SARAH
Mi madre me observaba de lejos mientras hablaba con Sebastián, fue una mirada extraña pero entendí perfectamente.
— ¿Crees que sea buena idea? —pregunté a lo que me propuso.
— No te preocupes estarás conmigo —habló seguro. No me pareció una excusa para salir después de que Sam evitó que saliera por una supuesta amenaza. No estaba segura pero tampoco quería seguir encerrada las veinticuatro horas, como lo fue ese día.
— Conozco a Sam, no quiero que te metas en problemas —dije insegura. Sé que se volverá una bola de fuego si se enterase que salimos.
— Está a miles de kilómetros, lo único que podría hacer es regañarnos y despedirme, pero no creo que lo haga, no encontraría otro hombre de confianza en tan poco tiempo —dijo sin importancia. Sé que Sam podría hacer cualquier cosas, estaba segura que eso iba a acabar mal, algo dentro de mi lo presentía. Pero preferí pedir perdón a pedir permiso, se supone que estoy en un lugar seguro, así que no creí que habría problemas.
Me levanté del sofá y fui a mi habitación pero nuevamente encontré otro regalo en mi cama. Ésta vez fue un precioso collar y aretes de una gema color verde.
— Que precioso —susurré para mi, no encontré ninguna nota pero sabía que era de él, me pareció extraño que Sebastián no me lo halla mencionado.
Tomé una ducha y me coloqué un vestido corto y unos zapatos cómodo, me parecía precipitado que me haya invitado a cenar fuera ,pero necesitaba un respiro de todo ésto y que más que cenar algo rico con una buena compañía.
Me coloqué el collar y los aretes que me quedaban tan bien que creí que fue echo para mi. Salí sintiéndome otra y en ese momento se sintió muy bien, fue emocionante salir y ser una persona libre ,no una paloma en una jaula de oro.
— Vaya...te vez preciosa —dijo Sebastián con una sonrisa que me intimidó un poco.
— Por supuesto que si, es mi hija —salió mi madre de quien sabe dónde.
— Y no lo niego —los tres nos echamos a reír.
— Bueno no les quito tiempo, que se diviertan —dijo por último mi madre antes de echarme una mirada pícara que me incomodó y me enfadó en el fondo.
Salimos en la camioneta y sentía su mirada que de verdad me intimidaba, pero hice lo posible por ignorarlo, como no quitar la mirada de las preciosas esculturas y edificios, llegamos a un restaurante elegante y nos colocamos casi en el medio.
— Espero que ésto te anime un poco —dijo con una tímida sonrisa.
— No sabes cuanto deseaba salir de esa jaula —solté un suspiro.
— Lo sé —sonrió y luego vio el collar— te queda hermoso el collar, resalta aún más tu mirada —comentó.
— Gracias, también me gusta como me queda —hablé y solté una risita tímida. Ambos cenamos casi en silencio y es que la comida estaba deliciosa, ambos lo sabíamos.
— Esto a sido una buen escape, para ambos, salud por eso —dijo y brindamos con una copa de vino blanco. Luego comenzó a contarme las travesuras de su perro en los primeros meses que lo tuvo, soltaba carcajadas limpias que hasta me incomodaba que la gente escuche mi risa alta y nos mirasen de reojo. Pero me divertía Sebastián, era gracioso.
— Creo que es hora de regresar —dije al ver la hora en mi teléfono.
— Si es bastante tarde, pediré la cuenta —dijo y pago la cena. Estábamos regresando al auto cuando una llamada entró en mi teléfono, era Sam. Se me puso la piel de punta y mi estómago se revolvió.
— ¿Si? —contesté mostrando cero interés.
— Por el amor de Dios Sarah ¿dónde mierda están? —lo escuche exaltado, asustado y preocupado. El teléfono de Sebastián también comenzó a sonar en cuanto subimos al carro.
— Estoy bien no te preocupes —dije de malas por arruinar mi velada. Luego noté la preocupación en la cara de Sebastián quien comenzó a conducir casi como un loco.
— Por Dios Sarah no te alteres tu madre está bien, pero incendiaron la casa —habló un poco más calmado. Mi respiración se cortó y a lo lejos notamos las luces de los bomberos y la policía.
— No puede ser —dejé caer el teléfono y salí en busca de mi madre. Observé entre el alboroto y el humo, que el incendio salía precisamente de la que era mi habitación.
— Señorita no puede pasar —me dijo un oficial.
— Mi madre, ella estaba ahí dentro por Dios necesito saber donde está —le hablé con desesperación y lágrimas en los ojos.
— Sarah, está en hospital vamos —me dijo Sebastián y volvimos a montarnos al carro. Comencé a sentirme extraña de un momento a otro, no sabía si era la histeria u otra cosa, pero comencé a ver las luces con más brillo de lo normal, los sonido se sentían lejanos, todo comenzó a ir más lento, creí que solo era el miedo y el pánico pero al llegar al hospital no logré pasar las puerta y me desmorone en brazos de Sebastián quien se veía sumamente preocupado.
Pasó una hora hasta que desperté, me sentía débil, apenas podía mantener los ojos abiertos, pero en cuanto la vi mi cuerpo se alivió y reaccionó de inmediato.
— Mamá... —susurré con alegría de verla bien.
— Tranquila tienes que descansar, lo doctores dijeron que...pudiste haber consumido alguna sustancia dañina, aún están averiguando —contó pero apenas la oí.
— Estás bien —solté un suspiro y cerré los ojos.
— Si cariño, estoy bien no te preocupes y descansa —dijo suave.
— ¿Qué pasó? —pregunté apenas. No sabía si estaba alucinando o realmente estaba aquel oso allí, en un sofá de la habitación, fue como verlo a él hay sentando viéndome preocupado, sin el valor de acercarce.
— Le agradezco a Sebastián eternamente de haberte sacado de la casa, alguien arrojó una botella de licor incendiada justo en tu ventana —contó con miedo mientras sentía su mano temblar— estaba ordenado tus cosas y lo único que salve fue aquel oso que lo tenía en mano —señaló el peluche— gracias a Dios salí de allí a tiempo —contó con lágrimas en los ojos. Luego ya no recordé nada, solo cerré los ojos y me perdí pensando en aquellas imágenes.