La noche en Toronto vibraba con música, risas y un aire festivo que ocultaba tensiones invisibles. La tía de las gemelas había sido invitada a una fiesta exclusiva en la residencia Von Richter, una familia poderosa recién llegada desde Alemania. Por cortesía, las invitaciones se extendieron a Alejandra y Ahinoa, que aceptaron intrigadas, sin imaginar el giro que tomaría esa velada.
La mansión Von Hiller era imponente, con una arquitectura neoclásica que imponía respeto desde el umbral. Los jardines resplandecían con luces cálidas, y dentro, la música suave se mezclaba con el tintinear de copas y el murmullo elegante de conversaciones en varios idiomas.
Alejandra vestía un conjunto rojo vino, con la espalda descubierta y labios a juego, mientras Ahinoa optó por un vestido n***o de corte griego que resaltaba su figura con una elegancia simple y feroz. Al entrar, se robaron las miradas.
—Siento que hemos entrado en una película de mafias y secretos —murmuró Ahinoa, escaneando el lugar.
—Y tú adoras las películas intensas —bromeó Alejandra.
No sabían que los ojos de Leif y Lukas ya las seguían desde el segundo piso. Los gemelos Von Hiller, altos, rubios como el oro y de ojos grises, eran un espectáculo aparte. Su presencia era magnética, y su linaje aún más intimidante: hijos del líder de la mafia alemana más poderosa de Europa.
—Ahí están —dijo Leif, acomodándose el saco n***o perfectamente entallado.
—¿Son las gemelas del colegio? —preguntó Lukas.
—Si son ellas, algo me dice que esta noche cambiará muchas cosas.
Mientras tanto, Arturo y Enrique lidiaban con una reunión urgente. Sus padres habían enviado a representantes a Toronto. Viejas alianzas estaban siendo puestas a prueba por la llegada de los Von Hiller. Enrique, frustrado, miraba su reloj sin parar.
—Esto no puede esperar —gruñó.
—Yo tampoco quería faltar a la fiesta estando las chicas solas—le respondió Arturo—. Pero esto es más grande que nosotros.
De vuelta en la fiesta, Alejandra y Ahinoa se encontraban junto a la fuente del jardín interior, cuando los gemelos se acercaron. Lukas fue el primero en hablar.
—Perdón si interrumpimos… pero no podíamos ignorar tanta belleza reunida.
Leif sonrió, con la misma seguridad con la que alguien pisa terreno conquistado.
—Lukas —dijo, estrechando la mano de Ahinoa.
—Leif—dijo el otro, tomando la de Alejandra.
Las gemelas intercambiaron una mirada rápida. Se habían preparado para muchas cosas esa noche, pero no para la sensación de vértigo que acompañó ese primer contacto.
—Yo soy Ahinoa —respondió ella, cautelosa pero curiosa.
—Alejandra —dijo su hermana, con una sonrisa que disimulaba su confusión.
Comenzaron a conversar, primero sobre la música, luego sobre Toronto, luego sobre arte. Los gemelos eran educados, carismáticos y peligrosamente encantadores. No sabían aún quiénes eran exactamente esas chicas, pero intuían que estaban frente a algo más que dos bellezas exóticas.
—¿Y qué hacen ustedes en Toronto? —preguntó Ahinoa, con la guardia medio alta.
—Negocios familiares —dijo Lukas, sin detallar.
—Nuestro padre quiere expandir su influencia… digamos que es un hombre muy tradicional —añadió Leif con tono ambiguo.
Mientras tanto, la fiesta avanzaba y más de uno notaba cómo los gemelos no se separaban de las hermanas. Las risas entre ellos, las miradas cómplices, y hasta un par de bailes comenzaron a hacer ruido entre los presentes. Nadie se atrevía a decirlo, pero el aire se estaba cargando de algo más que electricidad: se avecinaba una tormenta.
Alejandra bailaba con Leif bajo la tenue luz del salón principal. Él era hábil, tenía un encanto que envolvía y desarmaba. Ella se sorprendía a sí misma sonriendo demasiado.
—¿Siempre eres así de intenso con las desconocidas? —le preguntó, juguetona.
—Solo cuando encuentro a alguien que parece brillar incluso en la oscuridad —respondió él, acercándose peligrosamente.
En el jardín, Lukas había conducido a Ahinoa hacia una pérgola decorada con hiedras y luces tenues.
—Eres más misteriosa de lo que pareces —le dijo él.
—Tú también. Aunque apuesto que lo tuyo es más… peligroso —respondió ella con una media sonrisa.
—¿Te asusta?
—Me intriga.
En ese momento, alguien los observaba desde lejos: un guardaespaldas de la familia italiana que seguía a Enrique. Enviaría el reporte inmediatamente. Sabía que esto no terminaría bien.
Horas más tarde, cuando la fiesta se fue apagando y las hermanas regresaban a casa, sintieron una mezcla extraña de emoción, confusión y… culpa. Sabían que Arturo y Enrique no aprobarían lo que pasó. Pero tampoco podían ignorar lo que sintieron.
Lo que ninguna sabía aún, era que Leif y Lukas, al regresar a su despacho esa noche, recibieron el informe completo sobre las gemelas.
—¿Hijas de los protegidos por la mafia italiana? —dijo Lukas, entre sorprendido y molesto.
—Y cercanas a Enrique y Arturo… qué ironía —respondió Leif, levantando una copa.
—¿Eso nos detiene?
—Nos impulsa. Ahora las quiero más.
La noche había terminado. Pero la guerra apenas comenzaba.