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El señor de la noche, corazón de hielo.

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Blurb

Él no tiene un nombre, al menos hace siglos que lo olvidó. Él no es humano, él no tiene corazón y disfruta del sufrimiento ajeno. Él es endemoniadamente atractivo y poderoso, después de vivir tantos siglos todo le resulta un juego. Pero su percepción cambia cuando conoce a la pequeña Aidan, quién con su inocencia logró cautivarlo. Años después, cuando Aidan ya es toda una mujer, el destino vuelve a juntarlos y ella, está completamente dispuesta a derretir su corazón de hielo.

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Capitulo 1
Londres - 1792 El radiante resplandor de la luna proyectaba su luz sobre las calles de Londres y sus habitantes nocturnos. Las prostitutas rondaban los rincones oscuros ejerciendo su oficio, mientras los borrachos se tambaleaban por el empedrado hacia su próximo pub o casa para dormir la mona. En un oscuro callejón, estaba sentada una niña pequeña con cabellos rojos y ondulados que colgaban sueltos y salvajes sobre sus hombros. Llevaba un vestido marrón con un delantal blanco roto atado a la cintura. Era un vestido viejo, descolorido, un poco andrajoso y un poco pequeño, pero a la niña no parecía importarle. Sus brillantes ojos color amatista brillaban con la luz de las estrellas y un toque de travesura. En sus manos sostenía una vieja manta de bebé que se envolvía sobre los hombros, fingiendo que era una hermosa capa de terciopelo. En su imaginación, era la Reina de las Hadas sentada a una elegante mesa de comedor, bebiendo té de una taza dorada. Se ataba cuerdas alrededor de los dedos, las muñecas y el cuello, imaginando que eran joyas costosas. En su mundo imaginario era amada por todos sus súbditos, sabia y justa con sus decretos reales o era rescatada en el último momento de la boca de un dragón por un apuesto, valiente y valeroso caballero. Esa hora tardía era el único momento en que podía ser una niña. Durante el día, trabajaba junto a su madre lavando ropa para ganarse la vida. Le dolían los hombros de acarrear agua para llenar la palangana y tenía las manos secas y agrietadas por las llagas del agua caliente, el almidón y el jabón de lejía. Al principio no era mucho trabajo, pero su madre había enfermado hacía poco y la responsabilidad había recaído sobre ella. Ahora, el único momento en que tenía para jugar era tarde por la noche, cuando ya estaba todo hecho. En su mundo imaginario no había trabajo, ni enfermedades, ni deudas que pagar. Cada noche se escabullía por la ventana y jugaba tranquilamente en el callejón que había detrás. Esa noche, la luna estaba llena y brillante en el cielo despejado. La niña había decidido fingir que ofrecía un gran baile con toda la nobleza. Imaginó que llevaba un vestido de fino terciopelo carmesí con una corona de oro en la cabeza. Extendió la mano como si la llevaran al centro de la sala para bailar, y podría haber intentado bailar también, pero sus ensoñaciones fueron interrumpidas por el sonido de un grito de terror. Se giró hacia donde provenía el grito y vio a una mujer corriendo hacia ella. Los ojos color avellana de la mujer estaban abiertos de par en par por el terror y su rostro estaba blanco como una sábana mientras agarraba a la niña. Tenía las manos sudorosas y temblaba de miedo. "¡Entra en casa, chica, y cierra las puertas antes de que te atrape el vampiro!". Tan rápido como apareció, la mujer huyó en la noche. Aidan se quedó allí un momento, confundida y un poco curiosa. Se preguntó si lo que decía la mujer era cierto. ¿De verdad había vampiros en Londres? La curiosidad la venció y decidió aventurarse hasta el final del callejón para ver adónde se había ido la mujer. Apenas había dado un paso cuando otro grito rompió el silencio. Aidan se quedó paralizada por el miedo un instante antes de armarse de valor y continuar su camino hasta el final del callejón. Llegó a la calle principal y miró hacia arriba por un camino empedrado y luego hacia abajo por el otro, pero no encontró rastro de la mujer. Miró al otro lado de la calle, hacia el callejón que continuaba, pero no vio nada más que sombras oscuras. Las farolas de gas no eran lo suficientemente potentes como para penetrar la negrura de los estrechos callejones. Un escalofrío recorrió a la niña al verlo y se santiguó. "Dios, concédele descanso", susurró. Se dio la vuelta para volver a casa y se encontró a su lado a un hombre que parecía increíblemente alto comparado con su diminuta estatura. Sorprendida, jadeó y se desplomó contra el edificio; la manta de bebé que le cubría los hombros cayó al suelo. Su cabello era castaño oscuro y espeso, con ojos de un gris azulado. Supo que era alguien adinerado por su chaleco de seda negra con ribetes plateados y sus botas de caballero, pero su actitud era fría y siniestra. Aidan lo miró a los ojos y vio algo triste y enterrado bajo su semblante severo. "No pareces un vampiro", dijo con cierta ligereza. "¿Qué?" respondió el hombre bastante sorprendido por su audacia. "Los vampiros deberían parecer cadáveres, ¿no?" "¿Sabes lo que soy?" "Una mujer me advirtió que había un vampiro." La chica señaló hacia donde venía el grito. "¿Vas a matarme también?", preguntó con cierta vacilación. "No voy a hacerte daño, niña", respondió. Aidan quedó cautivado al instante por su voz. Parecía un suave susurro, pero lo suficientemente fuerte como para oírse como si fuera una voz natural. "¿Cómo te llamas, pequeña?" "Aidan Cathal", respondió ella. "Pequeño fuego", se dijo a sí mismo. "Sí", respondió ella, extrañada de que él lo supiera. "Mi madre me dijo que eso significa mi nombre en su gaélico nativo. No eres de Irlanda, ¿verdad?" "No, simplemente sé muchos idiomas gracias a mis viajes". "¿Tienes nombre?", insistió, con su mente infantil excitada por este extraño encuentro. "No exactamente." Su nombre había quedado olvidado en el polvo del tiempo y hacía tiempo que había enterrado cualquier rastro del hombre que había sido en su vida mortal. Ahora le parecía extraño oír siquiera a alguien preguntar. "Una vez tuve un nombre, como todos los hombres, pero ahora simplemente me llaman 'Le Coeur Noir'." Por primera vez que pudiera recordar, sintió vergüenza de pronunciar ese título ante un inocente, sobre todo porque se lo había ganado con tanto cariño. Francés para 'el corazón n***o', se convirtió en su apodo después de que las historias sobre su crueldad y depravación lo elevaran a un estatus casi mítico. "¿Qué significa?" continuó el niño con los ojos muy abiertos. "No es importante." "¿De verdad eres viejo?" ¿No eres demasiado joven para saber algo de estas cosas? Mi madre me contaba historias irlandesas. Una era sobre una vampiresa llamada Leanan-Sidhe. Es hermosa y tiene el don de inspirar a la gente, pero su don es efímero porque a cambio les roba el alma y los deja vacíos por dentro o muertos prematuramente. ¿Es real como tú? Lo miró, con la esperanza de que las historias fueran ciertas. "Leanan-Sidhe no existe. Es solo un mito transmitido durante siglos". Su respuesta la decepcionó un poco, pero no apaciguó su curiosidad infantil. "¿Realmente puedes volar y vivir para siempre?" Sí, puedo volar y vivir para siempre. De hecho, he caminado por esta tierra durante muchos siglos. "¿Conociste a Jesús?" Sus ojos se abrieron de par en par y se llenaron de esperanza ante la idea. En su inocencia infantil, jamás se le ocurrió que un vampiro no pudiera siquiera tocar las huellas dejadas en la tierra por el Hijo de Dios. "Me temo que no nos movíamos en los mismos círculos." Una mirada de decepción cruzó su rostro de nuevo y él decidió que debía decirle algo que la entretuviera. "He tenido el honor de conocer a muchos reyes y reinas de todo el mundo, por ejemplo... Catalina de Médici, el rey Fernando de España y Lucrecia Borgia." "¿Cuál reina era la más bella?" "La más bella, esa es una pregunta muy difícil." Sabía que lo que se consideraba bello dependía de cómo se definiera. Lo que hacía a una persona físicamente atractiva había cambiado muchas veces a lo largo de los siglos. Para algunas personas, eran sus actos los que las hacían atractivas. Aunque había visto a muchas mujeres con rostros y modales impactantes y encantadores, se le ocurría una persona cuya belleza complacería a esta niña. "Creo que la más bella no era una reina en absoluto. Era la sencilla esposa de un actor griego en Delfos." "¿Qué aspecto tenía?", preguntó Aidan, fascinado. "Tenía el pelo de oro hilado, ojos de un azul brillante y una sonrisa dulce y amable. Se llamaba Atanasia". —Atanasia —susurró—. Qué nombre tan bonito para una reina de las hadas. "¿Qué reina de las hadas?" "Es un juego que juego en el callejón detrás de mi casa". "Un niño de tu edad debería estar en casa durmiendo, no jugando solo en los callejones de Londres a esta hora". "Tengo que ser capaz de mantener la corte o si no, no podré gobernar mi reino como es debido", respondió con naturalidad. "Me gusta fingir que soy una reina poderosa. Organizo grandes bailes y tengo muchos pretendientes apuestos. Llevo vestidos de terciopelo plateado y dorado con todas mis joyas de lujo". Le mostró con orgullo los cordones que usaba como joyas. "Hay hilo, cuerda y cordel en abundancia en casa, así que los uso para fingir. Toda buena reina debería tener algunas joyas. También me gusta fingir que tengo muchos caballeros que me protegen del peligro. ¿Te gustaría ser caballero?" "¿Me harías caballero?" Por primera vez desde que lo conoció, él le dedicó una media sonrisa. "Claro que sí, no me harías daño." Ella le devolvió la sonrisa. "Arrodíllate, por favor." Él se arrodilló justo cuando ella le pidió e inclinó la cabeza. Con la mano, le tocó el hombro derecho y luego el izquierdo. "Te nombro Caballero del Reino y protector de mi reino. Puedes levantarte." Al levantarse, la notó bostezar con fuerza. "¿Permitirías que tu caballero te acompañara a casa?", preguntó, extendiendo la mano. Ella sabía que era el momento, pero lamentaba que esto terminara. "¿Tengo que irme a casa?" preguntó. "Sí." Ella lo tomó de la mano y lo condujo por el callejón hacia su pequeña casa. Mientras caminaban, notó quemaduras, algunas con ampollas, en sus deditos, sin duda de planchar. La ventana seguía abierta y, agarrando el marco de madera con la mano derecha, el vampiro asomó la cabeza y miró a su alrededor. Vio algunos muebles, ningún juguete, montones de ropa sucia y una cama nido vacía junto a una cama más grande. Allí, entre las mantas, pudo ver la figura de una mujer durmiendo boca abajo. Sudaba por la fiebre alta y su cabello rojizo y canoso estaba húmedo. Su rostro estaba pálido con ojeras. El vampiro ya sabía lo que sucedería pronto. Había pasado suficiente tiempo con enfermos y moribundos como para reconocer su aspecto y su olor. Aún no se había ido, pero sabía que el momento estaba cerca. A pesar de su corazón frío, sintió lástima por la niña. Se encontraría en un hospicio intentando pagar las deudas de su madre. Si tenía suerte, cuando creciera se casaría con un hombre pobre o se convertiría en lavandera como su madre, quizás ambas cosas. Sin pensarlo, su mano se deslizó por el desgastado marco de la ventana, provocando que su pulgar se clavara accidentalmente con una uña errante que sobresalía. Una herida así sanaría con rapidez, y apenas la notó al alejarse de la habitación destartalada y su aire de muerte inminente. Con suavidad, apartó algunos rizos rojos sueltos de la frente de la niña, dejando su propia sangre manchada en su pálida piel. Por un breve instante, oyó el latido de su corazón y los gruñidos de la niña sobre la hora de dormir, antes de que la marca se desvaneciera como por arte de magia en su piel y la noche volviera a sus sonidos ambientales naturales. Al instante, se dio cuenta de que se había impreso en la niña y se reprendió en silencio por su error. Quizás no fuera tan problemático como pensaba. Sí, estaban conectados, pero ella era humana, así que el vínculo entre ellos era tenue en el mejor de los casos y nada que debiera preocuparle. "Hija, escúchame", dijo, mirando su rostro inocente. "Pasa el tiempo que tengas con tu madre. Háblale, cuídala y ámala aunque no te responda. El tiempo vuela y no deberías desperdiciarlo". Vio que ella entendía lo que intentaba decir. "Toma esto como un homenaje de tu leal caballero". De su bolsillo sacó un reloj de bolsillo de plata con un camafeo de concha de ostra que representaba a Perséfone sosteniendo su granada. La miró fijamente a los ojos y la hizo olvidar su encuentro. En silencio, la observó mientras subía por la ventana y se acercaba a su madre. La vio humedecer un paño en un cuenco de agua y secarle la frente. El vampiro se giró para irse, pero se detuvo al oír algo. Era Aidan cantándole una vieja canción de cuna a su madre. Para alguien de su edad y sin formación, era una auténtica maravilla. Caminó de vuelta al final del callejón donde la había visto por primera vez. Ella sabía quién era y lo que podía hacer, pero nunca le tuvo miedo, y eso lo maravilló. Cualquier otro habría corrido con prudencia, pero ella lo tomó de la mano y lo nombró caballero. Había algo en ella que él no entendía, y se preguntó si alguna vez la volvería a ver. En el suelo vio la manta de bebé que había estado usando como chal y la recogió. Había algo que podía hacer para ayudarla. Conocía a una mujer que podría acogerla y enseñarle. Dobló la manta y se la guardó en el bolsillo. Bueno, los caballeros siempre llevan un favor femenino, pensó.

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