El sol de Toronto se filtraba por las ventanas de la casa, tiñendo las paredes con una claridad que parecía burlarse de la confusión que reinaba en los corazones de Alejandra y Ahinoa. La discusión con Arturo y Enrique la noche anterior había dejado un rastro de silencios y preguntas sin respuestas.
En la tarde ese mismo día, en diferentes momentos, las dos rivales habían jugado sus cartas con una sutileza venenosa.
El juego de Nicole
Arturo caminaba por los pasillos de la universidad, cargando unos libros, cuando escuchó la inconfundible voz de Nicole.
—Vaya, siempre tan serio, Arturo —dijo ella, apareciendo a su lado con una sonrisa ladeada. Llevaba un vestido demasiado ajustado para una mañana de clases, y su perfume envolvía el aire con una intensidad calculada.
Arturo frunció el ceño, incómodo, y apretó más fuerte los libros contra su pecho.
—Estoy ocupado, Nicole
—Siempre lo estás —respondió ella con un dejo de risa, inclinándose apenas lo suficiente como para que su hombro rozara el de él—. ¿Nunca vas a tomarte un respiro? Digo… alguien como tú merece distraerse de vez en cuando.
Arturo se detuvo en seco, giró para mirarla con firmeza.
—No me interesa.
Ella fingió sorpresa, pero en el fondo sonrió. Le fascinaba ese carácter duro, porque sabía que detrás había grietas que, si sabía presionar, terminarían rompiéndose.
—No tienes que ponerte tan a la defensiva —susurró ella, inclinándose un poco hacia su oído—. Aunque si me lo preguntas, creo que te vendría bien alguien que sepa escucharte… de verdad.
Arturo retrocedió, clavando la mirada en ella con desagrado. Pero antes de irse, Nicole lanzó la última estocada:
—¿O acaso Ahinoa ya no es tan buena para eso?
El corazón de Arturo dio un salto. No contestó, pero esas palabras quedaron grabadas como una herida.
La provocación de Victoria
Enrique, por su parte, había salido a la cancha de fútbol para entrenar un rato. Le gustaba despejar su mente con el deporte, aunque esa mañana apenas podía concentrarse. El recuerdo de Alejandra riendo, rodeada de los gemelos alemanes en la fiesta, seguía punzando en lo más hondo de su orgullo.
Fue entonces cuando Victoria apareció en las gradas, como si hubiera sabido exactamente dónde encontrarlo.
—No sabía que además de rebelde y problemático eras también un atleta —dijo con sarcasmo, pero sus ojos brillaban de un modo diferente.
Enrique arqueó una ceja, sin detenerse de correr.
—¿Vienes a burlarte o a perder el tiempo?
—Quizá a las dos cosas —respondió ella, bajando lentamente las escaleras hasta quedar al nivel de la cancha. Llevaba un short que dejaba poco a la imaginación y un top que parecía diseñado para llamar la atención.
Enrique respiró hondo, tratando de no dejarse arrastrar. Pero Victoria avanzó un poco más, hasta quedar justo frente a él.
—¿Sabes? —murmuró, recorriéndolo con la mirada—. No entiendo cómo Alejandra puede tenerte tan seguro. Hombres como tú no deberían pertenecer a una sola chica.
Enrique frunció el ceño.
—No vuelvas a decir eso.
Ella rió suavemente, inclinando la cabeza hacia un lado.
—Lo digo porque es verdad. Tú no eres de los que se atan… y menos a alguien que ni siquiera te entiende como yo podría hacerlo.
Enrique dio un paso hacia atrás, tenso, pero Victoria no se movió.
—Piensa en la fiesta, Enrique. Alejandra parecía disfrutar mucho la compañía de esos gemelos. ¿Y si estás arriesgando demasiado por alguien que, en el fondo, ya mira hacia otro lado?
Las palabras quedaron flotando en el aire, crueles, certeras. Enrique no contestó, pero su mandíbula se tensó con fuerza.
Las sospechas de las gemelas
Esa tarde, Alejandra y Ahinoa caminaron por los pasillos de la biblioteca de la universidad, todavía sintiendo el frío que les había dejado la discusión con los chicos. Se notaba en sus miradas que algo no encajaba.
—¿No te parece raro que ellos se enteraran por Victoria y Nicole? —preguntó Alejandra en voz baja.
—Claro que es raro. Y más raro todavía es que no nos lo hayan dicho directamente, sino que nos enteramos después —contestó Ahinoa, con un dejo de enojo.
Ambas sabían lo que eso significaba: Victoria y Nicole estaban rondando demasiado cerca.
El pensamiento las inquietaba, pero también despertaba un sentimiento nuevo, una chispa de celos que no estaban acostumbradas a sentir.
El plan en las sombras
Mientras tanto, Victoria y Nicole se reunían en un café cercano, compartiendo sonrisas cómplices.
—¿Viste cómo reaccionó Arturo? —preguntó Nicole, removiendo su bebida con calma—. Solo tuve que mencionarle a Ahinoa y se quedó helado.
Victoria sonrió de lado.
—Enrique tampoco es de piedra. Le recordé lo mucho que Alejandra disfrutó de la compañía de los gemelos, y aunque intentó disimular, sé que lo lastimó.
—Perfecto —dijo Nicole, levantando la taza como si brindara—. Solo es cuestión de tiempo antes de que esas gemelas se den cuenta de que no pueden confiar plenamente en ellos.
Ambas rieron suavemente, sin saber que desde otra mesa, alguien las observaba con atención. Un chico desconocido, con los ojos fijos en ellas, como si escuchara cada palabra.