Ilusiones que el tiempo no borra Desde aquella noche, cuando Filippo estaba en casa, me sentía como un animal salvaje cerca de un cazador. No había dicho ni una palabra sobre el encuentro que había tenido en comisaría, pero cada vez estaba más sombrío, y las pocas veces que me miraba lo hacía con disgusto. La agente Marziali me había dicho que él se había defendido diciendo que yo era una mitomana, que inventaba a menudo historias, que le traicionaba, que tenía un amante, y había llevado como testigos a algunos de sus compañeros que lo habían descripto como una persona altruista y decente, que nunca habría podido cometer el delito del que era sospechoso. Mi palabra contra la de todo el mundo. La agente me había dicho que había pedido al juez una orden de alejamiento de casa para Filip

