo hemos tenido que provocar nuestra propia belleza, y fueron vanos todos los intentos, hasta que la pusimos en manos de Jehová. –Ciertamente he desperdiciado tu tiempo Jacobito –respondió Raquel–, mi hermana merece lo que yo no he alcanzado. Dios me ha juzgado y me ha encontrado falta; por ello le ha dado hijos a ella y no a mí. Pero mi sufrimiento será oído también, dame una satisfacción mientras tanto, llégate a Bilha, mi sierva, y que dé a luz sobre mis rodillas, y así yo tendré hijos de ella. Para satisfacer a Raquel Jacob se llegó a Bilha y ésta concibió. Y cuando nació el niño Raquel le llamó Dan; que quiere decir Juzgar. Algunas cosas no tenían sentido para Jacob, ¿Por qué Dios le enviaba frutos a Raquel? Esta inquietud le acompañó durante muchos días y en muchas oraciones elevó su duda para que Dios le revelara la médula de este asunto. Y no fue hasta que recordó las duras palabras con que la trató, y el sentimiento de ternura que le provocó después, cuando le fue revelado el secreto: Juzgar no significa “condenar”, más bien simboliza pesar, medir y valorar; el oro tiene su peso, y en esa medida se dictamina su valor, así es para Dios la condición humana. Él no juzgó a su esposa Raquel, la condenó. Y cuando su nueva visión acusó su falta, tuvo la necesidad de indemnizarla. Con esto aprendió que todo juicio tiene al final su valoración. La gracia, aunque es inmerecida, es el valor que Dios nos da. Luego Bilha le dio un segundo hijo, y Raquel le puso Neftalí, que significa contienda, alegando que contendía con su hermana por la simiente de su esposo. Y pensó Jacob que el hombre contiende contra Dios para imponer su voluntad, porque en el fondo de su corazón se cree dueño de la verdad. Entonces Lea, que había dejado de dar a luz, tomó a Zilpa, su sierva, y la dio a Jacob por mujer. Y ésta le entregó un hijo al que llamaron Gad, por la palabra ventura, pues son bienaventurados los que confían en Dios. Más tarde parió Zilpa de nuevo, y Lea llamó a su hijo Aser, como se dice Feliz en su lengua. Por cuanto Dios les había dado felicidad. Y se detuvo la paridera por un tiempo. Estaba Rubén, el primogénito de Jacob, en los campos de trigo cuando vio unas mandrágoras, las trajo consigo a casa y las dio a Lea, su madre. Y viendo que había traído mandrágoras el jovencito, Raquel, que casi nunca les pasaba palabra, inició una conversación. –Hola sobrino, Dios me lo bendiga grandemente… Y a ti también hermana. Qué bonitas mandrágoras tienen ustedes allí. ¿Dónde las consiguieron? El muchacho iba a hablar, pero un gesto de su madre lo detuvo. –Son de un lugar muy cerca de “Vete de Aquí”, se llama: ¡Sacúdete! –Ay…hermana –cabildeó Raquel. Tú si eres graciosa, no te juegues así; porque entonces mi sobrino va a creer que son lícitas las peleas entre hermanos. – ¿Qué quieres Raquel? –Dijo Lea bajando la guardia. –Una mandragorita por el amor de Dios… –Dile a tu sierva que te dé a luz una mandrágora. –Hermanita, esta conversación no nos lleva a ningún lado. Vamos a negociar. – ¿Y qué tienes tú para darme? –A Jacob. Una mandrágora es un artículo de lujo, pero Jacob era un lujo que desde hacía tiempo no se daba Lea. El pacto se selló rápido y sin muchas negociaciones, Raquel se llevó su mandrágora y cuando el varón llegó… –Hola Leíta. ¿Y eso, que me sales a recibir? –No preguntes nada y llégate a mí. –Amor. Pero es que estamos en tiempo de Raquel… –No te preocupes por eso. Tú tienes precio para ella; te alquilé por una mandrágora. – ¿Tan poquito? –Para que tú veas… Así llegó el quinto hijo entre Jacob y Lea, justo cuando creían cerrados los graneros. Y Lea vio en esta bendición la Recompensa de Dios por la invariable entrega de la esposa al esposo. Jacob convino con ella, reflexionando que la constancia siempre genera su recompensa, que en su lengua nativa se traduce como Sakar, y así llamaron al quinto Isacar. Tiempo después vino el sexto de la pareja. Y no podían creer que Dios habitara de tal forma entre ellos, porque ya era viejo el vientre de Lea. Pero Jacob dedujo que la búsqueda del hombre, aunque al final genere la recompensa, debe perseguir una meta más sublime. Y entonces Lea dijo: Te he dado una buena dote, seis hijos, ahora morarás conmigo, porque la esposa ha dado alegremente lo que deseaba el esposo. Y Jacob se quedó con ella, llamando al sexto Zabulón, que viene del dialecto Zabal (morar). La esposa y su esposo habitaban juntos delante de Jehová. Lo que originó la idea de la Paz. Entonces nació una preciosa niña, a la que llamaron Dina, la séptima hija entre los dos. Raquel se sentía derrotada, aún era una hermosa mujer, pero el corazón de su marido ya no le pertenecía. Pasaba los días Gimiendo y entonando tristes alabanzas. Padre mío, falta sal en esta tierra Ando descalza bajo el sol ardiente No di mis frutos y sola he quedado Mirando el horizonte con labios partidos. Perdóname porque nunca fui humilde Y el rebaño que me diste lo he perdido Lo siento Papá… Te he decepcionado. En tu saco roto vengo a echar mis faltas Acepto esta dulce derrota pues me une contigo Admite en lugar de mis disculpas, mis actos Pues con ellos busco agradar a mi Padre. Heme aquí; cabizbaja No escuché tu amoroso consejo Recíbeme y aliméntame Trata mis heridas Yo soy tu heredera arrepentida. Cambios muy profundos revoloteaban en el alma de Raquel, y no pasaron desapercibidos por Jacob, incluso Labán y Lea se sorprendían de la nueva gracia con que se conducía su hija y hermana. Regresó a las labores de pastoreo y al cuidado de sus hijos, pidió perdón a quienes había transgredido, y reconciliándose con Lea, le solicitó que la enseñase a investir a Jacob. Ésta la recibió de franco abrazo y nació la verdadera hermandad. Jacob miraba enternecido cómo el ser más bello que había visto en toda su vida se transformaba en algo más hermoso todavía. Suspiró de nuevo su corazón por aquella pastorcita que regresaba a los caminos de Dios. Él se había conformado con la dosis de gracia con que había nacido Raquel, pero ahora el Dador universal añadía más virtudes a la virtud. Jacob se acercó a su segunda esposa y la amó como a una doncella. Y se acordó el Padre de su hija Raquel y quedó embarazada. Transcurrida la gestación dio a luz un niño al cual llamó José; que significa Añadir. Todos estuvieron de acuerdo con el nombre.
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