La noche había caído sobre Toronto con un aire más pesado de lo normal. A pesar del frío, dentro del salón del conservatorio cultural, el ambiente estaba caldeado. Las luces tenues, la música clásica de fondo y el murmullo constante de los invitados formaban una mezcla elegante… hasta que ellos llegaron.
Los gemelos alemanes irrumpieron como si el lugar les perteneciera. Altos, de trajes negros perfectamente entallados, cabellos rubios como el oro y ojos plomo, tan claros que resultaban hipnóticos. Caminaban sincronizados, con ese aire de poder que no necesita presentación. El mayor, Leif Von Hiller, tenía una mirada tan afilada como su mandíbula; el menor, Lukas, conservaba una sonrisa que parecía inofensiva… hasta que se detenía sobre alguien.
Todos se giraron al verlos. La tensión en el aire fue inmediata. Algunos se apartaron del paso de los herederos de la familia Von Hiller, una de las casas más temidas de la mafia europea. En Alemania, eran leyenda… y ahora estaban en Toronto. Nadie sabía aún por qué.
Alejandra, de pie junto a Ahinoa, dejó de hablar en seco cuando los vio entrar. Ambas clavaron sus ojos miel en los recién llegados, como si algo en ellos les arrancara el aliento. Y al mismo tiempo, Leif y Lukas también se detuvieron, como si el tiempo se congelara un segundo. Se miraron de reojo, luego las observaron directamente.
—¿Quiénes son? —murmuró Leif en alemán, sin apartar la vista de Alejandra.
—Ni idea… pero quiero saberlo —respondió Lukas, mirando a Ahinoa como si acabara de descubrir un secreto.
Los gemelos caminaron directo hacia ellas, ignorando por completo a los demás. No sabían quiénes eran, solo que querían estar cerca. Sonrieron, se presentaron, y sin dar tiempo a objeción alguna, comenzaron una conversación informal pero seductora. El acento alemán les añadía un encanto exótico.
Desde una esquina, Arturo y Enrique observaban la escena, el primero con los puños cerrados y la mandíbula tensa; el segundo con los ojos entrecerrados, como un lobo olfateando peligro.
—¿Quiénes se creen esos dos imbéciles? —escupió Arturo, cruzando los brazos.
—No lo sé… pero no me gusta cómo miran a Alejandra y Ahinoa —gruñó Enrique, sin quitar la vista de Leif, que ahora se reía con Alejandra.
—¿Lo ves? ¡Están demasiado cerca! ¿Qué hace Lukas hablando así con Ahinoa? Ella lo está mirando como si… —Arturo se mordió el labio, furioso.
—¡Ella nunca mira así a nadie! —Enrique tragó saliva. La furia le hervía bajo la piel.
No aguantaron más. Se acercaron. Enrique tomó a Alejandra suavemente del brazo.
—¿Podemos hablar un momento?
—¿Qué pasa contigo? —preguntó ella, frunciendo el ceño.
—Nada bueno si sigues cerca de ese tipo.
—¿Perdón?
Mientras tanto, Arturo tiró de Ahinoa hacia un rincón.
—¿Qué estás haciendo con él? ¿No ves cómo te mira?
—¿Y a ti qué te importa? —Ahinoa cruzó los brazos, molesta.
—¡Me importa porque no es de fiar! ¡No lo conoces!
—¡Tú tampoco me cuentas nada, Arturo!
Las discusiones estallaron al mismo tiempo. Alejandra, confundida por la actitud posesiva de Enrique, lo empujó levemente.
—¿Te estás poniendo celoso?
—Estoy intentando protegerte.
—¿Protegerme de qué, Enrique?
Él dudó. No podía decirle la verdad… pero tampoco podía soportar verla con alguien como Leif.
En otro rincón, Arturo y Ahinoa se enfrentaban con igual tensión.
—No me mires así, Arturo. ¿Qué pasa? ¿Que ya no soy libre de hablar con nadie?
—Ese tipo es un Von Hiller. ¿Sabes lo que eso significa?
—No, porque tú nunca me dices nada. Y ahora vienes a juzgarme.
Arturo apretó los labios, desesperado.
—Es que… no quiero verte en peligro, Ahinoa. ¡No entiendes!
Ella lo miró a los ojos, más herida que furiosa.
—Entonces dime la verdad. ¿Por qué me miras así? ¿Por qué estás tan alterado?
—Porque te amo, Ahinoa —soltó al fin, con la voz temblando—. Pero también porque ese tipo podría destruirte sin tocarte.
Los gritos subieron de tono. Algunas miradas curiosas se desviaron hacia ellos. Alejandra se alejó de Enrique, molesta, y Ahinoa hizo lo mismo con Arturo.
En medio del caos, Leif y Lukas solo sonrieron desde lejos, como dos piezas de ajedrez colocadas estratégicamente.
—Interesante… —susurró Leon—. Ya sabemos sus nombres.
—Alejandra y Ahinoa… justo como en el informe. Hijas de los desaparecidos. Interesante, ¿no?
—Más que eso. Un desafío.
Mientras las gemelas se alejaban de los chicos, dolidas y confundidas, Enrique y Arturo se quedaron allí, mirándose entre sí como dos leones heridos.
Ambos sabían lo que los Von Hiller representaban. Ambos entendían lo que esa mirada de deseo en los ojos de Leif y Lukas significaba.
Pero lo peor era que… no podían obligarlas a alejarse. No sin contarles la verdad. Y esa verdad aún no estaban listos para revelarla.