Alejandra despertó de golpe, empapada en sudor. Sus ojos buscaron desesperadamente la luz de su lámpara, como si la oscuridad del cuarto fuese la continuación de la pesadilla.
Ahinoa entró segundos después, sin siquiera preguntar.
—¿Otra vez?
Alejandra asintió. Su respiración aún era agitada, como si hubiese corrido una maratón.
—Esta vez fue más claro… —dijo con la voz quebrada—. Mamá gritaba. Papá la cubría con el cuerpo. Y luego… un sonido seco, como un disparo.
Ahinoa se estremeció. Se sentó junto a su hermana y tomó su mano.
—Hace años que no hablabas de eso.
—Porque me lo prohibí —susurró Alejandra—. Porque cada vez que lo intentaba, algo en mí decía que era peligroso recordar.
Se hizo un silencio pesado entre las dos.
—¿Crees que alguien los mató? —preguntó Ahinoa, como si las palabras quemaran.
—No lo sé. Pero cada vez estoy más segura de que no fue un accidente. Ni un robo. Ni una huida voluntaria.
—¿Entonces qué fue?
Alejandra levantó la mirada. Sus ojos miel temblaban.
—Algo… que alguien no quiere que recordemos.
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La tía Isabel era madrugadora por costumbre y por precaución. Cuando Alejandra y Ahinoa bajaron a desayunar esa mañana, ella ya estaba revisando papeles con su habitual taza de té.
—¿Tía? —dijo Alejandra con voz suave—. ¿Podemos hablar contigo?
Isabel levantó la vista, algo tensa.
—¿Pasa algo?
Ahinoa fue directa.
—Queremos saber más sobre lo que pasó con nuestros padres. La verdad. Toda.
El silencio que siguió fue insoportable. Isabel dejó la taza sobre la mesa con delicadeza, pero sus manos temblaban.
—No es tan sencillo —murmuró.
—Ya no somos niñas —insistió Alejandra—. Podemos soportarlo.
Isabel las miró como si por primera vez viera en ellas a mujeres, no a niñas que debía proteger. Suspiró profundamente y se levantó, caminando hacia un viejo archivador del comedor.
Sacó una caja de madera oscura con cerradura. Usó una pequeña llave que llevaba colgada al cuello. Dentro, había fotografías, documentos y una libreta vieja, desgastada en los bordes.
—Esto es todo lo que guardé. Lo que me atreví a conservar.
Colocó la caja sobre la mesa y se sentó frente a ellas.
—La noche en que desaparecieron, tus padres habían recibido amenazas —dijo Isabel, sin rodeos—. Yo lo sabía, pero ellas nunca llegaron a ustedes.
—¿Amenazas de quién? —preguntó Ahinoa, alarmada.
—De hombres que hablaban otro idioma… italiano, creo. Pero no solo eso. La última semana antes de desaparecer, tu padre se mostraba paranoico, revisando ventanas, haciendo llamadas a escondidas.
Alejandra sintió un escalofrío.
—¿Y nunca le dijo nada a la policía?
—No confiaba en ellos —respondió Isabel—. Y ahora entiendo por qué.
Abrió la libreta y les mostró una página escrita con tinta negra. Allí, el padre de las gemelas había anotado frases como: “contacto roto con Milano”, “Arturo desaparecido en Génova”, “clave: la niña recuerda”.
—¿La niña…? —murmuró Ahinoa.
—Eso eras tú, Ale —dijo Isabel en voz baja—. Siempre fuiste más perceptiva, más sensible. Tal vez viste algo. Tal vez escuchaste algo. Y tu padre… lo sabía.
El corazón de Alejandra comenzó a latir con fuerza. De pronto, sintió un recuerdo aflorar, una imagen que había estado guardada en lo más profundo de su mente.
—La caja de música —susurró—. Había una caja de música en la repisa de su cuarto. Siempre me decían que no la tocara.
—¿La recuerdas? —preguntó Isabel, con los ojos abiertos.
—Sí. Estaba tallada a mano, con un símbolo extraño en la tapa. Como un rombo cruzado por una línea curva. Y cuando la abrí… vi papeles. Fotografías. Mapas.
—¡Eso es! —dijo Isabel con un temblor en la voz—. Ese símbolo pertenece a una organización criminal que opera desde Europa. Nunca entendí cómo tus padres estaban ligados a eso. Pero cuando desaparecieron, la caja también lo hizo.
Ahinoa se llevó una mano al rostro, abrumada.
—Entonces… ¿estamos metidas en algo que comenzó mucho antes de que naciéramos?
—Sí —confirmó Isabel—. Y temo que esa historia aún no ha terminado.
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Esa noche, mientras Alejandra estaba en su habitación ordenando los papeles de la caja, encontró una vieja carta doblada con cuidado. Estaba dirigida a su padre. La firmaba un tal “L. Mancini”.
Leyó en voz alta:
> “Si decides hablar, sabes lo que pasará. Recuerda que tu hija mayor… vio más de lo que crees. La sangre se paga con silencio. Tu deuda no muere con el tiempo.”
Alejandra se quedó helada.
—¿Hija mayor? —murmuró.
Ahinoa entró en ese momento y se acercó.
—¿Qué tienes?
—Esta carta. Es de alguien llamado Mancini. ¿Lo has oído antes?
Ahinoa frunció el ceño.
—Enrique. Su apellido materno es Mancini.
Las hermanas se miraron con terror en los ojos. La conexión estaba ahí. Clara. Directa.
—Tenemos que hablar con él —dijo Ahinoa.
—No —replicó Alejandra con firmeza—. Primero vamos a descubrir qué saben ellos… y por qué han callado todo este tiempo.
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Muy lejos de allí, en una habitación oscura, Enrique hablaba por teléfono.
—Las niñas han empezado a recordar —dijo una voz masculina, áspera.
—¿Y qué quieres que haga? —preguntó Enrique, nervioso.
—Lo que viniste a hacer, hijo. Vigílalas. Protégelas… o elimínate del camino.
Enrique colgó, temblando. Su mirada se perdió en la noche de Toronto.
Y por primera vez… tuvo miedo