Ambos comimos muy poco, sinceramente, comimos más de lo que debíamos. Carlos Alberto se pasó. ¡Sí!, en forma despectiva: ¡Se pasó! —él sirvió un recipiente de plástico para microondas con todo lo preparado, lo acomodó con una cuchara y lo tapó herméticamente. La presión de la tapa contra el recipiente hizo un sonido. Parpadeé y continué con mi cavilación, molesta conmigo misma.— Según “él”, no es de los que se come el pastel antes de tiempo y resultó que es, de los que le mete el dedo al pastel.¡¡Peor!! «¡Sí! ¡Imbécil! —Me reproché y golpeé a solas mi frente con la palma de mi mano como si pudiese borrar la estupidez con un golpe— ¡Soy una imbécil! ¿Cómo le permití llegar a tanto? ¡Y de paso me llama zorra! ¿¡A mí!?», moqueé y tuve que voltear la mirada fuera de mi portezuela. Una descarada lágrima rodó por el rabillo de uno de mis ojos y tuve que ingeniármela con una actuación de Hollywood para fingir un polvillo impertinente en mi ojo. Él debió darse cuenta. Su nivel de observación era a nivel de detective, pero como siempre, callado y frío se hizo el musiú concentrándose en el encendido del motor, cinturón de seguridad y en acomodar el espejo retrovisor lateral y finalmente el del centro. Me ignoró prácticamente. Y yo me sentí …mal.
¿Si me hubiese hecho suya, también se habría ido sin decir nada? —Me pregunté a mí misma con un dejo de decepción en mi rostro— ¡oh , por Dios!, Ahí si es verdad que me muero. No sería justo. Yo no soy una cualquiera… Mi abuelo solía hablarme muy bien de él, a tal punto que lo envidié, pero me di cuenta que estuvo equivocado. Carlos Alberto no es el caballero que dice ser. ¡Mierda, metió su mano en mis pantalones sin permiso!».
Como si me estuviese leyendo la mente y luego de unos minutos de recorridos a través de la Costanera por fin habló el mudo.
—Te pedí permiso para hacer lo que hice— murmuró y de un tirón fije la vista en él haciendo pucheros que denotasen mi desconcierto. Pasé mi mano por mi cabellera y la eché tras mis orejas. Las hebras rojizas lucían onduladas y ya estaba deseando alisarlas.
—¿Qué dices?¿A ti te falla el coco, verdad? Seguro son los números. Tanta Contabilidad enferma. Cuidado y terminas como el cuenta estrellas del Principito —hice ademán de remolino alrededor de mis orejas para ajustar mis palabras a lo que estaba pensando de él. Carlos Alberto solo se sonrió antes de lamer y mordisquear con esa seducción de película sus labios. De no haber vivido lo vivido hace unos minutos lo habría amado, pero no era así.
—Como hombre sé cuando subir un peldaño con mi chica.
—¿Tu chica?¡Faltaba más! Yo no soy tu chica… ¿olvidaste quién soy?
—Cálmate, Daniela. —Respiró hondo y sin dejar de prestar atención a la vía me preguntó si quería ser su chica, con todas las de la ley. «¡Mierda, lo que faltaba! Este quiere legalizar el matadero y establecer su fiesta privada. ¡Ni loca! Si siendo su amiga me mete la mano y me hace sentir tantas cosas. ¿Qué no va a ser si llega a ser mi novio? ¡ Está loco , de verdad!. Será mejor que deje el pelero!» De no haber sido porque aún no llegábamos y por que recorríamos la vía rápida de la costanera de Antofagasta me habría bajado del auto al instante. El móvil sacudió el bolsillo frontal de su camisa y pronto la tonada clásica Für Elise llamó la atención. Lo ignoré al ver que metió la mano en el bolsillo para extraer el pequeño Iphone. La tonada desapareció y él impertinente se dispuso a contestar en plena autopista, hice un ademán de molestia por su irresponsabilidad con mi mano en la frente que obvió, y continuó con la llamada.
—Hola papá. Sí, está conmigo. Tranquilo. Está bien. Carla Felicia y su comitiva recetó algunas vitaminas, solo eso. Bien— ¡Obvio, que hablaban de mí y volteé la vista con cansancio concentrándome en la costa a nuestro andar. El mar abierto se acoplaba en un mismo tono al cielo siempre despejado, siempre ausente de llanto, repleto de gaviotas y coronado por el resplandor solar—Yo no entro a su despacho desde mucho antes de su muerte— Mis ojos brillaron concentrándome de nuevo en él, esperando en sumo silencio mayor información de aquella fortuita conversación—¿cómo? No, imposible. Las cámaras siempre están activas. Debe estar en su despacho. No. De ser así, padre, es mejor que llamemos a la policía de investigación.
¡¿Policía de Investigación?! ¡¿Qué está pasando? —fruncí mi rostro ante un evidente desconcierto y aguardé por una explicación. No fue necesario solicitarla. Él soltó todo al instante.
Era sobre el testamento de mi abuelo. Solía decir en vida que todo su testamento estaría en su despacho bajo llave en su escritorio tallado en madera. «Solo Daniela tendría acceso a él», le dijo en varias ocasiones al padre de Carlos Alberto para que se asegurase de que fuese así. Y ella lo sabía, porque desde muy niña le dio a guardar la diminuta y rígida llave, pero desde que había caído en su encierro todo estuvo a la merced de los administradores. Alguien había desconectado el sistema de seguridad del despacho y de las áreas circundantes, y hasta solo unas horas atrás el padre de Carlos Alberto se percató de la vulneración electrónica. Estaba desesperado cuando abrió una de los vestíbulos previos al despacho principal. El desorden producto del ultraje era evidente. Las gavetas de los archivadores estaban revueltas, incluso una de ellas reposaba sobre el escritorio de recepción junto a un montón de carpetas apiladas. Las cortinas estaban clavadas al marco caoba de las ventanas y el aire acondicionado estaba encendido, su funcionamiento tan silencioso nunca lo delató y como muestra de su operación de días estaba un pequeño charco del agua que excedió el depósito del condensado. ¡Habían aprovechado el encierro y la vulnerabilidad de Daniela Hoffmann ante la pérdida de su abuelo.
—Imposible—Dije— solo yo tengo acceso a ese despacho.
—En la carrera de la vida, debemos levantarnos aprisa en cada caída. Si te quedas en el suelo, allí de rodillas en la pista. Los demás atletas pasaran sobre ti. No lo olvides.
—Las parábolas están fuera de lugar, sabiondo. Dime en criollito y sin adornos, ¿qué paso?
—Robaron el testamento y algunos documentos del despacho principal de tu abuelo.
—No , puede ser. ¿Quién podrías hacer algo así?
Carlos Alberto se sonrió. Descaradamente se burlaba de mí.
—Te convertiste en la dueña de todas las propiedades de tu abuelo, cualquiera que temiera perder el control de su cargo lo haría, mientras no se legalice el cambio de titular cada uno de los gerentes a los que tu abuelo encargo dependencias de sus empresas, estará satisfecho de prolongar ese trámite.
—No puede ser. Todos son personas que fueron de entera confianza de mi padre.
—Tu abuelo nunca hizo caso, mi padre y yo le sugerimos muchas veces mitigar las responsabilidades a los gerentes de su círculo administrativo, pero nunca lo hizo esperando a que su nieta prodigio —enfatizó con sarcasmo—asentará cabeza y se dedicará un poco a los números.
—¿Ahora soy culpable? —pregunté con ademanes de sorpresa e inquietud.
—En los negocios no hay amigos. Debes desconfiar hasta de tu propia sombra.
—Mi abuelo tenía fe en la gente.
—Don Hoffman no se dio cuenta que después de muerto no existe fe en vivos. Pero prometí muchas veces cuidarte, así que solucionaremos este asunto y no descansaré hasta decubrir quién hurto esos documentos.
—Se te agradece, pero preferiría que a mí no me cuides. Ya me mostraste tus verdaderas intenciones.
—¡Diablos! Tienes fama de estar con todo el mundo, ¡por qué no querrías estar conmigo, si he sido tu mejor amigo y compañero? Déjame tener el derecho.
—¡Detén el auto!
Conducía por vía rápida, miro a través del retrovisor y no vio propicio obedecer a su berrinche.
—¡Detén el auto ! —volví a ordenar con una voz aún más fuerte mientras se me formaba un enorme nudo en la garganta—¡No soy una Zorra, Carlos Alberto! — y me eché a llorar.
Era extraño. Quizá fue la presión del momento. El duelo por la pérdida de mi abuelo. El grito de mis hormonas. El despertar de nuevas sensaciones como mujer. La rabia que empezaba a crecer dentro de mí por él. Lo ilógica de la situación… Sin testamento estaba completamente en la calle.