CapĂ­tulo 4: Con La Sangre De Mis Enemigos

1468 Words
🖋 POV DALIZA Luego de registrar el matrimonio, el señor Leonardo y yo nos despedimos. Aunque él había insistido en que fuera directamente con él hasta su casa, que ahora y por tres meses también sería mi hogar. Me negué en ese momento; tenía que volver para seguir preparando la gran sorpresa de mañana, para la cual él me iba ayudar. Será un evento del cual jamás se van a olvidar, familia Ríos y La Fuente. Al llegar a casa, subí directo a mi habitación; por suerte no había nadie en la casa. Cerré la puerta con llave y apoyé la espalda contra ella. Por un momento pensé que no podría sostenerme, que mis piernas me abandonarían del todo. Pero no ocurrió. Caminé hasta la cama y me senté con cuidado. Mis manos temblaban al apoyarlas sobre mis piernas. Me quedé con la mirada fija sobre el retrato familiar de mi madre, mi abuela y yo de bebé. Me veía feliz, y ellas también, y toda esa felicidad me la arrebataron como si no valiera nada, en tan solo un abrir y cerrar de ojos. ¿Cuánto tiempo llevaba siendo solo una parte de su juego macabro? ¿Estará papá involucrado en esto? La respuesta me asustó. Miré alrededor. Todo estaba exactamente igual que siempre. Las fotos en la pared, mi laptop abierta sobre la cama. Pero una cosa habia cambiado. Ya no era la misma de antes. Saqué ambos vestidos y los dejé en su funda; al final sí iba a usarlo. Observé detenidamente el vestido que Alexandra eligió y sonreí con rabia. Ese vestido. Pretendía ponerme en ridículo. Me puse de pie y caminé hasta él. Pasé los dedos por la tela con suavidad. Blanco. Tan impecable. Preparado para un futuro que nunca fue real, un futuro que sería efímero según sus planes. Mañana era el gran día, el que siempre esperé con tanto anhelo e ilusión y ahora es el que más detesto. Dos toques sobre la puerta me sacaron de mis pensamientos. —Daliza, ¿qué demonios esperas para bajar a cenar? —era la voz autoritaria de papá—. Apúrate y no hagas esperar a nuestros invitados. —Bajo en un momento, papá —respondí y me dirigí hasta el baño. Me duché, dejé que el agua tibia calmara mi ansiedad, mis nervios, toda mi rabia acumulada, esa misma que me esta consumiendo por dentro. Necesitaba seguir fingiendo. Solo por hoy. Necesito que crean que me tienen en sus manos. Salí de la ducha, dejé mi cabello húmedo. Elegí un vestido rojo que sabía que resaltaría mis curvas. Aunque soy curvy, también tengo mis atributos. ¿Por qué no usarlos? Más tarde bajé con calma las escaleras. Abajo estaban Carlos, con un traje elegante, con una sonrisa de cocodrilo, que de no haber visto lo de hoy… pues seguiría creyendo que el maldito era el más guapo de todos y que, además, en verdad me amaba. También estaban su hermana, sus padres, Adriana y mi padre, y por supuesto Alexandra y mis supuestas amigas, Liliana y Mariana. Seguro creían que disfrutarian de un espectáculo. Estaba en medio de tiburones que amenazaban con descuartizarme. Sonreí falsa, tan falsa como todos ellos. —Daliza, ¿acaso crees que eres de la realeza? ¿Qué diablos traes puesto, ahh? —preguntó furioso Carlos. Alexandra sonreía burlona, mi padre me fulminó con la mirada y los demás, seguro, reían por dentro. —Ropa, ¿no lo ves? —respondí a la defensiva. Ni siquiera me di cuenta. Carlos se sorprendió por mi tono, asi que decidí mordearlo—. Creí que se me vería bien, ¿no te gusta, amor? —Anda a cambiarte, todo se te marca —me ordenó papá. Miré de reojo a mi hermana Alexandra, que llevaba un conjunto de minifaldas que no dejaba nada a la imaginación. “Cálmate, Daliza. Recuerda que debes aguantar todo esto solo por hoy”. —Está bien, papá —respondí sumisa, bajando la mirada—. Iré a cambiarme. —¿Qué te hace creer que debo esperar tanto por ti, Daliza? —preguntó Carlos al verme girar. —Lo siento, no volverá a pasar, cariño —dije con una sonrisa que no sentía. Carlos se hizo el interesante, al igual que su familia. Creían que me tenían en sus manos, pobres ilusos. —Está bien, no vayas, no hace falta —me detuvo Carlos, tomando mi mano y atrayéndome hacia él. Mi estómago se revolvió; me asqueaba que sus manos me tocaran de ese modo tan morboso—. Por hoy te lo dejo pasar, no vuelvas a hacerlo. Asentí, tragándome todo ese veneno que llevaba dentro. —Daliza, debes entender que Carlos lo hace por tu bien —la voz molesta de la que iba a ser mi suegra me taladró los oídos. Sonreí y seguí en silencio—. No intentes dejarlo en ridículo. Volví a afirmar con la cabeza a todo. Aprendí que eso les daba satisfacción. Y a mí eso antes me parecía algo normal, pero qué idiota fui. —Así es, cuñada —la secundó Sonia, su hermana, con su voz manipuladora y ridícula—. Debes agradecer que por lo menos mi hermano se fijó en ti. ¿Así que por eso ellos tenían el derecho a quitarle la vida a mi familia y también a mí? Justo quise gritarle aquello, pero entonces ellos ganarían. —Es así, hermanita, solo Carlos podría amarte así —murmura Alexandra y se acerca a mí con una sonrisa venenosa y me abraza, pero solo para soltar su veneno. Siempre fue así; saca su verdadero yo cuando está con ellos—. Porque eres horrenda, asquerosa. Y te ves ridícula en ese vestido. Mariana se me acerca y sonríe falsa. —Te ves hermosa, no les hagas caso —me susurró al oído. —Gracias, amiga —mi tono fingido la hizo fruncir el ceño, pero pronto se recuperó. —Concuerdo contigo, te queda perfecto —dijo en voz alta Liliana. Hubiera deseado que fueran sinceras. —Vayamos a la mesa, todo está listo —añadió Adriana, viéndome con desdén. ¿Cómo es que antes veía que esto era normal? ¿Tan poquito me sentía? —Vamos, Alex —dijo Carlos, acercándose a Alexandra y tomándola de la mano. Ya ni se preocupaban en ocultarlo. Alexandra me dio una mirada triunfante, como si me dijera que él era suyo. Todos nos dirigimos hasta la mesa, pero antes papá se me acercó y me detuvo justo antes de salir al comedor. —No me hagas quedar en ridículo con nuestros invitados —me ordenó, como si ni siquiera me considerara su hija. La sangre me hirvió por dentro. —Padre —lo enfrenté con la voz calmada—, ¿eso es lo que piensas de mí? ¿Te avergüenzo? —¿Qué no es obvio? —respondió con indiferencia—. Solo mírate, eres una gorda que solo sabe comer. ¿Por qué no eres más como Alexandra? Y mucho se había tardado. Solo sabe compararme con ella; nunca intentó ver más allá de mi apariencia. —¿Más como ella? No lo creo, padre —le respondí y me dirigí a la mesa. Me senté lo más alejado que podía de ellos, de todos. Papá se puso de pie y llamó la atención de todos con su copa. —Bien, como saben, ya mañana es la boda de nuestros hijos … —dijo con tono neutro, sin mirarme a los ojos— y el lunes será la lectura del testamento de la abuela de Daliza. Puse más atención a sus palabras. Aunque nunca me habló de ese dinero, algo en su tono me dice que lo anhela más que yo. —Daliza —por primera vez me llama. Sostuve su mirada con firmeza—, ese mismo día harás el traspaso a la empresa Ríos y La Fuente. Nos encargaremos de todo lo demás. —Así es, cariño —dijo Carlos mirándome con una sonrisa. Infeliz—. Tú solo ocúpate de… comer. Todos contuvieron una carcajada, menos papá. Él me miró con odio. Con desprecio. —Claro, amor. Será como tú digas —dije, controlando mi propia voz. La noche fue tan larga y extensa que creí que no aguantaría las ganas de decirles todo lo que guardaba. Luego de esa cena me fui a mi habitación y dejé que todo el aire saliera de mis pulmones. No pude conciliar el sueño en toda la noche. Todo lo que había ocurrido me había desgastado demasiado. Fue muy duro descubrir todo de un golpe: traiciones, confabulación y además asesinato. En un solo día mi mundo se destrozó. Pero lo iba a reconstruir lentamente… y con la sangre de mis enemigos.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD