🖋POV DALIZA
El hombre me miró con una calma que me hizo sentir incómoda, como si le hubiera recordado algo… o a alguien.
—Hola —respondió—. ¿Nos conocemos?
Negué despacio.
—No, no lo creo —respondí nerviosa. Vamos, Daliza, necesitas esto. Es tu única salida—, pero insisto, puedo ser esa persona que busca.
Su silencio fue tan largo que pensé que no respondería. Me observó de arriba abajo sin disimulo, deteniéndose un segundo en el bastón, luego en mi rostro. Eso me hizo sentir aún más incómoda.
—¿Por qué crees que puedes… ser tú? —preguntó al fin, mientras un suspiro largo salía de su pecho.
Tragué saliva.
—Primero que nada, me llamo Daliza Ríos, y creo que ambos podemos ayudarnos.
—Sea directa, señorita Ríos —me respondió con impaciencia—. ¿Me está proponiendo matrimonio?
Asentí.
—Es correcto. Usted no quiere casarse con esa mujer. Le ofrezco la oportunidad de salir de ese matrimonio —respondí sin rodeos.
Alzó una ceja y me observó apenas. Aunque no era muy perceptible, una sonrisa se dibujó en sus labios.
—¿El suyo o el mío?
No esperaba que lo dijera así. Apreté los dedos alrededor del bastón. Porque sí, me interesaba más a mí que a él.
—Ambos —respondí—. Ninguno de los dos quiere casarse, al menos no con esas personas.
No dijo nada de inmediato. Señaló la silla frente a él.
—Siéntese.
Lo hice con cuidado.
—Tiene poco tiempo —añadió—. Así que sea clara. ¿Qué más gano con esto?
Le sostuve la mirada, aunque el corazón me golpeaba con fuerza. ¿Qué carajos estoy haciendo?
—Pues librarse de esa mujer. Al igual que yo de ese hombre. Mañana me caso —dije—. O eso creen y esperan todos.
Sus labios volvieron a curvarse en algo que no llegó a ser una sonrisa.
—Interesante. Continúe.
—Necesito salir de ese matrimonio sin levantar sospechas —seguí—. Y usted…
—Leonardo. Leonardo Kensington —respondió.
No pude evitar sorprenderme. ¿Era m*****o de una de las familias más ricas de Miami, Florida?
Lo observé detenidamente. No parecía alguien así, aunque su presencia era innegablemente poderosa.
—¿Leonardo Kensington? ¿De esos Kensington?
—¿Importa?
—No —respondí negando—. Como le decía antes, usted también necesita evitar su matrimonio sin provocar un escándalo.
El silencio denso se instaló entre nosotros.
—¿Y por qué cree que puede ofrecerme algo así? —preguntó.
Respiré hondo.
—Porque no le estoy pidiendo nada —respondí—. Sino, al contrario, le ofrezco un trato.
Me observó durante largos segundos. No parecía sorprendido. Tampoco molesto. Más bien interesado.
—Los tratos suelen tener un precio. ¿Estás…?
—Estoy dispuesta a pagarlo —lo interrumpí, con una voz más firme de la que sentía.
Apoyó los codos sobre la mesa.
—Bien —dijo—. Acepto.
Me sorprendió que aceptara sin más.
—¿Está… seguro?
—Claro —respondió, tajante.
No sonreí. Pero supe que acababa de encontrar la salida perfecta.
Y el principio del infierno para quienes creyeron que podían destruirme.
No podía creer que el apuesto y frío hombre frente a mí hubiera aceptado mi propuesta así, sin más, como si no acabara de cambiar el rumbo de nuestras vidas.
Él me observaba en silencio. Su mirada era intensa, calculadora… y por alguna razón, peligrosa. Podía sentir el peso de sus ojos sobre mí, como si midiera cada una de mis palabras, cada uno de mis gestos. Por un segundo, pensé que se arrepentiría.
Pero no lo hizo.
—Aunque yo sí quisiera saber, señorita Ríos —empezó a hablar luego del largo silencio que se había instalado entre nosotros—. ¿Está completamente segura de esto? ¿No se va a arrepentir luego?
Tragué saliva, pero estaba más que decidida a cambiar el curso de las cosas. Estaba dispuesta a rebelarme contra cualquiera que intentara hacerme daño.
Claro que lo estaba. Prefería darle esa fortuna a un desconocido antes que a ese grupo de ratas. No les voy a dejar nada. Los dejaré sumidos en la pobreza, justamente lo que más temen y lo que pronto van a saborear.
—Por supuesto —respondí, sosteniéndole la mirada—. Solo es un matrimonio por contrato.
Él sonrió de lado, un gesto mínimo que atravesó cada una de mis defensas. Mi corazón se aceleró por algún motivo. Me obligué a mantenerme firme.
—Comprendo —dijo con suavidad, acariciando los bordes de la copa que tenía enfrente—. ¿Cuáles serán tus condiciones, Daliza?
—Son simples —respondí. No podía permitir que se me escapara esta oportunidad por ningún motivo.
—La escucho.
Suspiré y lo miré fijamente.
—Como es un matrimonio falso, solo guardaremos las apariencias. Cero contacto físico. Puede hacer su vida como le plazca. Voy a pagarle por el tiempo que dure el contrato y, por tal motivo, aunque viviremos juntos, dormiremos en habitaciones separadas.
—Supongo que yo debería tener mis propias reglas —respondió, poniéndose de pie.
—Supongo que sí —susurré. Esta vez mi voz salió temblorosa. Este hombre me ponía demasiado nerviosa.
—¿Cómo piensas convencer a tu familia y a tu ex prometido —habló a mis espaldas y tuve que aferrarme al bastón para no mostrar mi debilidad— de que te enamoraste de otro hombre en tan solo unas horas?
Buen punto. No tenía la respuesta. Supuse que vendría después.
—Ellos no importan. Pueden pensar lo que les plazca —dije con firmeza, aunque no la sentía en lo más mínimo—. ¿Cuáles serán sus condiciones?
Sentí cómo su respiración chocó contra mi piel, fría y contenida, como si me advirtiera que, en ese preciso momento, él tenía el control absoluto de la situación.
—No tengo ahora —susurró cerca de mi oído—, pero te aseguro que vendrán más adelante. Por el momento, tengo una compuesta.
Tragué seco.
Me quedé en silencio, esperando que soltara la bomba.
—Primero, el matrimonio será registrado esta misma noche —dictaminó. Su voz era firme, fría y contenida.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Hoy? —pregunté, sorprendida. Era demasiado pronto. Aunque debía admitir que era conveniente para mí.
—Sí. ¿No estás de acuerdo? Creí que que tenías que dejar plantado a un pajarito.
—No tengo problemas —afirmé de inmediato—. No perderé más tiempo en pensamientos sin sentido.
Él tenia razón. Mañana era ese gran maldito día.
—Bien. En cuanto a las demás condiciones… las sabrás luego de que firmes el contrato.
—¿Contrato?— pregunté.
—Soy un hombre de negocios— dijo con voz calmada— me gusta tener por escrito todo. Asi ambas partes estarán comprometidas a cumplir cada uno con su parte.
Asentí.
Me estaba metiendo en algo peligroso. No sabía qué juego sucio podría jugarme este hombre.
Si lo que buscaba era quedarse con mi dinero, algunas cláusulas me mantendrían protegida.
Aun así, prefería cederle todo a este hombre antes que a Carlos o a mi padre.
Leonardo le hizo alguna señas a otro caballero que lo acompañaba. Éste inmediatamente asintió con respecto y salió primero.
Leonardo tomó su abrigo y caminó hacia la puerta.
—Entonces no perdamos más tiempo —dijo sin mirarme.
Me quedé inmóvil.
—¿A dónde vamos?
Se detuvo apenas, lo suficiente para que pudiera ver su perfil endurecido.
—A casarnos, Daliza —respondió, mirándome a los ojos—. Es la primera condición.
Abrió la puerta.
—Y debes saber que —tendió su mano para que la tomara. Y lo hice sin pensar—, una vez que crucemos esa puerta… ya no habrá oportunidades de volver atrás.
Su advertencia llevaba peso. En ese momento no pensé en las consecuencias que mi decisión me llevaría mas tarde.