No es poesía sino la horrible realidad Escondida en el baño de un bar, con el teléfono móvil que me temblaba en la mano, marqué un número. «Hola, agente Marziali, soy Misia Bianco, fue a verme al hospital hace unos días, ¿no se acuerda?» «Buenos días, señora, ¿cómo está?» Me temblaba la voz, tenía miedo de que Filippo me descubriese, tenía miedo de que continuase golpeándome. Estaba aterrorizada. «Dígame dónde está y llego enseguida, Misia» «Estoy en el bar en la esquina entre Via Roma y Via Cavour. ¡Dese prisa!» Salí del baño y ocupé una mesa al fondo del pequeño bar y me puse las gafas de sol. Los minutos que pasaron después de mi llamada fueron los más largos de mi existencia. En cuanto sentía sonar la campanilla encima de la puerta de entrada del local, volvía la mirada en aqu

