El cielo de Toronto estaba cubierto de nubes, como si presintiera la tormenta que se avecinaba. En el mirador, la ciudad entera parecía muy lejos de lo que estaba a punto de ocurrir. El viento jugaba con las hojas, arrastrando recuerdos, susurros… y secretos.
Ahinoa y Alejandra llegaron juntas. Enrique las esperaba con la espalda apoyada en la baranda, mirando las luces en silencio. Parecía calmado, pero en sus ojos verdes brillaba una inquietud contenida. Apenas se giró al escuchar sus pasos.
—Llegaron —dijo con tono neutro.
—Necesitamos hablar —dijo Alejandra con firmeza, aunque su voz tembló ligeramente.
Pero antes de que Enrique respondiera, la figura de Arturo emergió entre las sombras del sendero. Su presencia transformó el aire en electricidad pura.
—Perfecto —dijo él, caminando hacia ellos—. Justo lo que yo también necesitaba.
Enrique lo miró de arriba abajo, sin esfuerzo por disimular su desdén.
—¿Vienes a marcar territorio como un perro, Rossi?
—Vengo a decirte que te alejes de ellas —soltó Arturo, sin rodeos.
—¿Y quién eres tú para decirme eso?
—Alguien que ha estado a su lado toda la vida. Alguien que sí se preocupa por su seguridad. No como tú, que juegas a ser normal mientras escondes la verdad.
Las palabras flotaron como cuchillos.
Alejandra frunció el ceño.
—¿Qué está pasando?
Arturo ignoró su pregunta, dando un paso más hacia Enrique.
—Sabes perfectamente que este juego se acabó. Tus padres… los míos… Si descubren que tú y yo estamos cerca de ellas, esto termina en sangre.
—¿Y qué propones, Arturo? ¿Que desaparezcamos? ¿Que las dejemos sin explicación como sus padres? —espetó Enrique.
El rostro de Ahinoa se tensó.
—¿Qué sabes de nuestros padres?
Ambos chicos se quedaron en silencio. Demasiado.
Fue entonces cuando Arturo lanzó el primer empujón. Enrique apenas se tambaleó, pero reaccionó con furia.
—¡No me toques! —gritó, empujándolo de vuelta.
—¡Basta! —gritó Alejandra.
—¡Deténganse! —chilló Ahinoa, interponiéndose entre los dos.
Los puños quedaron en el aire. El aliento agitado. Los ojos encendidos por rabia… y miedo.
—¿Van a matarse aquí mismo? —soltó Ahinoa, temblando.
—¡Si seguimos así, alguien va a salir herido! —agregó Alejandra, con lágrimas en los ojos.
Los chicos bajaron lentamente los brazos. La tensión no se fue, pero la batalla quedó suspendida. Las gemelas respiraban agitadas, paralizadas entre el amor y la incredulidad.
—Los dos —dijo Alejandra con fuerza—, van a hablar. Y van a hacerlo ahora. Cada uno… con nosotras. Separados.
Silencio. Miradas cruzadas. Finalmente, Arturo asintió.
—Está bien.
—Sí —dijo Enrique, sin apartar la mirada de Alejandra.
Entonces se separaron. Ahinoa caminó con Arturo hacia los bancos de madera al borde del sendero. Alejandra y Enrique se quedaron junto al mirador.
*Con Ahinoa y Arturo*
Ahinoa cruzó los brazos.
—¿Quién eres realmente, Arturo?
Él tragó saliva. Sus ojos azules parecían más opacos que nunca.
—Soy Arturo Rossi… hijo de Leonardo Rossi, capo de una de las familias más poderosas y peligrosas de la mafia italiana. Y aunque siempre intenté escapar de ese mundo, nunca me dejaron.
Ella retrocedió.
—¿Y tú y Enrique son… enemigos?
—Desde niños. Su familia, los Mancini, son rivales históricos. Ríos de sangre nos separan. Pero luego aparecieron ustedes… y todo cambió.
Ahinoa lo miró fijamente, herida.
—¿Y nunca pensaste decirme? ¿A mí? ¡Yo confiaba en ti, Arturo!
Él se acercó.
—Y yo te amo, Ahinoa. No sabes cuántas veces quise decirlo. Pero temía arrastrarte a esto… a lo mismo que se llevó a tus padres.
Su voz se quebró.
—¿Mis padres… están muertos?
—No lo sabemos. Lo que sí sé es que estaban cerca de descubrir algo. Algo entre los Rossi y los Mancini. Desaparecieron justo después de una reunión secreta donde se cruzaron intereses. Mis padres fueron parte de eso.
Las lágrimas resbalaron por las mejillas de Ahinoa.
—¿Entonces tú sabías algo… y aún así te quedaste cerca?
—Sí, porque prefería morir antes que dejarlas solas otra vez.
Ella temblaba.
—¿Y qué haremos ahora?
—Protegerte. Aunque eso signifique enfrentar a mi propia familia.
*Con Alejandra y Enrique*
Alejandra miraba a Enrique como si no lo conociera.
—¿Quién eres?
Él bajó la mirada.
—Enrique Mancini. Hijo de Vittorio Mancini. La otra mitad de la guerra.
Ella soltó un suspiro ahogado.
—¿Y mi corazón? ¿También es parte del juego?
Él alzó la vista, dolido.
—No. Tu corazón… fue mi única verdad desde que llegué.
—¿Y si se enteran? —preguntó ella, desesperada.
—Entonces me matarán. Pero antes me aseguraré de que tú vivas.
Ella quiso golpearlo, abrazarlo, gritarle y besarlo todo a la vez.
—No puedes protegerme si me mientes.
—No te mentí. Solo omití… porque no sabía cómo mirar tus ojos y decirte que el chico que amas es hijo del enemigo de tus padres.
Alejandra apretó los dientes.
—¿Crees que eso va a detenerme?
—¿Qué?
—Ya te amo, Enrique. Aunque no debería. Aunque mi alma tiemble de miedo… no voy a perder otra persona importante en mi vida.
Él la abrazó. Por primera vez, sin máscaras.
Las gemelas se reencontraron minutos después. Los ojos enrojecidos, las almas agitadas.
Y las decisiones tomadas.
Enrique y Arturo, uno al lado del otro, por primera vez no como rivales… sino como posibles aliados frente a un enemigo común: su pasado.
Y lo que sea que se escondía tras la desaparición de los padres de Alejandra y Ahinoa… empezaba a salir a la luz.