Me recuesto sobre la cama como cuerpo sin vida, carente de emociones. No sé qué pensar o sentir, simplemente estoy ida y confundida. Toco mis labios rememorando ese beso, ¿por qué no se siente como antes?
Las lágrimas resbalan por mis mejillas hasta caer en la tela de la sábana. Me siento tan extraña, tan vacía. ¿Por qué mi vida es tan falsa y carente de vida, de esencia? No sé lo que es una sonrisa sincera, un abrazo cálido y sin intenciones ocultas, el cuidado desinteresado, la calidez de sentirme en casa. Ignoro todo eso que he visto en películas y leído en libros, para mí son historias de fantasía.
Este vacío me hostiga, ¿por qué si supuestamente lo tengo todo siento que no tengo nada?
Pese a que anoche llovió a cántaros, hoy el sol está brillante y el cielo despejado. La calle está movida y se siente alegre, tan diferente a ayer que estaba gris y melancólica. Por lo menos, pude ir por mi auto hoy y ya tendré un poco de libertad. Suspiro ante el recuerdo de Anthony invadiendo mi boca, él siempre yéndose por encima de mí. Pero no caeré, esta vez él no se saldrá con la suya. ¡Cabrón!
—¿Ya tomaste una decisión? —Kai se me pone en frente y me mira con ojitos de anime tierno y las manos juntas.
—¿Una decisión? —inquiero confundida antes de llevarme un pedazo de lechuga a la boca. Estamos en el comedor principal de la academia, aquí solemos comer los músicos y los de arquitectura, lo que significa que Raúl es un infiltrado.
—¿Acaso lo olvidaste? —El pelinegro hace una mueca.
—¿Jugaremos a las adivinanzas? —cuestiono hastiada.
—¿Recuerdas el baile, la pintura y a Diego? ¿El chico lindo de cabello rizado? —De inmediato mis mejillas se sonrojan al recordar a ese hermoso mestizo.
—¿Cómo olvidarlo...? —Toso cuando me percato de que mis palabras han salido en un tono de "tonta - que - está - babeando"—. Es decir, una experiencia como esa es difícil de olvidar, tanto arte junto. —No puedo evitar que la imagen de su cuerpo se refleje en mi mente.
—¡Sí! Diego es toda una obra de arte —suelta Kai con sorna y, en seguida, ella y Raúl estallan en carcajadas. Debo parecer una adolescente hormonal ahora mismo.
—Hablando en serio... —Raúl respira para poder parar de reírse—. ¿Te unirás al club de servicio?
—¡Oh cierto! —Topo mi frente al recordarlo, borré por completo el dichoso club—. Perdón, lo olvidé. ¿Qué debo hacer para participar?
—Hablar con Diego —suelta Kai con malicia. De inmediato, me atraganto con la ensalada que llevo a mi boca cuando me da otro ataque de tos.
—¡Se ahoga! —grita Raúl, y, al cabo de unos segundos, me está dando palmadas en mi espalda. Bebo agua para recuperar la compostura y poder respirar con regularidad.
—¡Vaya! Caíste en el efecto Diego, todos los que han bailado y pintado con él quedan atontados con su encanto. Aunque, debo admitir, que contigo el asunto fue diferente. ¿Viste, Raúl? —Capta la atención de su cómplice agarrándolo del hombro—. Ese baile fue chispeante y muy sensual, ¡tenían tanta química! Además, es la primera vez que Diego se dibuja a él y a su víctima. —Cierra su discurso con una risita.
—Ya me habías dicho eso y no le veo lo especial. Fui la primera, su conejillo de Indias, nada más. Dejen de crear historias raras en sus cabezas y acaben el tema del tal Diego, por favor.
—Pero tú preguntaste —se queja la rubia con un puchero.
—Pregunté sobre unirme al club, no por el susodicho.
—Vamos a llevarte, camina. —Raúl termina nuestra discusión. Caminamos por todo el campus buscando el dichoso club, para cuando llegamos, una sensación incómoda se instala en mi estómago. Solo es hablar con él, no es nada del otro mundo. Es ridícula mi actitud, no es una celebridad ni mucho menos, solo un estudiante más, muy apuesto y encantador, pero nada más. ¡Ay! ¿Qué estoy pensando?
Mis amigos traspasan la entrada que los dirige por un solitario y corto pasillo, no es tan lujoso como la mayoría de las instalaciones de la academia, pero no deja de ser elegante y bien cuidado. Las paredes color crema con cuadros de diferentes manifestaciones artísticas nos reciben, y cuento dos salones antes de llegar al fondo, donde se yergue una hermosa planta con flores de colores. Mis amigos abren la puerta con toda confianza y se adentran en el lugar, yo en cambio, me he quedado estática en mi lugar.
Creo que estoy exagerando...
Mis manos se mueven frenéticas, por lo que las junto como si les diera calor para disimular los temblores. Asimismo, mi estómago duele ante la anticipación de volver a tener a ese extraño chico frente a mí, mi corazón late desbocado y el aire me falta. Por más que lo intento, no logro ahuyentar aquel baile de mi mente, su agarre en mi cintura, los roces de sus dedos en la piel desnuda de mis hombros, sus ojos amarillos, sus rizos, su energía y fuerza, la pasión en su mirada...
—¡Entra de una buena vez! —Doy un respingo ante el reclamo de Raúl. Camino a pasos cortos y lentos, una tortuga se burlaría de mí en este momento. Trago saliva, respiro profundo y esbozo un suspiro; solo espero poder hablar frente a él, no quiero quedar como una tonta. Los pasos se me hacen pesados, pero por fin entro al enorme salón y de inmediato quedó fascinada. El arte se respira en cada rincón. Las paredes, a diferencia de toda la instalación —que son color crema con tonos marrones—, se muestra blanca, con círculos de colores bien colocados y armonizados, como si fueran gotas gigantes de pintura. Pero que emanan un brillo que las resalta.
Hay muebles de diferentes formas, tamaños y colores, donde algunos chicos y chicas están tirados o sentados, unos conversando de forma amena, otros dibujando, escuchando música o usando sus artefactos electrónicos. Hay cuadros de pinturas sobre las paredes y algunas esquinas del salón, así también, esculturas en yeso, bronce, barro y hasta hierro. Vislumbro un enorme piano al fondo del salón donde no da mucha luz, frente a este están apoyados del suelo varios instrumentos de música y cajas bien posicionadas. A unos metros del piano se encuentra una ancha puerta de cristal que debe dirigir a otro salón conectado a este o algo así.
Aprecio todo a mi alrededor encantada, y, es cuando regreso la mirada a mis amigos, que me percato de que todos se han detenido a escrutarme como si fuera un bicho raro. Observo a todos los presentes buscando esa mirada dorada que se ha colado en mis sueños y que tanto me intimida, entonces siento un nudo en el estómago causado por la decepción de no verlo. Simplemente, no está.
—¿Diego no ha llegado? —Kai pregunta con naturalidad, y pasan unos largos segundos antes de que respondan que no. Entonces, un chico pelirrojo, ojos verdes y pecas en la mejilla que lo hacen ver encantador, se me acerca con una sonrisa y extiende su mano.
—Soy, Marcus —saluda con amabilidad. Aprieto su mano en respuesta y le dedico mi mejor sonrisa; es un chico lindo y encantador que no creo que llegue a los dieciocho.
—Deja de flirtear, mocoso —dice un chico de tez morena, cabello corto y oscuro, cuerpo fornido y pendientes en cada oreja. Trae un chaleco n***o y desabotonado encima de una camiseta azul, jeans rasgados y tenis negros. Es un moreno apuesto de unos hermosos ojos miel. Aleja al chico encantador con una sonrisa ladina, da un giro con gracia dando a entender que es un bailarín. No puedo evitar sonreír—. Soy Adam, preciosa. ¿Cuál es tu nombre?
—¡Mira quién habla de flirtear! —masculla el chico entrecerrando los ojos.
—¡Hola a todos! Soy Amber. —Aprovecho para presentarme. Entonces todos me saludan de manera amigable. Mis amigos explican la razón de mi visita y, como resultado de aquella información, el grupo de chicos celebran eufóricos. ¡Vaya! Debe ser todo un acontecimiento conseguir nuevos miembros.
—¿Cuál es la algarabía? —Todos hacen silencio cuando un hombre hace presencia, a través de la puerta de cristal que está en el fondo. Es un chico alto, de cuerpo atlético y delgado, una pequeña barba adorna su cara, su cabello n***o y largo cubre la mitad de sus brazos, sus ojos son achinados y verdes, su nariz respingada y labios delgados. Trae uno que otro tatuaje en su torso desnudo, su piel es tostada y tiene un pendiente en la nariz, dos en cada oreja y un juego de pulseras de metal en cada muñeca; asimismo, varios colgantes finos que rodean su cuello y terminan sobre su pecho. Solo trae puesto un pantalón holgado blanco de tela suave.
Me he quedado helada ante su presencia rebelde, intimidante y un poco escalofriante, tiene un aura que provoca temor y misterio. Añadiendo el gran atractivo que se gasta.
—¡Nueva m*****o, Dominik! —vocifera Adam.
—¿Ah sí? —musita mientras me mira con recelo. ¡Oh no! Se está acercando. Trago pesado cuando se para frente a mí y me escudriña como si fuera un delincuente o algo así. ¡Qué chico tan raro! —. ¿Quién la aceptó? —pregunta mirando al resto, es cuando aprovecho para dejar salir todo el aire que acumulé en mis pulmones.
—¡Deja de asustarla, bicho raro! —Adam lo empuja y el tal Dominik estalla en carcajadas. ¡Tarado!
—Saben que deben hablar con Diego, Isabella o yo antes de aceptar un nuevo m*****o. Tampoco es que aceptaremos a cualquiera, este es un club de gente talentosa... —Todos lo abuchean, hacen muecas y entornan los ojos. En ese momento, la puerta del salón se abre y mi corazón retumba eufórico al escuchar su imponente voz.
—Entonces, probémosla. —¡No puede ser! Es él. Está detrás de mí. ¿Cómo es que mi corazón late tan rápido y mi cuerpo reacciona emocionado ante su presencia?