đź–‹ POV DALIZA
Luego de registrar el matrimonio, el señor Leonardo y yo nos despedimos. Aunque Ă©l habĂa insistido en que fuera directamente con Ă©l hasta su casa, que ahora y por tres meses tambiĂ©n serĂa mi hogar.
Me neguĂ© en ese momento; tenĂa que volver para seguir preparando la gran sorpresa de mañana, para la cual Ă©l me iba ayudar.
Será un evento del cual jamás se van a olvidar, familia RĂos y La Fuente.
Al llegar a casa, subĂ directo a mi habitaciĂłn; por suerte no habĂa nadie en la casa. CerrĂ© la puerta con llave y apoyĂ© la espalda contra ella.
Por un momento pensĂ© que no podrĂa sostenerme, que mis piernas me abandonarĂan del todo.
Pero no ocurriĂł.
Caminé hasta la cama y me senté con cuidado. Mis manos temblaban al apoyarlas sobre mis piernas. Me quedé con la mirada fija sobre el retrato familiar de mi madre, mi abuela y yo de bebé.
Me veĂa feliz, y ellas tambiĂ©n, y toda esa felicidad me la arrebataron como si no valiera nada, en tan solo un abrir y cerrar de ojos.
¿Cuánto tiempo llevaba siendo solo una parte de su juego macabro?
¿Estará papá involucrado en esto?
La respuesta me asustĂł.
Miré alrededor. Todo estaba exactamente igual que siempre. Las fotos en la pared, mi laptop abierta sobre la cama. Pero una cosa habia cambiado.
Ya no era la misma de antes.
Saqué ambos vestidos y los dejé en su funda; al final sà iba a usarlo.
Observé detenidamente el vestido que Alexandra eligió y sonreà con rabia.
Ese vestido.
PretendĂa ponerme en ridĂculo.
Me puse de pie y caminĂ© hasta Ă©l. PasĂ© los dedos por la tela con suavidad. Blanco. Tan impecable. Preparado para un futuro que nunca fue real, un futuro que serĂa efĂmero segĂşn sus planes.
Mañana era el gran dĂa, el que siempre esperĂ© con tanto anhelo e ilusiĂłn y ahora es el que más detesto.
Dos toques sobre la puerta me sacaron de mis pensamientos.
—Daliza, ¿qué demonios esperas para bajar a cenar? —era la voz autoritaria de papá—. Apúrate y no hagas esperar a nuestros invitados.
—Bajo en un momento, papá —respondà y me dirigà hasta el baño. Me duché, dejé que el agua tibia calmara mi ansiedad, mis nervios, toda mi rabia acumulada, esa misma que me esta consumiendo por dentro.
Necesitaba seguir fingiendo. Solo por hoy.
Necesito que crean que me tienen en sus manos.
SalĂ de la ducha, dejĂ© mi cabello hĂşmedo. ElegĂ un vestido rojo que sabĂa que resaltarĂa mis curvas. Aunque soy curvy, tambiĂ©n tengo mis atributos.
¿Por qué no usarlos?
Más tarde bajĂ© con calma las escaleras. Abajo estaban Carlos, con un traje elegante, con una sonrisa de cocodrilo, que de no haber visto lo de hoy… pues seguirĂa creyendo que el maldito era el más guapo de todos y que, además, en verdad me amaba.
TambiĂ©n estaban su hermana, sus padres, Adriana y mi padre, y por supuesto Alexandra y mis supuestas amigas, Liliana y Mariana. Seguro creĂan que disfrutarian de un espectáculo.
Estaba en medio de tiburones que amenazaban con descuartizarme.
SonreĂ falsa, tan falsa como todos ellos.
—Daliza, Âżacaso crees que eres de la realeza? ÂżQuĂ© diablos traes puesto, ahh? —preguntĂł furioso Carlos. Alexandra sonreĂa burlona, mi padre me fulminĂł con la mirada y los demás, seguro, reĂan por dentro.
—Ropa, Âżno lo ves? —respondĂ a la defensiva. Ni siquiera me di cuenta. Carlos se sorprendiĂł por mi tono, asi que decidĂ mordearlo—. CreĂ que se me verĂa bien, Âżno te gusta, amor?
—Anda a cambiarte, todo se te marca —me ordenó papá. Miré de reojo a mi hermana Alexandra, que llevaba un conjunto de minifaldas que no dejaba nada a la imaginación.
“Cálmate, Daliza. Recuerda que debes aguantar todo esto solo por hoy”.
—Está bien, papá —respondà sumisa, bajando la mirada—. Iré a cambiarme.
—¿Qué te hace creer que debo esperar tanto por ti, Daliza? —preguntó Carlos al verme girar.
—Lo siento, no volverá a pasar, cariño —dije con una sonrisa que no sentĂa. Carlos se hizo el interesante, al igual que su familia. CreĂan que me tenĂan en sus manos, pobres ilusos.
—Está bien, no vayas, no hace falta —me detuvo Carlos, tomando mi mano y atrayéndome hacia él. Mi estómago se revolvió; me asqueaba que sus manos me tocaran de ese modo tan morboso—. Por hoy te lo dejo pasar, no vuelvas a hacerlo.
AsentĂ, tragándome todo ese veneno que llevaba dentro.
—Daliza, debes entender que Carlos lo hace por tu bien —la voz molesta de la que iba a ser mi suegra me taladrĂł los oĂdos. SonreĂ y seguĂ en silencio—. No intentes dejarlo en ridĂculo.
VolvĂ a afirmar con la cabeza a todo. AprendĂ que eso les daba satisfacciĂłn. Y a mĂ eso antes me parecĂa algo normal, pero quĂ© idiota fui.
—AsĂ es, cuñada —la secundĂł Sonia, su hermana, con su voz manipuladora y ridĂcula—. Debes agradecer que por lo menos mi hermano se fijĂł en ti.
ÂżAsĂ que por eso ellos tenĂan el derecho a quitarle la vida a mi familia y tambiĂ©n a mĂ? Justo quise gritarle aquello, pero entonces ellos ganarĂan.
—Es asĂ, hermanita, solo Carlos podrĂa amarte asà —murmura Alexandra y se acerca a mĂ con una sonrisa venenosa y me abraza, pero solo para soltar su veneno. Siempre fue asĂ; saca su verdadero yo cuando está con ellos—. Porque eres horrenda, asquerosa. Y te ves ridĂcula en ese vestido.
Mariana se me acerca y sonrĂe falsa.
—Te ves hermosa, no les hagas caso —me susurrĂł al oĂdo.
—Gracias, amiga —mi tono fingido la hizo fruncir el ceño, pero pronto se recuperó.
—Concuerdo contigo, te queda perfecto —dijo en voz alta Liliana. Hubiera deseado que fueran sinceras.
—Vayamos a la mesa, todo está listo —añadió Adriana, viéndome con desdén.
ÂżCĂłmo es que antes veĂa que esto era normal? ÂżTan poquito me sentĂa?
—Vamos, Alex —dijo Carlos, acercándose a Alexandra y tomándola de la mano. Ya ni se preocupaban en ocultarlo. Alexandra me dio una mirada triunfante, como si me dijera que él era suyo.
Todos nos dirigimos hasta la mesa, pero antes papá se me acercó y me detuvo justo antes de salir al comedor.
—No me hagas quedar en ridĂculo con nuestros invitados —me ordenĂł, como si ni siquiera me considerara su hija. La sangre me hirviĂł por dentro.
—Padre —lo enfrenté con la voz calmada—, ¿eso es lo que piensas de m� ¿Te avergüenzo?
—¿QuĂ© no es obvio? —respondiĂł con indiferencia—. Solo mĂrate, eres una gorda que solo sabe comer. ÂżPor quĂ© no eres más como Alexandra?
Y mucho se habĂa tardado. Solo sabe compararme con ella; nunca intentĂł ver más allá de mi apariencia.
—¿Más como ella? No lo creo, padre —le respondà y me dirigà a la mesa.
Me sentĂ© lo más alejado que podĂa de ellos, de todos.
Papá se puso de pie y llamó la atención de todos con su copa.
—Bien, como saben, ya mañana es la boda de nuestros hijos … —dijo con tono neutro, sin mirarme a los ojos— y el lunes será la lectura del testamento de la abuela de Daliza.
Puse más atención a sus palabras. Aunque nunca me habló de ese dinero, algo en su tono me dice que lo anhela más que yo.
—Daliza —por primera vez me llama. Sostuve su mirada con firmeza—, ese mismo dĂa harás el traspaso a la empresa RĂos y La Fuente. Nos encargaremos de todo lo demás.
—Asà es, cariño —dijo Carlos mirándome con una sonrisa. Infeliz—. Tú solo ocúpate de… comer.
Todos contuvieron una carcajada, menos papá. Él me miró con odio. Con desprecio.
—Claro, amor. Será como tú digas —dije, controlando mi propia voz.
La noche fue tan larga y extensa que creĂ que no aguantarĂa las ganas de decirles todo lo que guardaba.
Luego de esa cena me fui a mi habitación y dejé que todo el aire saliera de mis pulmones.
No pude conciliar el sueño en toda la noche. Todo lo que habĂa ocurrido me habĂa desgastado demasiado. Fue muy duro descubrir todo de un golpe: traiciones, confabulaciĂłn y además asesinato.
En un solo dĂa mi mundo se destrozĂł. Pero lo iba a reconstruir lentamente… y con la sangre de mis enemigos.