Primos El traqueteo del carruaje resonaba como un tambor incesante en los oídos de Gabriel mientras el vehículo se desplazaba por las calles adoquinadas. Sus muñecas estaban atadas con fuerza y la aspereza de la cuerda mordía su piel con cada sacudida. Los ojos vendados lo sumían en una oscuridad opresiva, obligándolo a depender del resto de sus sentidos. Respiró profundamente, intentando calmar su mente y agudizar su percepción. Escuchó el sonido del caballo al trote, el crujir de las ruedas y el ocasional murmullo amortiguado de voces lejanas. El viento nocturno se colaba por las rendijas del carruaje, llevando consigo el olor del hollín de las lámparas de gas y el leve aroma de tierra húmeda. No era suficiente para orientarse. Las calles estaban demasiado tranquilas, y las pocas p

