Celos envenenados

1086 Words
El lunes parecía comenzar como cualquier otro en la universidad, pero en realidad, cada paso que daban Alejandra y Ahinoa estaba marcado por una tensión invisible. La discusión anterior aún pesaba en el ambiente, y aunque habían intentado sonreír durante el desayuno, cada sonrisa se sentía rota. Lo que no sabían era que ese día pondría a prueba la resistencia de sus relaciones más que nunca. Miradas peligrosas Leif y Lukas estaban en la entrada del campus, como si hubiesen planeado esperarlas. Con su aire europeo, su seguridad desbordante y esa manera calculada de hablar, atraían miradas por donde pasaban. Y, por supuesto, no perdieron la oportunidad de acercarse a las gemelas. —Vaya, si no son nuestras estrellas de la fiesta —dijo Leif, guiñándole un ojo a Alejandra. Lukas, en cambio, inclinó la cabeza hacia Ahinoa, con una sonrisa que parecía estudiada—. Espero que hayan descansado después de tanto bailar. Aunque, si quieres, podríamos repetirlo hoy mismo. Las gemelas se miraron entre sí, incómodas. Alejandra forzó una sonrisa. —Gracias, pero tenemos cosas que hacer. Ahinoa fue más directa. —No deberíamos estar aquí hablando. No queremos problemas. Los gemelos rieron, como si la resistencia fuera un juego. Y aunque Alejandra y Ahinoa se alejaron, lo que no notaron fue que Enrique había presenciado la escena desde lejos, con el ceño fruncido, los puños cerrados y una oleada de celos creciendo dentro de él. En otro rincón, Arturo también había visto lo suficiente como para que la furia le ardiera bajo la piel. La herida invisible Cuando las clases terminaron, Enrique interceptó a Alejandra en el pasillo. Su tono fue más duro de lo que pretendía. —¿Qué tanto buscaban Leif y Lukas contigo y tu hermana? Alejandra lo miró con sorpresa y molestia. —Nada. Solo fueron comentarios tontos. —¿Comentarios tontos? —repitió Enrique, elevando la voz—. Porque desde aquí parecía que lo disfrutabas bastante. La herida fue inmediata. Los ojos de Alejandra se llenaron de dolor y rabia. —¿De verdad piensas eso de mí? ¿Después de todo lo que hemos pasado? Enrique tragó saliva, sintiendo la culpa apretarle la garganta, pero el orgullo pudo más. —Solo digo lo que vi. Alejandra no respondió. Dio media vuelta y se marchó, dejando a Enrique con un vacío enorme que él mismo había creado. En otra parte del campus, algo similar ocurría con Arturo y Ahinoa. —¿Hasta cuándo vas a dejar que Lukas juegue contigo? —soltó Arturo, incapaz de contenerse. Ahinoa lo miró con incredulidad. —¿Qué estás diciendo? ¡Yo no le he dado motivos! —Entonces, ¿por qué sigue buscándote? ¿Por qué sonríes cada vez que te habla? La indignación encendió las mejillas de Ahinoa. —¿Estás celoso de algo que no existe? Arturo, tú deberías conocerme mejor que nadie. —Eso creía —murmuró él, dándole la espalda. Veneno disfrazado Como si la tensión no fuera suficiente, Victoria y Nicole aparecieron en el momento perfecto para añadir sal a la herida. Victoria se acercó a Enrique con gesto compasivo, tocándole el brazo apenas con la punta de los dedos. —No te culpes tanto, Enrique. A veces las chicas como Alejandra disfrutan de que las persigan… aunque no lo admitan. Enrique la apartó de un movimiento brusco, pero las palabras ya habían hecho eco en su mente. Nicole, mientras tanto, encontró a Arturo en los jardines. Se sentó a su lado en el banco, cruzando las piernas de manera provocativa. —No deberías gastar tanta energía con Ahinoa. Las chicas así solo buscan atención. —No hables de ella —respondió él con un hilo de voz, pero la rabia interna se mezclaba con la duda. Nicole sonrió satisfecha. —Solo digo la verdad. Tú mereces a alguien que no tenga a otros hombres rondándola cada vez que das la espalda. Dudas y silencios Esa noche, las gemelas estaban juntas en su habitación, tratando de consolarse mutuamente. —No puedo creer que Enrique piense que yo lo disfruto —dijo Alejandra, con lágrimas que no lograba contener—. Es como si no confiara en mí. Ahinoa suspiró, dejándose caer en la cama. —Arturo me dijo lo mismo. Como si mi sonrisa fuera un delito. Ambas guardaron silencio. La sombra de Victoria y Nicole flotaba sobre ellas, junto con el recuerdo de los gemelos alemanes. Todo estaba torciéndose, y lo peor era que no sabían cómo recuperar la confianza de los chicos. La grieta en el corazón Mientras tanto, Arturo y Enrique se encontraban en lugares distintos, pero sintiendo lo mismo: el peso del orgullo y el dolor de imaginar que podían perder a las chicas que amaban. Enrique apretaba el volante de su moto, recordando las palabras de Victoria. Una parte de él sabía que Alejandra no era así, pero otra, herida por los celos, le gritaba lo contrario. Arturo, en su habitación, golpeaba el saco de boxeo con furia contenida. La imagen de Lukas riendo con Ahinoa lo perseguía como una pesadilla. Y las palabras de Nicole se repetían en su mente, una y otra vez. Ambos sentían la misma duda: ¿y si, en el fondo, estaban perdiendo a las gemelas? Mientras tanto en el dormitorio de las gemelas: —Claro que es raro. Y más raro todavía es que no nos lo hayan dicho directamente, sino que nos enteramos después —contestó Ahinoa, con un dejo de enojo. Ambas sabían lo que eso significaba: Victoria y Nicole estaban rondando demasiado cerca. El pensamiento las inquietaba, pero también despertaba un sentimiento nuevo, una chispa de celos que no estaban acostumbradas a sentir. El plan en las sombras: Mientras tanto, Victoria y Nicole se reunían en un café cercano, compartiendo sonrisas cómplices. —¿Viste cómo reaccionó Arturo? —preguntó Nicole, removiendo su bebida con calma—. Solo tuve que mencionarle a Ahinoa y se quedó helado. Victoria sonrió de lado. —Enrique tampoco es de piedra. Le recordé lo mucho que Alejandra disfrutó de la compañía de los gemelos, y aunque intentó disimular, sé que lo lastimó. —Perfecto —dijo Nicole, levantando la taza como si brindara—. Solo es cuestión de tiempo antes de que esas gemelas se den cuenta de que no pueden confiar plenamente en ellos. Ambas rieron suavemente, sin saber que desde otra mesa, alguien las observaba con atención. Un chico desconocido, con los ojos fijos en ellas, como si escuchara cada palabra
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