El amanecer en Toronto llegó con un aire pesado, casi insoportable. Alejandra abrió los ojos con una punzada en el pecho, recordando la discusión con Enrique de la noche anterior. A su lado, Ahinoa se movía inquieta, girando entre las sábanas como si intentara escapar de los pensamientos que la perseguían.
—No dormiste nada, ¿verdad? —preguntó Alejandra, aunque ya sabía la respuesta.
Ahinoa negó con la cabeza, su mirada perdida en el techo. —No dejo de pensar en cómo se enteraron. Arturo me miraba con tanta rabia… pero lo que más me duele es que parecía más decepcionado que enojado.
Alejandra suspiró, abrazando su almohada. —Enrique también… y lo que no entiendo es quién les dijo. Ellos no estaban en la fiesta de Leif y Lukas.
El silencio se extendió unos segundos, hasta que ambas pensaron lo mismo.
—Victoria y Nicole —susurraron casi al unísono.
El recuerdo de esas dos chicas, siempre acechando, siempre buscando un espacio cerca de Arturo y Enrique, les provocó un escalofrío. Sabían que eran rivales en todos los sentidos, y ahora parecía que habían encontrado la manera de clavar su veneno justo en el corazón de sus relaciones.
La mañana en el instituto fue un desfile incómodo. Alejandra y Ahinoa entraron tomadas del brazo, con la frente en alto, pero con el corazón latiendo con fuerza. Los pasillos estaban repletos de murmullos; todos hablaban de la fiesta, de los gemelos alemanes, de la tensión que se había desatado sin que nadie supiera realmente por qué.
Y allí estaban ellos. Arturo, apoyado contra una de las columnas, con la mandíbula tensa, la mirada dura y un aire de distancia que rompía cualquier intento de cercanía. Enrique, a su lado, parecía un volcán a punto de estallar, aunque mantenía la compostura.
Cuando las gemelas se acercaron, el silencio fue inmediato.
—Hola —dijo Alejandra con voz suave, casi suplicante.
Arturo apenas asintió. Enrique ni siquiera respondió; se limitó a clavar sus ojos en ella, tan fríos que Alejandra sintió que se le desgarraba algo por dentro.
Ahinoa intentó romper la barrera invisible. —Podemos hablar… explicarles…
—¿Explicar qué? —interrumpió Enrique, con un tono seco que cortó como un cuchillo. —¿Que los gemelos no significaron nada? Porque eso no hace desaparecer lo que vimos en la fiesta.
Alejandra abrió la boca para responder, pero en ese instante, como si el destino se deleitara en arruinarlo todo, aparecieron Victoria y Nicole. Sus sonrisas eran veneno disfrazado de dulzura.
—Arturo, Enrique, qué gusto verlos —canturreó Victoria, moviendo un mechón de su cabello como si no notara la tensión que había en el aire.
—Sí, chicos, ¿ya están mejor con las noticias de la fiesta? —añadió Nicole, lanzando una mirada burlona a las gemelas.
La sangre de Alejandra hirvió, y Ahinoa apretó los puños. Ellas no necesitaban pruebas; esas dos eran las responsables. Y lo que más dolía era ver cómo Arturo y Enrique no las rechazaban de inmediato, sino que se mantenían fríos, como si su orgullo no les permitiera defenderlas.
—Qué casualidad encontrarlos juntas otra vez —murmuró Ahinoa, clavando sus ojos en Nicole.
—Sí, una casualidad muy conveniente —añadió Alejandra, con un tono cargado de ironía.
El intercambio fue corto, pero suficiente para dejar claro que la guerra silenciosa había comenzado.
Más tarde, en un rincón apartado del instituto, Arturo y Ahinoa finalmente quedaron a solas. Él parecía debatirse entre acercarse y alejarse, con esa mezcla de deseo y resentimiento que lo consumía.
—¿Por qué no me lo contaste? —preguntó Arturo, su voz baja pero firme. —¿Por qué tuve que enterarme por otras personas?
Ahinoa lo miró con lágrimas en los ojos. —Porque tenía miedo de que reaccionaras exactamente como lo estás haciendo ahora. No pasó nada, Arturo. Solo fueron palabras y miradas. Pero… tú decidiste creerles a ellas antes que a mí.
Arturo bajó la mirada, sintiendo el golpe de esas palabras, aunque su orgullo no le permitía ceder del todo.
Al mismo tiempo, en otra parte del edificio, Enrique y Alejandra vivían un duelo parecido.
—Me dolió —confesó Enrique, sus ojos ardiendo de celos. —Me dolió saber que ese tal Leif mirándote como si fueras suya. Y lo que más me mata es imaginar que por un segundo le diste entrada.
Alejandra se irguió con firmeza. —No le di entrada, Enrique. Pero tú me hieres más al desconfiar de mí que al soportar sus miradas. Si supieras lo que sentí cuando te vi fruncir el ceño… parecía que me habías condenado sin dejarme defenderme.
El silencio se volvió insoportable. Enrique cerró los ojos, luchando contra sus demonios, mientras Alejandra contenía las lágrimas.
A lo lejos de un lado del campus los gemelos miraban con una sonrisa en los labios y en otra esquina Victoria y Nicole estaban muy atentas a las discusiones de las parejas, con la seguridad de que podrían separar a las gemelas de los chicos que les gustan...