CAPÍTULO 2

1578 Words
SARAH Todo el vuelo me la pasé pensando en él, imaginando cosas que me torturaban, imágenes que se repetían una y otra vez. No quería que se quedara así en mi mente, no quería recordarlo de esa forma. Pero aquí estaba, al otro lado del mundo, con miles de kilómetros que nos separaba, o más bien me cuidaban de él. Bajamos del jet cansadas y de mal humor. — Señorita Elmor, bienvenidas soy Sebastián, seré el responsable de su seguridad y de lo que necesiten —dijo el chico de ojos cafés frente a mi, parecía una montaña. Apenas le sonreí. — Gracias, ahora solo queremos descansar ah sido un viaje muy largo —traté de disimular y él entendió. Junto a un par de hombres más subieron nuestras maletas a una camioneta negra y partimos a quien sabe dónde. En el trayecto una llamada entró a su teléfono. — Señor —respondió con firmeza— si señor, estamos yendo directo a la casa no se preocupe —habló seguro y al instante supe quien era— está bien, hablaré con ellos —aseguró antes de cortar. Nuestras miradas se cruzaron en el espejo retrovisor, él parecía apenado y yo, solo bajé la mirada. Llegamos a una hermosa y espaciosa casa rústica, aquella iba ser mi jaula de oro, pensé. Fui directo a la cual sería mi habitación y allí me encerre con mi dolor, con aquel dolor de haber sido engañada durante mucho tiempo, y nunca haber visto las señales. Sentía que todo se me vino abajo de la noche a la mañana, dolía el alma saber que las cosas nunca fueron como pensé y que absolutamente todo iba a cambiar para mi. Oí la puerta ser tocada pero no me moleste en levantarme, no tenía la fuerza para hacerlo sea quien sea. — Señorita Elmor soy Sebastián debo asegurarme de que está bien, no ha salido en todo el día —escuché su voz que sonaba preocupado, pero no por mi, sino que era su trabajo. — Estoy bien Sebastián, puedes estar tranquilo —hablé alto. — No creo que lo esté, déjeme llevarla a conocer la ciudad, verá que le gustará —dijo con algo de vergüenza. Miré por la ventana y luego la hora, eran apenas las cinco de la tarde. No debería hacerme ésto, no debería desgarrarme como lo estoy haciendo aquí encerrada pensando en él. Me levanté con lentitud y abrí la puerta, sus ojos cafés me observaron con orgullo. — Prepara el auto, bajo enseguida —le dije con una pequeña sonrisa. — Por su puesto ¿quiere ir con su madre? —preguntó y al instante negué con la cabeza. Él asintió y se fue con un brillo en los ojos. Me metí al baño y me di una corta ducha, luego bajé. Sebastián me esperaba en la entrada junto a la camioneta. — ¿Está lista? —preguntó con entusiasmo, yo asenti casi sin ánimo— le aseguro que soy un buen guía de turista —agregó con una sonrisa. Subimos al carro y comenzamos el viaje. Tenía razón, cada lugar que visitaba me animaba a abrir los ojos, los chiste de Sebastián eran vendas en mi grandes heridas. — Dime Sebastián, cuéntame algo de ti —le dije al beber un sorbo de café, ya era de noche y nos detuvimos en una cafetería que estaba de paso. — No hay mucho que contar, solo soy un joven sin ningún tipo de responsabilidad, solo disfrutando de la vida —dijo relajado. — Me alegro por ti —dije jugando con el sobrecito de azúcar. — Sé que el señor Whirlan es un hombre...complejo —dijo para no insultar— pero hizo lo correcto en traerla aquí —sus palabras me desanimaron. — ¿De verdad lo crees? —le pregunté con la mirada fija. Él asintió inseguro— tal vez por un lado si, pero ésta distancia nos destruirá a ambos ¿A caso existe una cura para el corazón roto? —dije dura y él me observó con pena— está bien que sientas lástima por mi, pero solo quiero que sepas la situación en la que estoy —suspire. Sentí su mano en la mía, solo entonces sentí lo fría que estaba. Lo recordé a él en ese instante, fue un reflejo. — No digas eso, si te rindes a mitad de camino, es seguro que no terminará bien, como hombre te pido le tengas paciencia —dijo y luego alejó su mano con incomodidad. — ¿Hasta cuándo? ¿hasta qué uno de los dos esté muerto del otro lado del mundo? —solté con molestia. Pensando que Sebastián era Sam y escupir todo lo que sentía. — Mejor cambiemos de tema ¿qué tal te preció la ciudad? —preguntó de repente cambiando totalmente su semblante. Suspire hondo. — Hermoso —dije con disgusto. — Y aún no hemos visto todo —dijo con una gran sonrisa. — ¿Existe un lugar donde pueda alejarme de todo? —pregunté con curiosidad. Sentía que el lugar quería tragarme en ese momento. — De hecho, tengo un lugar en mente y a estás horas está en su mayor esplendor —dijo misterioso. — Muestrame —pedí, él hizo una pequeña sonrisa y asintió. Salimos de la ciudad hasta una colinas donde había una solitaria silla de madera. Apenas apago las luces del coche, la ciudad se iluminó aún más. La vista era increíble ,un lugar tranquilo y silencioso. — Vengo aquí cuando estoy de mal humor ,es contagiosa la tranquilidad —dijo al bajar del auto. Nos sentamos en la silla y permanecemos en silencio por unos largos minutos. — Tenías razón, éste lugar es espléndido —dije respirando hondo queriendo darme un respiro de todo y ese era mi momento. — No solo soy tu guardaespaldas, también quiero ser tu apoyo emocional, todos necesitamos uno —dijo mirándome con sinceridad. — ¿Y cuál es el tuyo? —pregunté con curiosidad de conocerlo más, quien sabe podríamos ser amigos y ya no volveré a torturar mi cabeza ni mi corazón en la fría soledad de mi habitación, salir de mi zona de confort. — Es mi perro Thor —respondió con una sonrisilla. Yo apenas sonreí. En el fondo, sentí que ya sabía que Sam me decepcionaria de alguna forma, pero no creí que nos casariamos y que volvería a amarlo tan intensamente como antes, todas las cosas que hicimos, siendo cómplices del uno al otro, no creí que me afectaría tanto el corazón. Dolía como la mierda no saber nada de lo que pasaba al mi alrededor y que todos me tomen el pelo, como si fuera una niña a la que no deben lastimar, no creen que soy una mujer diferente , ya no era esa estúpida ingenua. Sam me ha mantenido en su mente como la antigua yo, esa niñita inocente. De repente su teléfono comenzó a sonar. Él al ver la pantalla me echo una mirada sería. — Señor —respondió la llamada. Mi corazón se me escondió con miedo, ya no sabía si realmente podía confiar en Sam de esa forma— la señorita Elmor está bien señor —me sonrió y yo solo le hice una señal de silencio, no quería que Sam malinterprete las cosas; él entendió perfecto y bajó la mirada— está dormida —dijo dándome una mirada de culpa— las cosas están tranquilas por aquí, no hay motivo de preocuparse —habló con seguridad. Entonces alcancé a oir música y su voz. — No te relajes, no seas imbécil y te veas al descubierto —se oyó molesto, siempre con ese puto carácter de magnate. — Si señor —aseguró serio y cortó la llamada. — Lo sé, es una mierda de jefe —bromee y sonreí. Él se animó y sonrió con gracia. — Lo entiendo, tiene a su persona favorita lejos de él, siempre estará de malas —dijo y guardó el teléfono. Comencé a sentir frío y le pedí volver, al llegar a la casa ya eran las nueve de la noche y mi madre nos esperaba con una sonrisa y la cena echa, sé que le alegró que haya salido, a mi también. Cenamos mientras Sebastián hablaba sobre el paseo que dimos, me animó su forma de hablar tan relajado y sencillo, me recordó a Daniel, quien ahora debe estar con Charlotte en su departamento, no he podido hablar con mis amigos y tampoco los quiero involucrar, pero sé que ellos me entienden y ahora los necesitaba tanto. Después de cenar en mi habitación, llamé a Daniel, sabía que no respondería pero lo intenté. La voz de su buzón me desconcerto, tenía el teléfono apagado. Caí en la cama no cansada, sino demasiado despierta así que comencé a jugar con mi teléfono, hasta oir unas pisadas que pasaron frente a mi puerta, pensé que debió ser su madre, tal vez tampoco pueda dormir y bajó a la cocina. Dejé mi teléfono sobre la cama y decidí ir con ella, salí de mo habitación y bajé con cautela, la vi calentando una taza de leche. — ¿Me preparas uno también? —la sorprendí, ella me sonrió y lo hizo, ambas estuvimos hablando sobre mi familia un largo rato hasta que nos dio sueño, ni siquiera recuerdo que hora era. Pero esa conversación me animó, recordar lo bueno de mi infancia.
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