Carlos Alberto despierta mis sensaciones

1102 Words
Como pude me alejé de a quien consideraba un caballero. Él se pasó la mano por la cabellera, respiró profundo para luego disculparse. —Traeré café molido. Te ayudará a trancar el flujo de sangre.  —No, espera, será mejor que me marche. No te preocupes. Puedo llamar un taxi. Te has tomado muchas molestias que no corresponden. —Intente zafarme de uno de sus brazos, pero él parecía arrepentido, me abrazó y me besó de nuevo , está vez en la frente. —No quiero que te vayas. Quiero comer contigo y si no puedes tomar el cubierto por tu herida, yo te ayudaré. —No sé por qué Carlos Alberto, pero me siento acosada. Una carcajada suya me contrarió. Luego se disculpó de nuevo y esta vez había hallado una bendita adhesiva que envolvió sobre un trozo de gasa. Miró mi dedo con esmero y me dio su alta. —Vamos a ver el pollo antes de que se carbonice a la plancha— por suerte olía exquisito, a laurel , a romero incluso a hierbabuena y me encantó. —A tu abuelo le gustaba que cocinase para él. Era todo un chef. —Sí, es una lástima que su nieta no lo heredase. —Quizá no lo has intentado. —No tengo tiempo para esas cosas y ahora que debo asumir los negocios junto con mi arte, no sé si pueda lograrlo. —Guardé silencio más para meditar un poco, que por el hilo de la conversación—Este año era muy importante para mí. Un viejo amigo me invitó a Santiago para la organización de uno de sus eventos. Me ofreció uno de sus departamentos. —¿Y por qué no te hospedas en uno de los de tu abuelo? —Será más fácil trabajar junto con él, además es una gran persona. Un gran amigo. —¿Amigo? —refunfuñó al lanzar los vegetales en trozos al caldero de agua caliente. —amigo ratón del queso. ¿No será que te gusta? —¿Gustarme? ¡no, cómo crees! Él y yo solo somos artistas. —Él sabe que estás de duelo y querrá darte Apoyo moral. Dormirás en su casa. Eso no le hubiese gustado a tu abuelo. —Por favor, ¿Qué dices? Mírame ahora, estoy en tu casa, a solas. —Pero yo no tocaría el pastel antes de la celebración…al menos que Lo entendí muy bien y eso me hizo ruborizarme; a tal punto que se burló de mí. Tomó mis mejillas y las apretó ambas. —Vamos, comamos. Rodeamos el mesón de la cocina cuando de repente sentí que me tomó de la cintura para elevarme en sus brazos sobre el mesón. Me pidió silencio y fue en busca de ambos platos de comida. —Dije que te ayudaría a comer. Estás herida, ahora yo te daré bocado a bocado. Me reí. Me pareció una locura, pero me causó diversión. Y lo deje. Carlos Alberto apoyaba sus codos en mis rodillas a veces, para tomar impulso y darme bocado a bocado la deliciosa comida que había preparado. Las papas al vapor llevaban cilantro y romero. Me encantó. Pero más me encantó cada vez que limpiaba el contorno de mis labios con su dedo. No sé porque recordé aquella ocasión en que lo lamì. Hoy él había hecho lo mismo conmigo y la tormenta de ideas locas y ocurrentes fomentadas por mi literatura rosa, me llevó a un estupor interno en el momento preciso en que su dedo pulgar acariciaba la comisura de mi boca. Cerré los ojos y me deje llevar. Está vez Carlos Alberto no me hizo a un lado, ni salió en carreras, por el contrarió prosiguió a tal punto que despertó en mí un deseo extraño por meter sus dedos en mi boca. Y él lo hizo. En silencio, aferrándose a mi cuello, el dorso de su mano me acariciaba. Instintivamente se acercó a mí, Separó mis piernas y él quedó prensado en ellas. Carlos Alberto me estaba haciendo sentir muy bien. Por un momento mi cuerpo se contorsionó cerca de su pecho y mis pezones brotaron como rosas en primavera sobre la tela de mi ropa. Él se dio cuenta de ello, porque deslizó el mismo pulgar que acariciaba mi boca sobre mi pecho y se atrevió a deshacerse de los primeros botones de capucha de mi camisa cuello en uve. Sus dedos se pasearon sobre la tela de mi brassier y yo sentí como se humedecía algo entre mis piernas, estaba temerosa, pero me sentía tan bien que no quería despertar, después de todo era él. Y no me haría daño. Sabía que él me miraba y yo podía escuchar la salivación espesa en su garganta. De repente se inclinó sobre mi pecho ahora desnudo, porque había desabrochado sus ataduras. Sentí el calor de su boca y me encantó. Era una hoguera fugaz que ardía desde adentro. Jamás imaginé a mis senos con los pezones tan erectos. Él los había despertado de su ensueño y no parecía desear detenerse porque los lamía y los succionaba de una manera tan explosiva, tan diferente a la literatura rosa. Abrí los ojos de par a par, ahogada e inmersa en sudor cuando su dedo índice se abrió paso entre mis piernas. ¡Había llegado tan lejos con su caricia! Que me sonrojé. Él se detuvo contemplándome, mientras yo buscaba recobrar la compostura. —No quiero que pase esto con tu amigo, ni con nadie. —murmuró triste y exhausto, como si le hubiese costado mucho detenerse. —¿Me acosté contigo Carlos Alberto? —indagué confundida. —No, solo jugamos con nuestras sensaciones, pero puedes hacerlo cuando quieras…Te estaré esperando. —¡Uy por Dios Carlos Alberto! Si mi abuelo estuviera vivo no lo habrías hecho. —Claro que sí. Solo que tu reputación de zorra … No lo soporté. Me sentí tan ofendida que lo bofeteé ante la sorpresa de ambos. —No soy ninguna zorra. Mi cuadro es la zorra de los cerezos. No yo. Aprisa me tomó en brazos y acercó su boca a la mía para susurrarme algo muy cerca de mis labios. —Lo sé. Y Por esa razón no quiero dejarte en las garras de cualquier imbécil. Sé cuán mentirosa y grácil eres y no siempre estaré cerca para tu rescate…Te llevaré de regreso. Descansarás y te doy tiempo para pensar en lo que hemos vivido hace un momento. Prometo continuar con el juego. Sé que te ha gustado. Y de nuevo me ruboricé a tal punto que mis orejas ardían como un tizón.  
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