🖋 NARRADOR OMNISCIENTE
El edificio del ayuntamiento estaba casi vacío a esa hora. Sus pasos sobre el mármol pulido resonaban, como si le recordaran a Daliza que todo aquello era real, que su vida había cambiado y que esta vez ella se encargaría de que fuera para bien.
La oficina del Registrar estaba iluminada con una luz blanca y tenue. Una mujer tras el escritorio los observó con curiosidad.
—¿Licencia de matrimonio? —preguntó.
—Sí —respondió Leonardo sin titubear.
Daliza apretó los dedos contra la tela de su vestido cuando le pidieron los documentos. Su nombre fue pronunciado en voz alta, claro y firme.
Antes de firmar, miró al hombre frente a ella. Era un desconocido que, aun sin conocerla, había aceptado algo tan fuera de lo normal.
Tal vez era arriesgado, pero él le había brindado más seguridad en unas horas que Carlos en tres años.
La pluma tembló apenas, pero no se detuvo. Firmó.
Leonardo firmó después. Su trazo fue firme. No tenía nada que pensar. Era una oportunidad que no pensaba desaprovechar.
Cuando la funcionaria les explicó los pasos siguientes, Daliza apenas escuchó. Tenía la sensación de estar cruzando una línea invisible… y aterradora. Pero sabía que cambiaría su vida para siempre.
Daliza se detuvo unos pasos antes de la salida. Leonardo la observó solo un instante. Era hermosa, demasiado.
Desvió la mirada para que ella no notara la forma en que la veía.
—Iré al baño, ¿me das un momento? —preguntó incómoda.
Leonardo sonrió y asintió.
Daliza, ya dentro, dejó salir todo el aire. Caminó de un lado a otro. Los nervios estaban a flor de piel.
—Carajo, me he casado con un desconocido —susurró.
Abrió el grifo, lavó su rostro y se miró al espejo.
—De ahora en adelante, Daliza, nadie decidirá por ti.
La mujer que le devolvía la mirada ya no era la misma de esa mañana. Ya no era ingenua ni dócil.
—De ahora en adelante, tu camino lo forjas tú.
Salió del baño con el mentón en alto y la espalda recta. Ya no sería esa mujer débil, sino que iba a convertirse en una mujer que ya no lloraría en silencio, sino que cobraría cada herida.
Mientras tanto, Leonardo estaba en una llamada con su madre.
—Madre, olvídalo. Ya tengo esposa —respondió con frialdad.
—¿Qué? —gritó ella—. ¿Cómo que te casaste?
—¿Dices que mi hermano se casó? —intervino Daniella—. No me lo creo. Está obsesionado con un fantasma.
—Mejor cállate, hermanita. La conocerás pronto.
—Pero, pero, ¿qué hay de Vanessa? —preguntó Sarah con un grito al cielo. Su hijo estaba decidido a hacerla rabiar.
—Te lo advertí, mamá, no me iba a casar con esa mujer, nunca —su voz fue firme y dura. No le gustaba discutir con su madre, pero ella estaba decidida a todo con tal de verlo casado con Vanessa.
Pero Sarah conocía a su hijo y su terquedad. Además, ya se había casado; no podía hacer nada más que disculparse con la familia Wilson. Solo esperaba que no lo tomaran a mal.
—Mamá, ya no insistas —intercedió entre ellos Daniella con fastidio—. Mi hermano fue claro. Acéptalo de una vez.
—Está bien. Supongo que no tengo de otra. Pero espero que la traigas pronto —advirtió Sarah—, y quiero un nieto, Leo. Espero no tardes en ello.
—Madre, por favor, no empieces —respondió con cansancio.
—Por lo menos compláceme en eso, hijo —dijo suplicante.
—Bien.
Leonardo colgó con una sonrisa. Su madre y su hermana eran imposibles, pero ahora tenía que buscar la manera de cumplirle un deseo a su madre.
En ese momento vio a Daliza acercarse. Se veía distinta. Más fuerte. Más decidida.
—A partir de ahora —murmuró—, ya no estás sola, señora Kensington.
Daliza lo escuchó, pero no respondió.
No sabía si aquello era una bienvenida… o una promesa.
Pero fuera lo que fuera, estaba lista para enfrentarlo.
Más tarde, Leonardo la estaba dejando al frente de su casa, como habían acordado. Pero antes de bajar, a Daliza se le ocurrió una idea algo arriesgada.
—Señor Kensington…
—Leonardo —la interrumpió él con calma. Tampoco quería asustarla—. Deberías empezar por llamarme así, o podrías decirme solo Leo, ¿no lo crees, Daliza?
—Bueno, yo… —Daliza no sabía cómo responder a eso, pues apenas lo estaba conociendo.
—Vamos, no es tan difícil —insistió Leonardo. Se acercó a ella, tan cerca que sus respiraciones se mezclaban, y susurró—. Yo te digo Daliza sin problemas. Y no debes olvidar que ahora somos… marido y mujer.
Daliza asintió con el rostro totalmente rojo. La calma con la que le hablaba la ponía demasiado nerviosa.
—Bien, Leonardo —finalmente dijo con nerviosismo—. ¿Cree que podría hacerme un favor?
Leonardo asintió.
—Claro que sí. ¿De qué se trata?
Daliza tragó. Tal vez se estaba pasando de la raya, pero necesitaba tener algo que limpiara su nombre. Conocía a su hermana; ella seguro la culparía de algo estúpido para no verse como una cualquiera.
—Para mañana voy a necesitar pruebas del porqué no me casaré y…
—Ya estoy trabajando en ello —la interrumpió Leonardo mirando hacia el frente. Luego la miró a ella—. No te preocupes, llegaré justo a tiempo con pruebas suficientes.
Le guiñó un ojo y Daliza se ruborizó. Aquello provocó en Leonardo un sentimiento de calidez, aquel que no había sentido desde aquella vez, cuando aquella mujer lo salvó de morir calcinado.
—Gracias —respondió, intentando sonar firme—. Nos vemos mañana, entonces.
—Nos vemos mañana, Daliza.
Daliza salió del auto antes de que él saliera a abrirle la puerta. Estaba tan nerviosa que escuchaba su corazón latir desesperado.
No se había sentido así jamás, ni siquiera con Carlos. Con ese maldito solo había sentido lástima de sí misma.
Entró a la casa donde había nacido y crecido junto a sus abuelos, y la misma donde ahora vivían las personas que más daño le habían hecho.
Sus puños estaban apretados con fuerza. Aguantó tanto sufrimiento solo para agradar a una bola de desagradecidos.
Su único deseo era darles una lección que jamás pudieran olvidar