La tarde en Toronto parecía tranquila, pero en el interior de la casa, el ambiente era cualquier cosa menos sereno. Luego del tenso encuentro con Leif y Lukas, las gemelas no habían dejado de notar el comportamiento extraño y evasivo de Arturo y Enrique. Se miraban entre ellas, intercambiando silencios cargados de preguntas no formuladas.
—¿Te diste cuenta cómo se pusieron? —preguntó Ahinoa mientras se sentaban en la habitación que compartían, cruzadas de piernas sobre la cama.
—Sí… parecía que querían comerse vivos a los gemelos. Y también a nosotras —respondió Alejandra, con los brazos cruzados. —No me gusta cuando Enrique actúa así. Como si yo le perteneciera.
—¿Y Arturo? Estaba como poseído. No podía dejar de lanzarle dagas con la mirada a Lukas —dijo Ahinoa, frunciendo el ceño—. Hay algo que no nos están diciendo.
Ambas guardaron silencio por unos segundos. Hasta que Alejandra se levantó de golpe.
—No pienso quedarme con esta incomodidad. Voy a hablar con Enrique ahora mismo —dijo decidida.
—Yo haré lo mismo con Arturo —asintió Ahinoa.
Bajaron las escaleras y encontraron a los chicos en el porche. Los dos estaban en silencio, observando el cielo como si buscaran respuestas entre las nubes. Al ver a las gemelas, se incorporaron, tensos.
—Necesitamos hablar —dijeron las chicas casi al unísono.
Alejandra tomó la mano de Enrique y lo llevó hacia el jardín trasero. Ahinoa hizo lo mismo con Arturo, guiándolo al pequeño invernadero que la tía había construido años atrás.
**Jardín trasero: Alejandra y Enrique **
—¿Qué te pasa, Enrique? —preguntó Alejandra, mirándolo fijamente. —Te comportaste como si quisieras pelearte a puñetazos con esos chicos. No entendí nada.
Enrique desvió la mirada, incómodo.
—No me gustó cómo te miraban. No eran simples saludos, Ale. Esos tipos no son normales.
—¿Y tú sí lo eres? —replicó ella, con una ceja alzada. —¿Desde cuándo decides con quién puedo hablar y con quién no?
—No es eso… es solo que —suspiró, bajando la voz—. Hay cosas de mi familia, de mi pasado… que no puedo contarte aún. Pero créeme, si supieras quiénes son Leif y Lukas, no querrías ni acercarte.
Alejandra se cruzó de brazos.
—Entonces cuéntame. Ya basta de secretos. Si me estás protegiendo, necesito saber de qué.
Enrique la miró por un largo segundo. Luego asintió con lentitud.
—Mi padre… no es un hombre común. Lidera una organización. Una mafia. Y Arturo… su familia es nuestra rival desde hace generaciones, eso ya se los contamos el otro dia. Pero nos unimos aquí porque… bueno, porque todo estaba cambiando. Ahora esos alemanes vienen a sacudirlo todo.
Alejandra palideció.
—¿Tú… en verdad eres hijo de un capo?
—Y aún así soy capaz de hacer lo que sea para protegerte —susurró Enrique, dando un paso hacia ella—. Porque aunque no me pertenezcas… te amo, Ale. Y no voy a dejar que nadie te lastime.
**Invernadero: Ahinoa y Arturo**
—¿Me vas a decir qué te pasa o seguimos fingiendo que estás bien? —Ahinoa se cruzó de brazos, observando cómo Arturoevitaba su mirada.
—No me gusta Lukas—soltó él finalmente. —No me gusta cómo te miró. Como si fueras un trofeo.
—¿Y eso qué tiene que ver contigo? ¿Eres mi dueño? —disparó ella, alzando la voz.
—¡Claro que no! Pero soy tu amigo... Y no quiero que te lastimen.
—Entonces dime la verdad. Porque algo estás ocultando. Algo muy grave.
Arturo suspiró, se sentó en uno de los bancos del invernadero y se cubrió el rostro con las manos.
—Mi padre lidera una mafia en Sicilia. Enrique y yo somos como piezas en un tablero de guerra que no elegimos. Y ahora esos gemelos… Leif y Lukas… son hijos del líder de la mafia alemana más poderosa. Si ellos están aquí, no es casualidad.
—Entonces tú y Enrique saben más de lo que dicen —murmuró Ahinoa, sentándose a su lado.
—Mucho más. Pero juro que no permitiré que te pase nada. Aunque tenga que enfrentar a Leif con mis propias manos.
Ahinoa lo miró con sorpresa y ternura.
—Yo solo quiero que seas sincero conmigo. No necesito que pelees por mí, Arturo Necesito que me digas la verdad. Porque también me importas… mucho más de lo que debería y lo sabes...
Arturo alzó la mirada, sus ojos brillando por el reflejo del sol. Sonrió apenas.
—Entonces prometo que no te mentiré más.
Las gemelas regresaron más tarde a la habitación. Había silencios, pero también una nueva complicidad. Por fin sabían un poco más de todo lo que se ocultaba tras esas miradas intensas. Pero en el fondo, ambas sabían que los secretos recién estaban empezando a salir a la luz.
Y Leif y Lukas no iban a tardar en provocar el próximo movimiento.