S2. Fruto prohibido

678 Words
Mis manos se movieron por su cuenta, liberando por fin la molestia de mis pantalones. La excitación y el calor carcomía toda mi piel. Mi piel estaba erizada hasta más no poder. La sangre de mis manos hacía que fuera mucho más fácil deslizarla con rapidez. Las palpitaciones se volvieron constantes, desatando junto a ella lo inevitable. Contemplé la combinación de la sangre con mi semen y jamás había encontrado algo tan estimulante. Nunca había sentido esta necesidad, esa hambre tan insoportable. Aún viendo el cuerpo inerte de mi madrastra, no podía borrar de mi mente lo que vi previamente. Había estado seguro hasta ese momento de que Estefanía era quien estaba ahí. A pesar de haberla visto en ese estado tan deplorable, en ese escenario tan sangriento y erótico, mis palpitaciones me tenían al borde de la locura. Solo podía imaginar la exquisitez de su cuerpo, bañado en ese rojo carmesí que tanto me provoca. Mordí mis labios instintivamente, sintiendo un escalofrío recorrer ligeramente mi cuerpo. Después de reponerme en todos los aspectos, decidí ir recogiendo el desastre. Pasé largas horas limpiando cada rincón del ático, separando la carne de sus huesos y dejando a un lado los órganos, para luego prepararlos y ocultar toda la evidencia en el patio del vecino. Ese es otro que me las va a pagar, pero tendrá que ser más adelante. Me arriesgué a entrar a su patio porque había caído la noche y no vi luces encendidas en la casa, por lo que asumí que debían estar durmiendo. Llevaba horas sin comer y lo único que había preparado era la carne, por lo que me serví de ella en un plato. Debo llevarle a Estefanía comida también, pero deberá ser cuando termine. Merezco este receso luego de haber pasado tanto trabajo. La textura esta vez era mucho más fácil de masticar y digerir. Ahora entiendo el por qué le llaman el fruto prohibido. Haberla condimentado la hizo más deliciosa. Al finalizar, le serví un plato a Estefanía, pero al de ella le añadí una ensalada con algunos vegetales y la adorne para que no se viera tan vacío. Subí a la habitación y le toqué la frente, pero no la siento con fiebre. Ella despertó al sentir mi mano y eché su cabello por detrás de su oreja. —No tienes fiebre. ¿Cómo te estás sintiendo? —Me siento bien — intentó sentarse y se quejó. —Sí. Bien adolorida… Se supone que estés comiendo líquidos, pero sé que debes tener mucha hambre. Tenemos que salir de aquí lo más pronto posible, por lo que necesito que comas algo mientras pienso a dónde nos iremos. Le ayudé a sentarse, poniendo una almohada en su herida para que ejerciera presión y la otra en sus piernas para que pudiera tener el plato accesible. La apariencia de la carne no es la misma. De hecho, no creo que se haya dado cuenta de lo que es, pues no vi en ella el más mínimo gesto de asco como el otro día. Me atrevería a decir que lo estaba disfrutando tanto como yo. La verdad es que quedó riquísima. Estoy impresionado de mis habilidades culinarias. Fui en busca de jugo en la cocina y regresé a la habitación. La dejé comer tranquilamente, solo la observaba maravillado por su manera de llevar el tenedor a la boca. Cuando terminó de comer, se tomó hasta la última gota de jugo. —¿Y Gloria? ¿Ya terminaste con ella? Reí por sus preguntas, al darme cuenta que ni siquiera lo sospechaba. —Sí. Ya terminé. —¿La tienes todavía en el ático? —No, bola. Está en un mejor lugar. —¿Tuviste tiempo de llevarla a otra parte? No podía dejar de reír por su inocencia. Es tan linda. —Está en un lugar donde nadie podrá encontrarla nunca. Adivina, adivinador — sonreí. Ella pareció captar lo que traté de decirle, pues miró el plato de reojo y llevó su mano a la boca. —¿No es eso increíble, mi amor?
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