Alejandra caminaba con paso firme por el pasillo principal del instituto, pero por dentro estaba hecha un mar de fuego. Las palabras de la carta aún ardían en su cabeza:
> “Recuerda que tu hija mayor… vio más de lo que crees. La sangre se paga con silencio.”
Hacía solo unas horas que había leído aquel fragmento escondido en la caja de su padre, y ahora no podía dejar de pensar en una sola cosa:
El apellido Mancini. El mismo que el de Enrique.
Lo encontró sentado en una de las mesas del jardín, con su chaqueta de cuero y los audífonos colgando del cuello como siempre. Estaba escribiendo algo en su cuaderno de italiano, pero en cuanto la vio acercarse, su expresión cambió. Su sonrisa habitual se desvaneció.
—Alejandra —saludó, dejando el bolígrafo a un lado—. ¿Todo bien?
Ella se cruzó de brazos. —Necesito hablar contigo. Ahora.
Él la miró con atención. Sabía que algo no iba bien. Alejandra nunca usaba ese tono con él. Se puso de pie sin protestar.
—Vamos a un lugar más tranquilo —dijo.
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Caminaron hasta el invernadero abandonado detrás de la escuela, un rincón olvidado donde nadie se atrevía a entrar, excepto los que necesitaban privacidad.
Alejandra se volvió hacia él apenas cruzaron la puerta.
—¿Cuál es tu verdadero apellido?
Enrique la miró, sin responder de inmediato.
—¿Por qué lo preguntas?
—Responde.
Tragó saliva. —Mancini. Mi apellido es Mancini por parte de madre.
Ella asintió lentamente. —¿Y qué sabes de un hombre llamado L. Mancini?
Enrique palideció.
—¿Dónde escuchaste ese nombre?
Alejandra sacó de su mochila una copia de la carta. No le mostró el original. Aún no confiaba en él del todo. Enrique la leyó, sus ojos verdes temblaban mientras cada línea pasaba frente a ellos.
—¿Tú la encontraste?
—En una caja escondida por mi padre. Una carta enviada por alguien que, aparentemente, tenía contacto con él antes de que desaparecieran.
—¿Desaparecieran?
—Sí —dijo con dureza—. Mis padres desaparecieron cuando tenía diez años. Nadie sabe qué les pasó. Ni cuerpos. Ni rastros. Solo una casa silenciosa, un cuarto revuelto y esta carta… que claramente amenaza con matarlos si hablaban.
Enrique cerró los ojos, se pasó una mano por el rostro.
—Yo no sabía…
—¿No sabías qué? —lo interrumpió—. ¿Que tu familia estaba relacionada con el mío? ¿Que tu madre o tu tío, o quien demonios sea ese "L. Mancini", tenía algo que ver con la muerte o desaparición de mis padres?
—¡No fue así! —explotó Enrique—. ¡Alejandra, escúchame! Mi familia… no todo lo que hacen es violencia. Hay códigos, secretos, pactos. Y yo no elegí nacer ahí. ¡He intentado escapar de eso toda mi vida!
—¿Y por qué no me lo dijiste desde el principio?
Enrique bajó la mirada.
—Porque me enamoré de ti antes de poder explicarlo. Porque cuando te conocí no eras una pieza del rompecabezas, Alejandra. Eras… la única parte real.
Ella lo miró, con dolor en los ojos.
—¿Qué sabes sobre mis padres, Enrique?
Él dudó.
—Sé que tu padre estuvo cerca de revelar información peligrosa. Que intentó contactar con periodistas, con embajadas… con alguien. No sé qué información tenía, pero sí sé que mi familia no fue la única interesada en silenciarlo. Había otros. Peores. Hombres que no siguen reglas. Que matan sin preguntar.
—¿Estás diciendo que tú los conoces?
—Estoy diciendo que esos hombres aún están activos. Y si alguien descubre que tú, su hija, has empezado a investigar… podrían regresar.
Alejandra sintió un escalofrío.
—¿Por eso estás aquí? ¿Para vigilarme?
Enrique negó con la cabeza. Dio un paso hacia ella, pero ella se echó atrás.
—¡Estoy aquí porque te elegí! —exclamó—. Porque me escapé de todo eso al venir a Toronto. Porque quería vivir algo real. Pero ahora entiendo que nuestros destinos ya estaban cruzados desde antes de conocernos.
Alejandra lo observó con lágrimas contenidas. Quería creerle. Lo odiaba por no decirle la verdad. Y aún así, su corazón latía con fuerza solo al oír su voz.
—¿Y qué se supone que debo hacer ahora, Enrique? ¿Ignorar todo esto? ¿Callarme? ¿Actuar como si no supiera que el chico que me gusta es hijo de una familia que pudo haber tenido algo que ver con la desaparición de los míos?
—No —dijo él, mirándola fijamente—. Se supone que ahora debes decidir en quién confiar. Porque lo que viene después no será fácil. Y si eliges quedarte sola, estos secretos te van a tragar entera.
Un largo silencio llenó el invernadero.
—No me pidas que confíe ciegamente —dijo Alejandra al fin—. Pero tampoco me voy a rendir hasta saber la verdad.
—Entonces deja que te ayude.
Ella lo miró… y por primera vez, vio en sus ojos la misma oscuridad que había soñado tantas veces. Pero también una luz distinta. Una que tal vez… no estaba allí por casualidad.
—Tendrás que demostrar que estás de mi lado, Mancini —murmuró—. Porque si no lo estás… serás mi enemigo también.
En el auto n***o que esperaba fuera del instituto, un hombre apagó discretamente el dispositivo de escucha escondido bajo el asiento del invernadero.
—La niña ya sabe. La Mancini ha fallado.
Marcó un número.
—Activen el plan B. Ya no hay vuelta atrás.