—Quiero que lo seas oficialmente —añadió él entonces—. Quiero que adoptes a Eva. Que seas, ante el mundo, lo que ya eres para ella: su madre. Aurora se quedó en silencio. Sus ojos se empañaron sin que pudiera evitarlo. Las palabras se le atascaron un segundo, pero después asintió. —Nada me haría más feliz en esta vida —dijo abrazándose a él con fuerza—. La quiero como si hubiera nacido de mí. Es… es mi niña. La quiero con todo mi ser. Se quedaron así, en silencio, con los gritos de los niños de fondo y el sol que bajaba, tiñendo el cielo de oro. Félix respiró hondo, como quien guarda fuerzas para algo más. —Y ya que estamos… Aurora se separó un poco de él para mirarlo. Félix metió la mano en el bolsillo de la chaqueta. De allí sacó una pequeña cajita. Nada ostentosa, con esa sobried

