El sol de Toronto amanecía radiante, pero en la casa de las gemelas reinaba un silencio incómodo. Alejandra y Ahinoa desayunaban tranquilamente, intercambiando sonrisas cómplices mientras recordaban los momentos de la fiesta de la noche anterior. Ninguna de las dos mencionaba en voz alta los insistentes coqueteos de Leif y Lukas, aquellos gemelos alemanes de mirada acerada que parecían haber surgido de un sueño peligroso. Tal vez era mejor dejarlo pasar como un simple juego.
Pero en otro rincón de la ciudad, las piezas comenzaban a moverse.
En el campus, Arturo caminaba hacia la salida del gimnasio cuando fue interceptado por una chica. Cabello rubio cenizo y labios pintados de rojo intenso, lo observaba con descaro. Se llamaba Nicole, y desde hacía meses intentaba llamar su atención. Asi como su amiga Victoria, de ojos verdes y gesto altivo, estaba interesada en ganarse un espacio cerca de Enrique.
—Vaya, vaya… —murmuró Nicole con una sonrisa venenosa—. Anoche fue toda una sorpresa ver a tus “angelitas” en la fiesta.
Arturo arqueó una ceja. —¿A qué te refieres?
Nicole rió suavemente, disfrutando de la incomodidad que comenzaba a dibujarse en el rostro de él. —No me digas que no sabes. Alejandra y Ahinoa estaban muy bien acompañadas… demasiado, diría yo.
—¿Acompañadas de quién? —su voz salió seca, cargada de una tensión que no supo disimular.
Nicole entrelazó sus brazos y se inclinó hacia él, como quien comparte un secreto prohibido. —De los hermanos alemanes. Leif y Lukas. No podían apartarles los ojos de encima. Y ellas… bueno, digamos que tampoco se resistieron mucho.
El corazón de Arturo golpeó en su pecho con violencia. Sintió un calor extraño en la nuca y apretó los puños. No contestó, simplemente dio media vuelta y se marchó, dejando atrás las risas burlonas de las chicas.
A la misma hora, en la biblioteca, Enrique vivía una escena similar. Victoria amiga de Nicole lo había seguido, fingiendo buscar un libro.
—¿Sabes qué fue lo más comentado de anoche? —preguntó con voz suave, pero cargada de veneno—. Que Alejandra parecía hechizada por Leif. Y Ahinoa… oh, Ahinoa no dejó de sonreírle a Lukas.
Enrique la miró con frialdad, pero la semilla ya estaba plantada. Por más que quisiera ignorar el comentario, las imágenes comenzaron a invadirle la mente. ¿Era posible? ¿Alejandra, aquella chica que defendía con tanto celo su independencia, sonriendo de esa forma a un extraño?
—No te creo —murmuró al final.
Victoria soltó una carcajada suave. —Créeme o no, Enrique… lo verás tarde o temprano. Ellos no son de los que se rinden fácil.
Enrique cerró el libro de golpe y se marchó, la rabia latiendo en su interior.
Esa tarde, los caminos de Arturo y Enrique se cruzaron frente a la casa de las gemelas. Ninguno había planeado encontrarse, pero ambos llevaban en el rostro la misma tormenta.
—Necesito hablar con Ahinoa —dijo Arturo, con la voz dura.
—Y yo con Alejandra —respondió Enrique, frunciendo el ceño.
Las gemelas, que habían escuchado el golpe de la puerta, salieron a recibirlos. Notaron de inmediato la tensión en el aire.
—¿Qué pasa? —preguntó Ahinoa, nerviosa.
Arturo clavó sus ojos en ella, llenos de reproche. —Dime la verdad… ¿qué tanto pasó anoche con esos alemanes?
Ahinoa se quedó helada. —¿De qué hablas?
—No juegues conmigo —insistió, dando un paso al frente—. Me dijeron que estuviste coqueteando con Lukas.
Ahinoa abrió los ojos con sorpresa, ofendida. —¿Coqueteando? ¡Eso no es verdad!
Mientras tanto, Enrique se giró hacia Alejandra. —¿Y tú? ¿Por qué no me contaste que Leif no se te despegaba en toda la fiesta?
Alejandra lo miró incrédula. —¿Y tú por qué me reclamas como si tuvieras derecho sobre mí?
Las palabras eran cuchillos lanzados en medio de la sala. El silencio se rompió en una discusión cruzada: Arturo acusando, Ahinoa defendiéndose; Enrique levantando la voz, Alejandra replicando con orgullo.
—¡No tienes idea de lo que estás diciendo! —gritó Alejandra finalmente, con lágrimas contenidas en los ojos.
—Lo único que sé —respondió Enrique con furia contenida— es que esos tipos no son de fiar. Y si te dejas envolver por ellos, todo se irá al demonio.
Ahinoa, con el rostro encendido, señaló a Arturo con firmeza. —¡Deja de actuar como si fueras mi guardián! Yo decido con quién hablo.
—¡Ellos no son simples chicos! —explotó Enrique, revelando más de lo que quería—. Sus familias… su poder… ¡no sabes el peligro que representan!
Las gemelas se miraron entre sí, sorprendidas. Algo en la voz de Enrique sonaba demasiado real, demasiado desesperado.
Pero el orgullo pudo más. Alejandra se cruzó de brazos. —No somos niñas que necesiten salvadores.
Arturo sintió un golpe en el pecho, como si sus palabras hubieran roto algo dentro de él.
El silencio volvió a la sala, espeso y cortante. Los cuatro respiraban agitados, como si hubieran corrido una carrera imposible.
Finalmente, Arturo y Enrique dieron un paso atrás casi al unísono. Sus miradas se cruzaron, llenas de rabia pero también de un entendimiento amargo: ambos estaban luchando contra la misma amenaza, aunque en distintos frentes.
Sin despedirse, salieron de la casa, dejando atrás a las gemelas confundidas y dolidas.
Esa noche, en la soledad de sus habitaciones, Arturo y Enrique volvieron a pensar en las palabras envenenadas de Nicole y Victoria. ¿Había algo de verdad en lo que decían? ¿O solo era la manipulación de dos rivales desesperadas?
Lo único seguro era que Leif y Lukas habían aparecido para cambiarlo todo. Y mientras las gemelas seguían viéndolos como simples extraños deslumbrantes, Arturo y Enrique sabían la verdad: los gemelos alemanes no eran un juego, sino un torbellino de poder, peligro y obsesión.
Y lo peor estaba aún por comenzar.