Capítulo 1: Traición y Venganza
🖋 POV DALIZA
Mis ojos estaban fijos en un solo punto, sin poder creer lo que veían en ese momento.
El hombre con el que iba a casarme en tan solo unas horas estaba besando a mi hermana.
Me quedé inmóvil en el umbral de la puerta, con el corazón golpeándome el pecho y el aire atorado en la garganta. No fue un beso torpe ni apresurado; era lento, profundo, cargado de una intimidad que no se la había visto antes.
Carlos sostenía el rostro de Alexandra como si ya lo hubiera hecho decenas de veces. Esa ternura y cuidado solo se los demostraba a ella, hoy y en todo momento.
Era una bofetada de realidad. Me quedé rígida, apretando el mango de mi bastón hasta que me dolieron los nudillos. Solo unos pasos me separaban de la imagen que destruiría mi vida, pero mi corazón ya se había adelantado al dolor.
Sentí cómo algo dentro de mí se quebraba, silencioso, definitivo.
Pero no iba a llorar. No haré una escena donde me ridiculice más.
El corazón me retumbaba en los oídos, pero la voz de Carlos, cargada de una frialdad que nunca le conocí, logró atravesar la madera y mis sentidos.
—Si no fuera por esa herencia, te juro que no miraría a esa maldita gorda —escuché la voz de Carlos, cargada de un odio aberrante.
—Solo tienes que aguantar un poco, mi amor —respondió Alexandra, acariciándolo.
—¿Estás segura de que el traspaso de los bienes será automático el lunes? —preguntó él.
—Completamente —respondió la voz melosa de mi hermana Alexandra—. En cuanto Daliza firme, todo pasará a nosotros. Mi madre ya preparó el terreno, Carlos. Ella sabe cómo hacer que las personas “desaparezcan” del mapa sin dejar rastro… ya lo hizo una vez con los obstáculos que estorbaban en esta familia. No habrá sospechas.
Un frío glacial me recorrió la columna. Mis piernas me temblaron tanto que casi me voy de bruces. Mi madrastra, mi hermana y mi prometido… todos ellos estaban en un juego macabro donde yo no era la novia, sino la víctima de un plan de asesinato.
—No… no es posible —susurré en voz baja, temblando por el miedo y el odio.
—Solo me aseguraré de que no deje de tomar sus dosis —continuó Alexandra con una risita cruel—. No queremos que su cabecita empiece a pensar demasiado o que recupere fuerzas antes de tiempo.
Tiene que llegar al altar dócil, gorda y lo suficientemente aturdida como para no hacer preguntas.
—A veces me das miedo, Alex —dijo Carlos, seguido del sonido de un beso apasionado—. Pero me encanta la fortuna que vamos a heredar de esa idiota.
Di un paso atrás, lenta y silenciosa, como si nunca hubiera estado allí. Las lágrimas quemaban, pero me obligué a tragarlas. No iba a llorar. Habían matado a la ingenua, a la tonta que creía en todos. Pero la nueva Daliza acababa de nacer en ese pasillo.
Simplemente entendí que el amor también puede ser una mentira muy bien ensayada.
Mañana sería mi boda.
Y ahora todo acababa de perder sentido.
Horas antes…
Mañana será un gran día para mí.
Eso me repetía frente al espejo mientras la modista ajustaba el vestido sobre mi cuerpo. Blanco, sencillo, delicado. En otro cuerpo se vería mejor, pensé, aunque sonreí al verme reflejada.
—Señorita Daliza, se ve realmente hermosa —comentó la joven.
Le agradecí con un gesto. No me sentía así, pero quería creer que pronto todo cambiaría. La operación, los medicamentos, volver a ser como antes.
—¡Hermana! —exclamó Alexandra entrando al vestidor—. Te ves genial.
Sonreía demasiado, como siempre.
—Vas a volver loco a Carlos mañana en la noche.
No aparté la mirada del espejo.
—Pensé que no vendrías.
—Somos hermanas —respondió con dramatismo—. ¿Cómo iba a dejarte sola?
Tomó mis manos y las apretó con fuerza.
—Siempre estaré a tu lado. Te amo.
Asentí, aunque algo en su mirada me incomodó.
—Ese vestido no te favorece —añadió—. Nos llevamos este otro.
Era más ajustado, demasiado pequeño. No protesté. Nunca lo hacía.
Al final me llevé ambos vestidos. No quería herirla.
Acepté ir a tomar café con ella. Mariana se unió después, como habíamos quedado.
Alexandra pidió pastel, mi favorito, y lo acercó a mí. No sé por qué no vi su verdadera intención.
—Para celebrar —dijo con dulzura.
No lo probé de inmediato.
—¿Pastel antes de la boda? —la enfrentó Mariana—. ¿Qué pretendes?
—Jamás le haría daño a mi hermana —respondió Alexandra, ofendida.
—Ya basta, las dos —las detuve. No quería un enfrentamiento entre ellas; ambas eran queridas por mí. Solo que no sabía que al final yo solo era un medio para llegar a un fin.
Cuando se levantó por su café, su teléfono vibró sobre la mesa.
—No lo hagas —le pedí a Mariana en voz baja para que no lo tomara.
No me escuchó.
—Es de Carlos —dijo, tensa—. Está bloqueado.
Mariana se las ingenió para conocer el contenido. Yo en ese momento no sospeché absolutamente nada.
Al final lo desbloqueó.
Hotel.
Una hora.
Demasiado claro.
Mi corazón se desbocó.
—Cancela la boda —me insistió—. Ese hombre te engaña y con la zorra de tu hermana. Malditas ratas.
Negué con la cabeza, aferrándome a la idea que había construido.
—Carlos no haría algo así, y menos mi hermana.
Alexandra regresó, leyó el mensaje y sonrió.
—Debo irme —anunció—. Surgió una urgencia.
—Entiendo— respondí forzando una sonrisa.
Y se marchó.
Mariana no me dio opción a refutar.
Fuimos al hotel.
Liliana estaba en recepción. Parecía que nos esperaba, pero en algo tenían razón.
Era demasiado idiota. Ingenua y muy desesperante.
—¿En qué habitación está ese desgraciado? —preguntó Mariana, como si ella fuera la traicionada.
—Habitación 504 —dijo con cautela—. No está solo.
—Oigan, se están adelantando a los hechos —intenté detenerlas, aún manteniendo esa chispa de esperanza.
—Amiga, de verdad no seas tonta —me siguió Liliana, escondiendo una sonrisa burlona.
—Ok, digamos que no están en nada, ¿por qué no los sorprendes? —prosiguió Mariana.
No pude negarme más.
El trayecto en el ascensor fue eterno.
Cuando llegamos al pasillo de ese quinto piso, lo vi hacerse largo, inalcanzable. No sé por qué, pero mis piernas no querían moverse.
Me armé de valor y pedí entrar sola.
Necesitaba enfrentarlo sin testigos.
Giré el pomo y abrí la puerta.
Y la verdad me atravesó sin piedad.
Presente…
No me dolía perderlo.
Me dolía comprender que yo nunca había importado, ni a él ni a mi propia familia.
Bajé al vestíbulo con la mirada perdida y el corazón de piedra, solo para escuchar a Mariana y Liliana riéndose de mí a escondidas.
—¿Esa idiota? No se daría cuenta ni aunque lo monte enfrente de ella —decía Mariana.
Ya no sentía dolor, solo una claridad aterradora. Estaba sola en medio de tiburones.
Salí del hotel sin que me vieran. Caminé descalza por las calles, sintiendo el asfalto frío, buscando una salida. Porque si no la encontraba, mi vida correría peligro.
Y entonces, en una cafetería de la plaza, escuché una voz que sonaba a autoridad y a mi salvación.
—Prefiero casarme con una desconocida antes que con esa cazafortunas —decía un hombre imponente con la voz fría, de espaldas a mí.
Y ahi supe que esta era mi única oportunidad. Me acerqué a él sin pensarlo, sosteniendo mi bastón con firmeza, y le clavé la mirada.
—Soy esa desconocida —dije, y mi voz por fin no tembló—. Y creo que ambos podemos ayudarnos.