Capítulo 7

1382 Words
Mira lo que tu música me provoca, la manera en que nuestras notas acompasan. ¿Cuál es tu poder? ¿Qué es lo que tiene tu melodía que con premura me desquicia? ***  —Diego, tenemos una nueva integrante. —Creo que es Marcus quien ha hablado y palmado mi hombro derecho. Estoy inerte y el mutismo se ha adueñado de mí. Las manos me sudan y me tiemblan. ¿Qué rayos me pasa?  —¿Tienes nombre?  —¿Ah? —¿En qué momento se puso frente a mí? Suspiro de forma sonora y esa acción no le pasa desapercibida al mestizo, que me mira divertido, como si supiera que su presencia me descoloca. «Nunca había experimentado algo similar».  —Lindo nombre. —¿Se está burlando de mí? ¡Dios! ¡Qué hermosa sonrisa!  —Es Amber. —Kai viene a mi rescate y su brazo alrededor de mis hombros es reconfortante—. Quiere unirse al club. Ella es muy buena tocando el piano.  —Amber... —No sé si sea mi imaginación, pero sentí que saboreó mi nombre—. ¿Eres muda, Amber?  —N-No...  —Creo que te he visto antes, pero ¿dónde? —Se pone el dedo índice sobre los labios, tratando de rememorar dónde me había visto. Un amargor recorre mi pecho al ser consciente de que no recuerda nuestro baile ni cuando chocamos en el campus. ¡Qué tonta soy! Solo fui una persona más para él, alguien de los espectadores que tuvo la suerte de ser señalada por su dedo.  —No lo sé... También me eres familiar. —Recupero la compostura y le hago creer que tampoco lo recuerdo.  —Tienes la pintura en la pared de tu casa y no la recuerdas... ¡Patrañas! —Creo que me he puesto más roja que un tomate, al escuchar al tal Dominik burlarse de Diego. ¿En su casa?  —No sé de qué hablas —escupe el mestizo entre dientes y un poco incómodo. Si las miradas mataran, el chico extraño de cabello largo estaría tres metros bajo tierra. La risa estruendosa de Dominik me pone alerta, es obvio que algo le divierte, pero ni idea. ¿Será mi cara de idiota?  —En fin, no te hagas el pendejo, que todos sabemos que reconociste a la chica. ¿Qué?  —¿Podrías callarte? —Diego le salta encima a Dominik, quien no puede controlar la risa. Mi corazón late tan fuerte y tan rápido que temo se salga de mi pecho, al sopesar la ridícula idea de que esté nervioso por mi causa.  —¿Podrían madurar? —Se escucha la voz frívola de una chica y, de inmediato, el salón se llena de un silencio tenso. Diego suelta a Dominik, quien se atraganta con la risa y empieza a toser. No puedo dejar de mirarlo, es un chico que se ve intimidante y rudo; sin embargo, se divierte con libertad y risa estruendosa.  —Dominik, deja de fastidiar; que ella sea la chica de la pintura no es relevante para que Diego la reconozca. Y es así como me sube la bilis a la garganta y la vergüenza me corroe. Por una parte, me molestan las palabras de esta chica; por otra, me siento culpable por tener estas raras emociones ante la presencia de su novio. Ella es la chica del violín, esos comentarios deben molestarle. Muerdo mis labios y trato de no mirar a Diego, así que enfoco mi mirada al techo, al piso y a los chicos, evitando a toda costa cualquier contacto visual con el mestizo. Sé que es ridículo, pero siento que cualquier mirada o atención sobre él podría ser inadecuada. ¡Qué incomodidad!  —¡Tenía que hablar la amargada! —protesta Dominik—. En fin, ¿probarán a la nueva o no? Un escalofrío recorre mi espina ante la mirada fría y recelosa de la violinista. Sé que no es la única en mirarme, aumentando así mi incomodidad. Ella se acerca a Diego y reposa su brazo sobre el cuello de él, quedando ambos frente a mí, como esperando mi respuesta o alguna acción. Siento una incomodidad extraña al ser testigo de la cercanía que los une, ese sabor amargo no debería estar en mi paladar, este malestar no debería sucederme. «Ni siquiera conozco a este chico».  —Amber, el piano es todo tuyo —dice Diego con media sonrisa. No sé porque veo un brillo especial en su mirada, como si estuviese ansioso de verme tocar. «Deja de fantasear». Camino con parsimonia, como si no tuviera fuerzas para dar los pasos. Todos me siguen con la mirada, expectantes por verme en acción. Carraspeo antes de sentarme frente al piano. Detallo cada tecla, asimismo la forma del majestuoso instrumento, su color madera brilloso, su manera elegante de invitarme a tocarle. Acaricio sus esquinas, ojeo las partituras que no voy a utilizar y termino mi acercamiento, pasando las yemas de mis dedos sobre las teclas; quiero familiarizarme con él antes de que nos volvamos íntimos. Todos me observan llenos de curiosidad, o por lo menos, es lo que percibo. No les he prestado atención a ningunos, dado que, en este momento, solo somos el piano y yo. Aclaro mi garganta antes de hablar, puesto que estoy en un trance de deleite ante la anticipación de lo que haré. Me relamo los labios y respiro profundo, esta pasión es más fuerte que yo, a tal punto, de tomar mis emociones, mis sentidos y las reacciones de mi cuerpo como suyas. Hasta ser solo una marioneta manejada por la melodía.  —Yo... —Trato de controlar los temblores que opacan mi voz, por lo que vuelvo a carraspear para hablar con claridad—. Yo, voy a tocar una canción de mi propiedad. La escribí hace poco... —Trago saliva cuando la mirada parda de Diego me traspasa, es incontrolable el impulso de retenerle el contacto visual—. Yo... no le he puesto nombre aún... Trataré de cantarla, no es que se me dé mucho el canto...  —¿Tocarás de una buena vez? —La voz de la violinista resuena con rudeza. Le esquivo la mirada por razones obvias, ni siquiera recuerdo su nombre. Emano un suspiro y me pongo en acción. Cierro los ojos... El roce de mis dedos con las teclas se siente tan bien... En seguida las notas se acompasan creando una dulce y tenue melodía, una que invita al enamoramiento, a la primavera y su romanticismo, al amor puro y verdadero... Mi voz se combina con la música, formando una canción que sale desde lo más profundo de mi interior... Las flores están naciendo, pronto seremos testigos de su belleza, de su perfume, de su grandeza... Mira que mi corazón está sanando, pronto estará listo para amar. El invierno lo había congelado, pero la primavera para liberarlo ha llegado... Mis frutos han nacido, espera a que maduren, a que su sabor se torne dulce y de su textura disfrutes. Deja que mi corazón maltratado pueda superar el daño, entonces muéstrame cómo amar de verdad, enséñame ese amor sincero que no daña, que saca lo mejor de ti, que a tu vida añade color, que a tu vida añade sazón... Abro mis ojos cristalizados y, como una mala jugada del momento intenso, de la extraña atmósfera que se ha creado, nos miramos. Sus ojos hipnotizantes escudriñan los movimientos de las teclas con diversión y fascinación, sigue cada uno de mis gestos, entonces me atrevo a cantar para él. Soy una descarada, una ladrona; la vergüenza y el pudor me han dejado y lo hago participe de mi canto, lo invito con la mirada sin decir palabras. ¿Acaso existen los demás? ¿Ya no todos han dejado de tener importancia en nuestra burbuja especial? Nuestras miradas se mantienen conectadas, como si él hubiese descifrado que le dedico mi canto, y, yo de atrevida, juego al coqueteo. Me siento pícara y poderosa, como bola de lana que se ofrece al gatito travieso. Dueña de los gestos de su bello rostro, dueña de su exclusiva atención. Juguemos, mestizo. Aunque esto solo suceda en nuestra mente, aunque no pueda tocar tu piel y apropiarme de tu cuerpo. Déjame tocar tu alma...
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