Mi primera visita a la casa de Carlos Alberto

831 Words
Carlos Alberto me puso de pie, encendió una de las velas que el viento había apagado en el santuario de mi abuelo, la encerró para que la brisa no la apagase, acomodó un par de ramilletes de flores que estaban caídas, se persigno y tomándome de una mano, tal como un novio toma a su novia me condujo hasta su automóvil. Nunca antes había sentido tanta cercanía de su parte, pero se lo permití a cambio de todas las molestias que se estaba tomando para conmigo, además era Carlos Alberto, casi como mi primo. Mi abuelo le prodigio mucho cariño  y de todos los hombres del mundo, sé que él era diferente. No era un príncipe como de los que yo solía leer y buscar y tampoco el atrevido de la universidad, por el contrario debió ser como mi hermano, aunque… ¿no creó que por un hermano se sientan tantas cosas?Bueno, lo cierto del caso es que acepté su invitación. Él cocinaría para mí. Me prometió un filete de pollo a la plancha y ensalada cocina con papas al vapor y coliflor. Alegó que sería muy saludable para mí y además saciaría mi hambre producto del menú de hospital. —Si te dejo un día más mi hermana extiende una semana más tu hospitalización y con esos menú dietéticos de seguro vas a desaparecer. Quizá lo que deseaba la Carla Felicia era poder sacarte los rayos X con una vela— él se echó a reír y yo no lo pude evitar. Me hizo sentir muy bien. Su casa es más grande de lo que imaginé. Me pareció Absurdo que con lo apuesto que es, lo fornido, adinerado, hábil, inteligente y respetuoso que es , estuviese soltero.  A su edad debería estar casado, solía decir mi abuelo, y terminaba burlándose de él al estar esperando más de lo debido y de tanta espera seguro iba a perder el tren. En la ciudad de Antofagasta el sector privilegiado es el del sur. Jardines del Sur. Y es un sector tan hermoso como su nombre. Su propiedad estaba allí. Es una casa de fachada de piedras, rodeada por una barda ornamental, con rosas y girasoles. El piso de porcelanato daba la bienvenida y las paredes blancas daban amplitud al de por sí, al  vasto espacio.  Desde el momento en que entramos él me sujetaba de la cintura.  Fue cordial. Me hizo sentir cómoda, incluso me ofreció una habitación para descansar mientras preparaba los alimentos, gesto que me pareció abusivo de mi parte si lo aceptase. Así que me ofrecí a colaborar con cualquier cosa, aunque me dio vergüenza ser sincera y reconocer que en mis manos todo se quemaba. Lamentablemente soy una chica dependiente de Teresa. Y al verlo pelar y cortar los vegetales con tal destreza me hizo sentir envidia y querer hacerlo. —Quizá pueda ayudarte a cortar los vegetales— y me apresuré en mi ofrecimiento. Me lav´çe las manos en el lavaplatos y me sequé con una de los paños blanquecinos que colgaban de un perchero en forma de vaca junto a la dispensa , sobre la pared. Tomé el cuchillo y empecé a cortar a pesar de qué Carlos Alberto intentó impedírmelo. Me distraje, mirándome en sus ojos mientras exponía mis argumentos para ayudar cuando el filo del cuchillo rozó con mi dedo índice y el lacerante corte de mi piel me obligó a emitir un chillido. La sangre salió aprisa y en lo que menos prestó atención Carlos Alberto fue en los vegetales. Me sujeto la mano y trajo consigo un trozo de toallín que terminó estrujando sobre mi herida. El carmín es escandaloso y mi debilidad también. Para mi sorpresa él agarró mi dedo y lo metió en su boca chupando mi sangre. ¡Quise desmayarme! ¿Carlos Alberto tendrá complejo de vampiro? Y empalidecí al verme atrapada con su mirada. Su ceño estaba fruncido y su boca vociferaba mi desobediencia. —Siempre has sido tan desobediente niña, a veces creo que tu abuelo debió nalguearte alguna vez. Esas palabras me dejaron en shock, jamás imaginé que me las diría y mucho menos que me creyera una niña . ¿qué se ha creído ? ¡No soy una niña! Molesta con su gesto le arranque mi dedo y continué presionándolo con el toallín. De por sí , me pareció un abuso lo que había hecho. ¿Lamer y chupar mi herida? ¿Acaso no sabe la cantidad de microbios que subsisten en la boca? Esa era también la razón por la que evitaba a toda costa besar a alguien. Solo él se había tomado tal atrevimiento y desde entonces traté de olvidarlo. En silencio. Como todo en mi vida. Por mucha menta, eucalipto y desodorante bucal, los besos no era algo que aún podía idealizar y me costaba extraerlo de la ficción a la realidad. Para mentir acerca de ellos era muy buena, pero del dicho al hecho, realmente había mucho trecho.
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