Toronto amaneció con una extraña calma aquella mañana, como si el viento contuviera la respiración ante lo que estaba por llegar.
Nadie lo notó al principio. Solo los que sabían leer entre líneas comprendieron el cambio: el silencio de algunos barrios, el cierre repentino de ciertos negocios, la forma en que hasta los más peligrosos bajaban la mirada. No era paranoia. Era respeto. O miedo.
Los Von Heller habían llegado.
La familia más temida de la mafia alemana. Ricos hasta el escándalo, impecables en sus formas y despiadados en sus negocios. Su influencia no solo se extendía por Europa, sino que ahora, por razones que muchos temían preguntar, habían puesto los ojos en Canadá.
Y con ellos, venían sus herederos: los gemelos Leif y Lukas Von Heller.
—Dicen que no sonríen nunca —susurró una estudiante en la cafetería del colegio—. Que uno de ellos mató a alguien con una pluma estilográfica… por arrugarle la camisa.
—Cuentos —respondió otra, aunque no sonaba muy convencida.
Pero cuando los vieron caminar por el pasillo principal, la realidad superó a cualquier mito.
Vestidos con trajes oscuros a medida, camisas abiertas dejando ver apenas el cuello fuerte y elegante, caminaban como si el mundo les perteneciera. Altos, de hombros anchos, piel clara como la porcelana nórdica y cabello rubio perfectamente peinado. Pero lo que realmente paralizaba eran sus ojos: plomos, fríos, metálicos, con un brillo inteligente y letal. Uno tenía una pequeña cicatriz en la ceja izquierda, que no restaba belleza sino que aumentaba su mística.
Leif, el mayor por minutos, tenía una expresión analítica, de mente calculadora. Lukas, más emocional, poseía una sonrisa traviesa apenas perceptible, peligrosa como la de un depredador antes del ataque.
El director los presentó con voz temblorosa. Venían por un programa especial de intercambio internacional... O eso decía el papel.
Pero todos sabían que su llegada no era coincidencia.
En la entrada de la escuela, el sol de media mañana bañaba las escaleras. Ahinoa y Alejandra acababan de bajar del auto de su tía, riendo por algo que habían comentado Arturo y Enrique antes de bajarse. Ambas llevaban chaquetas negras que contrastaban con sus cabellos sueltos, largos, negros como la noche, y sus ojos miel brillaban bajo la luz. Caminaban sincronizadas, sin proponérselo, con esa armonía natural que solo las almas gemelas poseen.
Fue entonces cuando sucedió.
Desde la terraza del segundo piso, Leif y Lukas hablaron entre ellos en alemán. Un comentario rápido, como un disparo. Leif bajó primero la vista. Lukas lo siguió.
Y ahí estaban ellas.
—¿Las ves? —murmuró Lukas, entre asombrado y… fascinado.
Leif asintió. Por primera vez en mucho tiempo, el silencio entre ellos no fue por cálculo. Fue por impacto.
—Parecen sacadas de otro mundo —agregó Leif.
No sabían sus nombres. No sabían su historia. Solo sabían que no podían dejar de mirarlas.
Cuando se encontraron de frente por primera vez fue como si el mundo se ralentizara.
El azar —o el destino— los cruzó en el patio central del colegio. Leif chocó levemente con Alejandra. Ella lo miró, sin saber si disculparse o quedarse paralizada por lo que veía. El aire se hizo espeso.
—Perdón —dijo ella, sin poder evitar sonrojarse.
Leif no respondió enseguida. Observó sus ojos como si buscara algo que solo él pudiera ver. Luego, con una voz profunda y suave, respondió:
—No fue tu culpa. Quizá era necesario.
Alejandra lo miró, sin entender del todo, pero sin poder apartar la vista.
Ahinoa, mientras tanto, sintió una mirada clavarse en su espalda. Al girarse, se encontró con Lukas. Él le guiñó un ojo con una sonrisa peligrosa y encantadora.
—¿Sabías que las estrellas más brillantes suelen extinguirse rápido? —le dijo, como si eso explicara algo.
Ahinoa frunció el ceño, divertida y confundida.
—¿Y tú siempre saludas así?
—Solo cuando la belleza me deja sin opciones —respondió Lukas sin pestañear.
Ambas chicas se alejaron, aún procesando lo que acababa de pasar, sin notar que Arturo y Enrique, desde la distancia, lo habían visto todo.
Enrique fue el primero en apretar los puños. Arturo, con el rostro rígido, no dijo una palabra, pero su mandíbula tensada lo decía todo.
—¿Quiénes son esos idiotas? —soltó Enrique.
—Von Heller —escupió Arturo, sin apartar la vista de Lukas—. Y si están aquí... algo grande se viene.
—Se están metiendo con las personas equivocadas.
—No —corrigió Arturo con voz baja, contenida—. Se están metiendo con nuestras chicas.
Esa noche, en una oscura mansión al borde del lago, los gemelos Von Heller se reunían con su padre, Magnus Von Heller, un hombre con el porte de un general prusiano y la mirada de un lobo herido.
—¿Ya las vieron? —preguntó sin rodeos.
—Sí —respondieron al unísono.
—¿Qué piensan?
—Que no tienen idea en qué peligro están —dijo Leif.
—Pero lo sabrán pronto —agregó Lukas, con esa sonrisa torcida.
Magnus sonrió. No por ternura. Por estrategia.
—Entonces úsenlas.
Leif y Lukas se miraron. Por primera vez, la orden no fue recibida con entusiasmo. Algo dentro de ellos dudaba.
—¿Y si no queremos usarlas? —preguntó Lukas.
—Entonces mejor asegúrense de que nadie más lo haga antes —dijo su padre, y se dio la vuelta.
Pero esa noche, al recostarse en sus camas, ni Alejandra ni Ahinoa podían dormir. Las imágenes de esos ojos grises, de esas miradas cargadas de un fuego extraño, daban vueltas en sus pensamientos.
Y sin saberlo, estaban a punto de verse envueltas en un juego mucho más peligroso del que jamás imaginaron… donde el amor, la lealtad y la verdad tendrían que sobrevivir entre lazos de sangre, secretos... y fuego cruzado.