Entre dudas y silencios

1053 Words
La luz de la mañana se filtraba con timidez por las cortinas de la habitación. Alejandra abrió los ojos lentamente, sintiendo esa presión en el pecho que no la había dejado dormir en toda la noche. Se giró y encontró a Ahinoa en la cama contigua, despierta también, con la mirada perdida en el techo. —¿No dormiste nada? —preguntó Alejandra con un hilo de voz. Ahinoa suspiró, llevándose una mano al rostro. —Cerré los ojos, pero todo el tiempo me venía la misma pregunta: ¿por qué Arturo no confió en mí? ¿Por qué tuvo que escuchar a esas arpías primero? Alejandra se mordió el labio. Ella sentía exactamente lo mismo con Enrique. El recuerdo de su mirada dura, cargada de celos, aún la hería. Más que los celos, lo que le dolía era esa desconfianza, como si todo lo que habían compartido no hubiera sido suficiente para que él creyera en ella. —No sé qué pensar —dijo Alejandra finalmente—. Y lo peor es que esas dos, Victoria y Nicole, parecen disfrutar viéndonos en esta situación. ¿Viste cómo nos miraban ayer? Sabían exactamente lo que estaban haciendo. Ahinoa giró el rostro hacia su hermana, con un destello de enojo en sus ojos. —Quieren lo que es nuestro, Ale. Y lo peor es que… tal vez puedan arrebatárnoslo si Arturo y Enrique no saben ponerles un alto. El silencio se instaló entre ellas unos segundos. Era un silencio cargado de miedo, de orgullo herido y de amor, ese amor que les dolía tanto como las hacía felices. Al otro lado de la ciudad, en una cafetería discreta, Arturo y Enrique ocupaban una mesa en silencio. Ninguno había sugerido hablar, pero ambos habían terminado en el mismo lugar casi por inercia, como si supieran que tenían que desahogarse. Arturo apretaba los puños alrededor de su taza de café. Había dormido igual que Ahinoa: casi nada. Cada vez que cerraba los ojos veía a esos gemelos alemanes, altos, rubios, perfectos, sonriéndole a Ahinoa como si ella ya les perteneciera. Y luego, como una daga, recordaba las palabras de Nicole. “Si no abres los ojos, Arturo, esos chicos se la van a llevar. Yo solo digo lo que vi…” Apretó los dientes. Sabía que Nicole lo quería, que siempre lo había querido. ¿Por qué había confiado tan rápido en lo que dijo, en lugar de esperar a escuchar a Ahinoa? —No me gusta cómo terminó todo —murmuró Enrique, rompiendo el silencio con voz grave. Sus ojos azules tenían un brillo cansado, como si llevara una carga demasiado grande. —Siento que la lastimé, y eso es lo último que quería hacer. Arturo lo miró de reojo. Lo entendía demasiado bien. —A mí me pasa lo mismo. Pero… ¿cómo lo arreglamos ahora? Ahinoa no me va a perdonar fácil que le haya levantado la voz. —Ni Alejandra a mí —Enrique apretó la mandíbula. —Lo que me carcome es que me lo haya ocultado. Yo la quiero proteger, Arturo, pero ¿cómo lo hago si me esconde lo que pasa? Arturo golpeó la mesa con el puño cerrado, llamando la atención de algunas personas. —¡Exacto! Eso mismo pienso yo. Pero también… —bajó la voz, bajando la mirada— también entiendo que tenían miedo. Miedo de lo que íbamos a pensar. Ambos quedaron en silencio otra vez. Ninguno lo decía, pero lo sentían: miedo de perderlas. Porque esa palabra, pérdida, era como una sombra que los seguía desde niños. Hijos de familias rotas por la mafia, siempre habían aprendido que nada era seguro, ni siquiera las personas que amaban. Alejandra y Ahinoa bajaron juntas a desayunar. La tía intentaba sonar animada mientras servía panecillos, pero notaba la tensión. Las gemelas apenas comieron, intercambiando miradas silenciosas. Y como si el destino quisiera encender más fuego, los teléfonos de ambas vibraron casi al mismo tiempo con mensajes: uno de Arturo, otro de Enrique. Alejandra leyó: “Tenemos que hablar. No quiero que esto quede así. Dime cuándo y dónde.” Ahinoa leyó el suyo: “No quiero perderte. Por favor, confía en mí y déjame explicarte. Te espero.” Las gemelas se miraron. Sus corazones se aceleraron, pero la herida de la desconfianza aún estaba abierta. —¿Y si vuelven a escuchar más a esas dos que a nosotras? —preguntó Ahinoa, insegura. —Entonces sabremos que no valía la pena luchar —respondió Alejandra con un nudo en la garganta. Esa tarde, cuando finalmente se reencontraron con ellos en el parque del puerto, el ambiente estaba cargado de emociones. Los cuatro se miraron con una mezcla de amor y rabia contenida. —¿Por qué no me lo dijiste tú? —fue lo primero que soltó Arturo, su voz quebrada, dirigiéndose a Ahinoa. —Porque sabía que ibas a reaccionar como reaccionaste —replicó ella, con los ojos húmedos—. ¿Crees que es fácil tener a dos tipos siguiéndome con la mirada toda la noche y encima temer que tú dudes de mí? Enrique se giró hacia Alejandra, con la misma desesperación. —Yo necesito saber qué pasa para protegerte, Ale. No puedo quedarme a ciegas mientras esos gemelos te rodean. Alejandra, con la barbilla en alto, le respondió: —No necesito que me protejas como si fuera débil. Solo necesito que confíes en mí. Y ayer… no lo hiciste. El silencio se rompió apenas con el murmullo de las olas del puerto. El dolor en los ojos de los cuatro era tan evidente que cualquiera que los viera sabría que ahí había algo mucho más fuerte que un simple enamoramiento. —Victoria y Nicole… —murmuró Alejandra de pronto mirando a ambos chicos mientras se ubicaba al lado de su gemela —. Ellas quieren lo que ustedes representan, y no dudo que sigan buscando la forma de separarnos. Si ustedes no saben dónde poner los límites, esto va a ser imposible. Arturo y Enrique se miraron. Era un golpe bajo, pero verdadero. Lo que estaba en juego no era solo el amor: era la confianza, la lealtad, la capacidad de elegir de qué lado estaban. Y esa tarde, bajo ese cielo gris de Toronto, todos entendieron que la verdadera batalla apenas comenzaba
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