Ahinoa observaba desde la ventana del segundo piso mientras el atardecer teñía de naranja los tejados de Toronto. Su mente estaba lejos de allí. No pensaba en la tarea de historia ni en las clases de mañana. Pensaba en él.
Arturo.
El amigo de Alejandra. El chico que había estado en sus vidas desde hacía años, como una presencia tranquila pero constante. Siempre educado, siempre protector, siempre cercano... pero nunca con ella.
Al menos, no como ahora.
Desde que Enrique apareció y comenzó a llamar la atención de Alejandra, algo en Arturo cambió. No lo decía, pero se notaba. En su forma de mirarla a ella, Ahinoa. En esos momentos en los que parecía que iba a decir algo… y no lo hacía.
Ella también lo sentía. Una incomodidad dulce. Una tensión inexplicable.
Bajó las escaleras y se encontró con su tía Isabel colocando la mesa para cenar.
—Voy a salir un rato, ¿está bien? —preguntó Ahinoa mientras se ponía una chaqueta ligera.
—¿Sola?
—No. Arturo me dijo que pasaría por mí para caminar un poco. Solo… para despejar la mente.
Isabel la miró con curiosidad. —¿Desde cuándo tú y Arturo salen a caminar a solas?
Ahinoa sonrió de lado. —Desde hoy.
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Arturo la esperaba apoyado contra el farol de siempre. Tenía las manos en los bolsillos y la bufanda mal puesta, como si la hubiera colocado corriendo. Cuando la vio, sonrió de inmediato.
—Estás puntual. ¿Eso es un milagro o una señal de que algo anda mal?
—Ambas cosas —respondió Ahinoa con una leve risa mientras caminaban juntos por la acera.
Avanzaron en silencio unos minutos. El viento helado soplaba, pero no era incómodo. Era como una excusa para caminar más cerca, para que los brazos se rozaran sin querer.
—¿Te pasa algo? —preguntó él de repente, con la voz baja.
—No. ¿Por qué?
—No sé… te he sentido distinta últimamente. Silenciosa. Como si algo te comiera por dentro.
Ahinoa se detuvo. Miró hacia las luces lejanas de la ciudad.
—¿Tú también sientes que el mundo está a punto de cambiar, pero no sabes por qué?
—Todo el tiempo —respondió él sin dudarlo—. Desde que Enrique llegó. Desde que tú me miras distinto.
Ella lo miró sorprendida.
—¿Qué estás diciendo?
Arturo desvió la mirada por un segundo, pero luego se obligó a sostenerle la vista.
—Estoy diciendo que no puedo seguir pretendiendo que solo eres la hermana de Alejandra. Porque no lo eres. No para mí.
Ahinoa sintió que el corazón se le aceleraba. Nadie la había mirado así antes. Nadie había dicho su nombre con tanta intención. Y sin embargo, el miedo también estaba ahí, como una barrera invisible.
—No deberías decir eso, Arturo. Alejandra…
—Lo sé —interrumpió él—. No quiero lastimarla. Pero tampoco puedo mentirme. Llevo meses notándolo. Cómo me importas más de lo que debería. Cómo quiero verte reír. Cómo me enojo cuando alguien más te hace reír.
Ahinoa bajó la mirada, confundida, nerviosa, emocionada.
—¿Por qué ahora?
—Porque te estoy perdiendo. Porque Enrique apareció y tú brillas cuando estás con él. Y eso me hace sentir que llegué tarde.
Ella lo miró con una mezcla de ternura y rabia.
—No me estás perdiendo, Arturo. Pero tampoco puedes venir ahora, de repente, a decirme que me quieres. Como si eso no cambiara todo.
—Lo sé —repitió él—. Solo… dime que no estoy imaginando esto.
Ahinoa respiró hondo. Sentía que si daba un paso más, no habría vuelta atrás.
—No lo estás imaginando. Pero eso no significa que sea fácil.
Se quedaron en silencio. El viento volvió a soplar, más frío ahora. Arturo sacó su bufanda y, sin decir palabra, se la colocó alrededor del cuello a ella.
—Siempre olvidas abrigarte bien —murmuró.
—Y tú siempre estás ahí para recordármelo —respondió ella, con una sonrisa tímida.
Siguieron caminando. Esta vez, más cerca. Esta vez, con las manos rozándose a propósito.
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Al llegar a casa, Ahinoa subió a su habitación con el corazón agitado. Apenas cerró la puerta, Alejandra estaba sentada en su cama, esperándola.
—¿Saliste con Arturo? —preguntó, cruzada de brazos.
—Sí. ¿Y?
Alejandra la observó con detenimiento.
—¿Estás saliendo con él?
—No. Caminamos. Hablamos. Nada más.
—¿Nada más… por ahora?
Ahinoa alzó las cejas. —¿Qué pasa contigo?
—Arturo ha sido mi mejor amigo toda la vida. Nunca pensé en que podría fijarse en ti. Ni tú en él.
—¿Te molesta?
Alejandra no respondió al instante.
—Me sorprende. Me asusta. No porque no confíe en ti, sino porque… si las cosas salen mal, no sé si podré estar en medio de eso.
Ahinoa se acercó a ella. Se sentó a su lado.
—Yo tampoco quiero herirte. Pero no puedo evitar lo que siento. Y tampoco quiero esconderlo.
Alejandra suspiró, pero luego sonrió, apenas.
—Entonces más vale que ese tonto te cuide. O juro que le rompo la nariz.
Las dos rieron. Por un momento, el mundo pareció simple otra vez.
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Pero en otra parte de la ciudad, lejos de la calidez del hogar, un hombre abría un archivo con fotos recientes. En una de ellas, Arturo y Ahinoa caminaban juntos.
—Los hijos de nuestros enemigos están más cerca de lo que imaginamos —dijo con voz grave—. Y estos lazos... hay que romperlos antes de que se vuelvan irrompibles.