• CAPÍTULO XII •

3439 Words
Decir que Adelaida estaba nerviosa era muy poco. Su obsesión porque todo fuese perfecto era tanta que incluso llegaba a gritarle a todos los empleados, incluyéndome. Quería ser paciente cuando ella me gritaba pero mi paciencia se agotaba y solo me limitaba a callarme para no llegar a hacer algo de lo que me arrepintiera. En cambio, ella no parecía tomar ni un segundo para respirar mientras daba vueltas por todas partes arreglando todo para esa familia que ni siquiera habían tomado la decencia de venir a la la hora acordada. — ¡Tú! — señaló con uno de sus largos y arrugados dedos a una de las chicas de servicio, la cual no pudo ocultar su miedo al ser ella la señalada. — ¿Sí, mi señora? — preguntó temblorosa atenta a sus órdenes. — Quiero que amarres a los perros en el patio — ordenó — no quiero que llegue a pasar algún inconveniente con ellos. — sí, mí señora — asintió rápidamente dirigiendose al lugar indicado. — Abuela.. — murmuré por lo bajo intentado acercarme. — Ahora no Luci, necesito que todo esté en su lugar antes de que vengan — cortó a mis palabras con brusquedad. No entendía, ¿Qué tan importante pueden llegar a ser esas personas para que ella estuviese de esa manera? Toda enseñanza de clase y paciencia que algún momento me había llegado a enseñar, en ella habían desaparecido por completo. Ya no era esa señora civilizada y admirable por su característica presencia imponente, y de ello, lo único que había dejado era el miedo que antes le tenían. — Esta bien — intenté calmarle acortando la distancia para que pudiese verme. — pero no querrás que ellos te vean alterada ¿O sí? — pregunté suavemente para que ésta pudiese recapacitar. Por un instante, un armónico silencio hubo en aquél lugar y, como si yo fuese la llave de aquél perfecto silencio, los pocos presentes giraron a verme con un brillo de alegría y alivio inexplicable que ciertamente lograban transmitirme. Sin embargo, aquella paz momentánea rápidamente se vió interrumpida cuando el mayordomo de Adelaida apresuradamente se acercó arruinando todo y con una sola mirada volviese a colocarla con los nervios de punta. — ¿Ya llegaron? — preguntó aún sabiendo la respuesta y Jhon lentamente asintió. — bien — murmuró sin llegar a moverse de su sitio para fijar su mirada en mí escaneandome nuevamente como había hecho desde que había terminado de arreglarme, y luego de parecer estar completamente satisfecha, igualmente su mano viajó a mi rostro tomando un mechón para acomodarlo detrás de mí oreja y suavemente asentir con una sonrisa, dejándome allí parada mientras ella se acercaba a la puerta con Jhon tratando de tomarle el paso. Yo no me molesté en acercarme, mi cuerpo se mantuvo de pie en aquella sala escuchando el bullicio de distintas voces hablar fuera de la casa, pero a pesar de mi inmensa curiosidad que me impulsaba a querer salir para averiguar lo que hablaban o lo que hacían, mi cuerpo abandonó aquella misión cuando el firme cuerpo de Adelaida nuevamente se vió en la puerta dándole paso a aquellas personas. Una pareja algo contemporáneas con la edad de mi madre, si no es que llevaban más edad, fue lo primero que mis ojos lograron ver con cautela. A simple vista la elegancia y su odiosidad fue lo primero que pude notar. No quería juzgarles sin antes conocerles pero al notar sus ojos juzgones en la casa como si buscasen alguna imperfección fue el suficiente motivo para dejar a reprimir mi incomodidad y, sin sorprenderme en lo absoluto, una chica algo menor llegó a mi vista y su cara arrogante al fijarse en mí, dejó a relucir un desprecio y superioridad que ciertamente, más que molestarme, solo logró confundirme. Pero a pesar de que en cierto aspecto intentaba ocultar mi disgusto sintiendo que explotaría si alguien más entraba por esa puerta, una cabellera completamente negra como el de aquél hombre mayor que antes había entrado y, a diferencia de el cabello castaño oscuro de la mujer junto con la que aparentemente era su hija, rápidamente entró al lugar divisando inexpresivo el lugar hasta detenerse en mí pareciendo ser yo a la que detalladamente analizaba con sus escalofriantes ojos marrones casi de un color negros y su piel tan pálida como para confundirse con la de un muerto. — ¿Asi que ésta es tú chica? — preguntó apenas se detuvo a verme aquella mujer de cabello castaño y ojos amielados. Una sonrisa disimulada se posó en mis labios para al instante tratar de acortar la distancia y extender mi mano en saludo y proceder a darles la bienvenida a cada uno de ellos, sin embargo, mi mano quedó extendida bajo su mirada de desagrado y ésta nunca fue tomada, haciendo que rápidamente le retirara notando que su pareja tampoco parecía tener ganas de tomarle. — Así es, Mónica — afirmó Adelaida sin ninguna expresión en su rostro. Aquellos nervios, aquella ansiedad, todo había mágicamente desaparecido y aquello me dió a entender que con esas personas debía actuar tal y como ella lo hacía. — Soy Luci, Luci Kambel. — me limité a presentarme y sus hijos que estaban a un lado de cada uno tomaron actitudes algo distintas, porque mientras aquella chica aparentando uno 16 años veía todo el lugar como si quisiera criticarle, aquél chico como de mi edad, solo me veía a mí como si buscara algo que criticar y éso me incomodaba. — Kambel — repitió el hombre pensativo al escucharme con curiosidad siendo el primero en quitar su mirada juzgona de mí. — Nosotros somos la familia Harrison — se dispuso a presentar — ella es mi hija, Nicole — indicó señalando disimuladamente con la cabeza a la chica aun lado de la señora. Ésta al ser nombrada falsamente borró su cara de disgusto dejando una sonrisa tan rápidamente borrada como apareció, sin embargo, nadie pareció tomarle importancia cuando el señor Harrison volvió a hablar — Mi esposa Mónica — nombró haciendo que ésta hiciera un pequeño saludo de cabeza — y mi hijo, Thomas, Thomas Harrison — presentó con orgullo y, para mí sorpresa, una mano pálida y venosa se alzó frente de mí en señal de saludo dejándome completamente confundida. ¿A caso él era el único decente en saludar? Mi mano igualmente se levantó para tomarle dejando envolver ésta con la suya sorpresivamente fría en comparación a la mía, haciendo que un pequeño escalosfrios cruzara mi cuerpo. No voy a negar, me encanta el frío a pesar de que cualquier parte de mi cuerpo se mantiene cálida pero, siempre he pensado que una persona que es fría de cuerpo es porque está muerta. Era un pensamiento de infante que tontamente a lo largo de los años aún así se mantuvo. La situación era extraña, un enorme silencio había en el lugar mientras ambos tomábamos nuestras manos y al notar que aquello ojos oscuros no eran los únicos que me miraban intensamente, sino que todos allí nos veían expectantes, mi mano suavemente se retiró de la suya incómodo por aquellas miradas y haciendo que Adelaida se adelantara al fin en hablar. — Bien — llamó la atención — pasen al comedor, por favor, la cena va a enfriarse de estar esperando — bromeó haciendo que todos a su par la acompañan dejándome a mí por detrás, sin embargo, aquél chico había detenido su paso repentinamente colocándome en una incómoda situación de una caminata silenciosa con vagas miradas supuestamente disimuladas de nuestra parte. No entendía lo que sucedía y aquellas extrañas actitudes de todos ciertamente me confundían puesto a que todos parecían estar interesados en mí pero no de una manera normal si no como si yo fuese un carro al que Adelaida debía convencer de comprar y, la cercanía de aquél chico llegaba a ponerme, más que incómoda, nerviosa, y yo no era la única puesto a que sus manos apretadas jugaban vagamente con la punta de sus dedos hasta al punto de notar a simple vista que él a igual que yo estaba inquieto y nervioso, a pesar de su duro rostro que parecía odiarte de lo serio que estaba. Nada habíamos tardado en llegar a aquella mesa y mientras Adelaida se sentaba en el extremo de ésta, la imponente figura de Mónica también lo hacía quedando frente a mi abuela en aquella larga mesa. Su esposo por otro lado solo tomó asiento a su lado quedando de frente a su hija que se había sentado con fastidio en aquella mesa sin tener cuidado de acomodar su vestido el cual se había subido un poco. Yo igualmente iba a sentarme pero como si de por sí ya la situación no fuese terriblemente incómoda, una mano se apresuró en tomar mi asiento haciéndome creer que éste se sentaría allí, sin embargo, un pequeño ademan con su mano solo me dió a entender que había hecho aquello para que yo me sentara. — Amm — balbucee fijando mi vista en éste — gracias — murmuré limitándome a sentarme. — No hay de qué — respondió introduciendo mi silla y pasando por detrás de su familia y repitiendo la acción sentándose él frente de mí. Había sido incómodo ver cómo Adelaida me veía mostrando una pequeña sonrisa que no era similar a las otras, ya que en ésta una pequeña picardía no usual de ella se escondía, pero lo más traumático fue ver que el señor Harrison, también hacía aquello pero con su hijo. Ésto debía ser pura casualidad, era extraño que todos actuaran de esa rara manera que solo me limitaba a hacerme pensar cosas que no quería. Quizás para Adelaida, estar con un chico de familia adinerada y respetable que ella conocía, era un gran sueño, pero aquellas miradas de su parte solo me incomodaban y me hacían bufar al tener que darle la razón a mi madre. No podía negar que el chico, Thomas, era lindo, pero detallandole reprimía aquél sentimiento de familiaridad porque sabía exactamente a quién se asemejaba, y aquél detalle de las manos frías solo hacía que mi garganta doliera con un horrible nudo que deshacía al instante. Y es que verle, cabello n***o, piel excesivamente pálida, rasgos completamente definidos. Él era una versión de Hugo, la primera vez que lo ví, a diferencia que aquellos ojos marrones no reflejaban la misma mirada que aquellos azules llenos de sentimientos, y ciertamente, si alguien lo veía podía llegar a pensar que mi obsesión por aquél pelinegro había sido tanta para buscarme a alguien casi completamente igual. La verdad es, que sinceramente sí me parecía bastante atractivo pero me negaba a ello y solo podía reprimir algo tan tonto como pensar que alguien era lindo a la vista, haciéndome desear ser ciega y no poder percibir la belleza en las personas. Mis labios estaban completamente sellados mientras Adelaida y el señor y la señora Harrison hablaban. Podía notar a Nicole a mi lado disimuladamente textear en su móvil distrayendose completamente de la conversación, por otro lado, Thomas estaba casi igual que yo, salvo que sus ojos en ciertas ocasiones eran posados en mí como si su único propósito fuese incomodarme. Por mi parte, solo podía desear que la comida llegara, no porque tuviese hambre, sino porque según Adelaida era una falta de respeto usar el móvil en la mesa y al menos si la comida llegaba lograría distraerme con otra cosa y lograr ignorar más fácilmente a aquellos oscuros ojos viéndome. Y, como si mis insistentes plegarias hubiesen sido escuchadas, un grupo de amas de casa salieron de la cocina con platos finamente tapados con una especie de bola de metal con un mango para agarrarle. Éstas no tardaron absolutamente nada en acercase a nosotros comenzando a colocar los platos en frente de cada uno de nosotros y, sincronizadamente como si hubiesen ensayado previamente para hacer aquello, éstas destaparon aquellos platos revelando se contenido. ¿Un trozo de carne? A simple vista era solo un filete de carne sobre lechuga y aceitunas negras, con un baño de salsa y una rodaja de algo que por la salsa igual parecía ser carne solo que vagas tonalidades blancas me dejaron ver qué no era éso. — Que lo disfruten — comentó Adelaida haciendo que todos tomaran los cubiertos para comer y haciendo que Mónica la cual fue la primera en tomar aquél trozo blanco encima de la carne, girase a ver divertida a Adelaida. — Trufa blanca — Murmuró volviendo a dejarle en su plato para picarlo e introducirlo en su boca completamente satisfecha. — Mi favorita. — Lo sé Mónica, siempre alardeas de ese platillo — respondió mi abuela para también comenzar a comer dándome a mí la libertad de igual comenzar a picar mi comida y llevar un pedazo a mi boca. — solo quise complacerte — culminó una vez su boca ya no estuvo llena. — Es muy grato verlos después de tantos años. — Igualmente, querida — concordó — además no pude evitar sentir curiosidad por cierta persona nombrada — añadió girando a verme al igual que los demás — Entonces, Luci, ¿Qué edad es que tenías? — preguntó repentinamente Mónica tomándome por sorpresa. — Tengo 20 años — respondí y ésta giró a ver a su esposo con una mueca de aprobación que no supe decifrar con exactitud. — Pareces más jóven — comentó sin dejarme tiempo a responder — Tienes casi la misma edad que Thomas, dos años menos, pero eso no importa. — murmuró haciendo que mis ojos vagamente viajaran a aquél chico de 22 años que rápidamente al escucharle apretó liegramente su mandíbula dejando más marcados sus músculos. Él no me veía, parecía algo avergonzado y a su vez, fijaba su mirada en su madre y en su plato de comidas como si éstos fuesen la única escapatoria. — Supongo que ambos podrían ser buenos amigos, me será grato ver que mis hijos se junten con gente prestigiosa en vez de que esos chicos que van por la calle tomando en cuenta todo menos su futuro. — Claro — afirmé a sus palabras en un intento de no contradecirle y rápidamente sus ojos amielados se fijaron orgullosos en mí al igual que todos los presentes. El dinero que tenga una persona y lo prestigiosa que sea no define si esa persona no piensa en su futuro. Si aplicaba su lógica, Luis era un chico deshonrado y sinvergüenza por trabajar en un club nocturno, pero no tomaría en cuenta que aquél chico lo hacía para ayudar a sus padres y poder estudiar en una universidad medianamente aceptable en Wisconsin y no contaría la gran persona que era. — ¿Sabes? — comentó llevando otro pedazo de comida a su boca haciendo una larga pausa para volver a hablar. No entendía porqué recién mostraba ahora interés si cuando había llegado parecía ser más callada y antipática, aunque realmente que me hablaran no me molestaba, al contrario, me distraía de las mil cosas en las que pensaba. — Siempre he sentido molestia por la crianza de las nuevas generaciones, pienso que no tienen las mismas enseñanzas que alguien como yo o como Adelaida podrían dar, sin embargo, saber que personas como tú madre también cometen errores, es un poco decepcionante — Dijo y mi sonrisa al instante se borró. — Por suerte, por ti misma te haz dado cuenta que Adelaida y las cosas que tiene para darte es el mejor camino que puedes tomar, ¿Por eso es que viniste de Wisconsin, no? — preguntó curiosa. «No, fue porque quería olvidarme de mi pasado y no recordar más a la persona que había asesinado.» Quise responder de manera impulsiva, sin embargo, Adelaida, como si hubiese predecido mi tosca respuesta al mencionar a mi madre y sacar de contexto mis decisiones, se interpuso ante nuestra charla soltando una ligera risita orgullosa luego de mirarme de manera disimulada aún cuando sabía exactamente lo que me decía con aquellos ojos y mirada nerviosa. — Me alagas, Mónica — respondió ésta por mí girando a verme de forma suplicante — Mi pequeña Luci solo extrañaba a su abuela y a decido venir. — Solo estoy de visita — me apresuré en decir lanzando una disimulada mirada severa a Adelaida la cual pareció apagarse un poco al escucharme. — Realmente aquí en Chicago es muy hermoso pero allá tengo al resto de mi familia. — ¿Quiere decir que te irás? — preguntó repentinamente el señor Harrison y antes de que mi abuela se atreviera a negar, yo afirmé a aquella pregunta con una sonrisa. — Así es — rectifiqué — No quiere decir que dejaré a Adelaida sola, vendré cada cierto tiempo igualmente. — ¿Por qué no vivir en Chicago y solo ir de visita a Wisconsin? — se atrevió a preguntar con confusión Mónica dejándome por unos cortos segundos en silencio. — Digo.. Adelaida puede darte un mejor futuro y, si de la familia se trata, fácilmente puedes solo ir de visita. — Mónica tiene razón — concordó su esposo — Además, Adelaida aquí se encuentra sola, hemos podido ver qué con alguien más en casa su ánimo es más grande, aunque le cueste admitirlo. — Soy igual esté o no esté alguien en casa — trató de justificarse la atacada haciendo que el señor y la señora Harrison sonrieran. — ¿Lo ves? — murmuró éste — le cuesta admitirlo — sonreí. — Bueno — trató de evadir aquello Adelaida mientras esbozaba una corta sonrisa. — Todos en la vida han necesitado el cariño de una familia — se justificó — ustedes tienen a Nicole y a Thomas. — No hay que hablar de Nicole, ella siempre a sido muy independiente — corrigió Mónica mientras su hija le dedicaba una mirada retadora como sabiendo lo que diría. — Tiene 16 años, está en esa etapa de querer salir, es incorregible, en cambio Thomas, él es bastante independiente pero siempre está al tanto de nosotros, de las empresas y de compartir éstas lindas salidas — comentó y su hija a mi lado agachó su mirada con algo de vergüenza y recelo. No le conocía, ni siquiera había hablado con ella pero solo había bastado verle para que la pena ajena me invadiera junto con la lástima. — Cuando tenía su edad también solía ser así — traté de alivianar lo que decía haciendo que todos, incluyendo aquella chica giraran a verme — Solían decir que era incorregible pero solo es una etapa que se va quemando — mentí y Adelaida perfectamente supo que lo hacía. Nunca salía, básicamente estaba diciendo el papel que a Elisa le había tocado en ésta vida, solo que ella nunca quemó esa etapa y aún así buscaba salir a fiestas cada que la invitaban. Pero decir aquello había sido una jugada en mi contra, puesto que el recuerdo nuevamente de su invitación a ésa pequeña “fiesta” con ella cuando la fuese a ver, había llegado a mi mente llenandome de ansiedad al saber que realmente no podría ir. — Así es — alentó mi abuela con una sonrisa — y eso no evitó que se convirtiera en una exelente chica — aludió y luego de un pequeño ademan con su mano hacer que todas aquellas sirvientas que habían traído la comida aparecieran nuevamente retirando aquellos platos ya vacíos para poder despejar aquella mesa. — Pero bueno, — exhaló llenando aquél silencio formado para rápidamente y de una manera cómplice lanzarse una corta mirada con Mónica y luego hacer que ambas intercalaran sus miradas en aquel pelinegro y en mí. — Luci, ¿Por qué no le muestras el patio a Thomas? — pidió dejándome confundida. ¿Solo a él?. Entendía que bromeara al respecto con aquellas miradas, pero aquello se le estaba escapando de las manos, sin embargo, la voz de Mónica apoyándole en su idea me hizo pensar solo una cosa. — Sí, Thomas, acompañala y así ambos pueden conocerse. Todos ésto estaba absurdamente planeado y el único motivo por el que Adelaida estaba tan nerviosa no era porque ella tendría una reunión de negocios o algo casual, tal y como hacía los otras veces, si no algo completamente distinto. Por eso era meticulosa al vestirme, por eso exigía tanto. Ella no quería charlar con Mónica, ella no buscaba reencontrarse con aquella familia algo creída, ella realmente los soportaba y aguantaba ese tipo de carácter que nunca en su vida llegaría a lidear solo con un único objetivo. Conseguirme una estúpida pareja.
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