Capítulo 2: "Provocaciones"

1935 Words
—Buenas tardes, señor Williams —saluda una de las vendedoras al acercarse a nosotros. Alexander asiente con la cabeza en señal de saludo, y yo giro los ojos con fastidio, pues desde que habíamos salido del canal, él no había dicho ni una sola palabra, y odiaba sentirme ignorada. —Buenas tardes —saludo a la pobre chica que parece no saber dónde poner su cabeza al no recibir una respuesta por parte de mi jefe—. Queremos ver un traje para el caballero aquí presente —dije con una sonrisa cordial. Ella asintió con la cabeza en repetidas veces. —Claro, ya les traigo algunas opciones. —Gracias —respondo. La chica se da media vuelta y luego me volteo hacia mi jefe, quien parece no estar pendiente a lo que ocurre a su alrededor—. No lo mataría ser un poco más amable, jefe —susurro. Sus ojos reparan en mí y entonces alza una ceja en mi dirección. —Soy amable —refuta. Niego de inmediato y cuando estoy por responder algo, la vendedora vuelve a nosotros con dos trajes en su poder. —Estos son de su talla —le dice a Alexander, quien sonríe en respuesta y me mira de soslayo. —Gracias, señorita —responde con cordialidad, haciéndome sonreír son diversión—. Quisiera probarlos, por favor —pide. La chica nos guía hasta los probadores y mientras Alexander entra en un pequeño cubículo yo me quedo afuera, sentada en un cómodo sillón de terciopelo n***o. —¿Quisiera una copa de vino, señorita? —pregunta con amabilidad la chica y yo asiento de inmediato. Obviamente aquella tienda era solo para personas con dinero, pues de lo contrario, no se tomarían tantas molestias con sus clientes. Solo por curiosidad tomé un vestido que colgaba a mi lado y mis ojos casi se salen de sus órbitas al ver que costaba casi dos sueldos míos. —Diablos… —susurro y luego me río, pues ni en mis mejores sueños me podría permitir vestir con algo de este sitio. —Aquí tiene, señorita… —murmura la vendedora. Sonrío aceptando la copa de vino blanco, pues no pretendía desaprovechar la oportunidad de tener atenciones gratuitas, que seguro luego le cobrarían a mi sexy jefecito. —Wang —completo por ella y la chica me pregunta si deseo algo más, pero niego de inmediato, agradeciendo su amabilidad. Disfruto de aquella copa de vino y me tomo un momento para revisar mis r************* , mientras espero a que Alexander salga de aquel probador. De pronto, escucho un carraspeo que me hace alzar la mirada y doy gracias a Dios estar sentada, pues seguro podría haberme caído al ver a semejante hombre frente a mí. Aquel traje le quedaba como un guante, pegado a su cuerpo y realzando su figura escultural y haciéndolo ver jodidamente sexy. —¿Qué tal? —pregunta mirándome fijamente. Me doy cuenta de que debo estar con la boca tan abierta que seguro podrían entrar algunas moscas en ella, por lo que aprieto mis labios en una fina línea a la vez que asiento con la cabeza en su dirección, —Bien —respondo sin más. Alexander arruga las cejas y entonces hace una mueca con los labios. —No quiero verme “bien” —hace comillas con sus dedos—. Debo verme genial, elegante y guapo. —A ver, regaleme una vuelta —sonrío de medio lado, haciendo girar mi dedo índice, lo que lo hace sonreír de medio lado—. Debo verlo de todos los ángulos para estar segura. Él se gira, dándome un espectacular visión de sus nalga.s, las cuales me parecen extremadamente apretables, junto a su espalda ancha, en la cual podía imaginarme arañando. Sonrío de medio lado ante mis sucios pensamientos y entonces Alexander termina de girar para mirarme de frente con una sonrisa traviesa en sus labios. —¿Qué le parece este traje, señorita Wang? —Creo que se ve muy bien, jefe, pero no estoy del todo convencida… —murmuro con una mueca en los labios. Lo cierto es que me parecía que aquel traje le quedaba de maravilla, y que era perfecto, pero quería tener una excusa para seguir aquí con él, viéndolo modelarme más trajes, que seguro le sentarían perfectos—. ¿Le parece si se prueba otro? —pregunto. Él asiente de inmediato y antes de entrar en el probador, la vendedora llega a nosotros con otra opción, un traje azul marino que combinaba a la perfección con su intensa mirada azul. Alexander entra en el probador y yo me acerco a la vendedora con una sonrisa amable en los labios. —¿Tendrás algún traje de otro color que no sea n***o o azul? —pregunto. Ella asiente con la cabeza y entonces se da media vuelta para buscar lo que le he pedido. Cuando la vendedora regresa, Alexander sigue dentro del probador, por lo que ella me entrega la prenda a mí y luego se marcha. Una idea cruza por mi mente en ese momento y me dejo llevar por mis impulsos. Suspiro con algo de nervios y entonces en un rápido movimiento, me acerco al probador de Alexander, giro el pomo de la puerta y me inmiscuyo dentro de él con agilidad. Cuando cierro la puerta tras mi espalda, los ojos de Alexander se encuentran con los míos a través del espejo, por lo que sonrío con seguridad, sin mostrar señal alguna de debilidad. Sus ojos brillan con diversión, pero no dice nada al respecto. Diablos, no sabía cómo interpretar las señales de este hombre. —Debe probarse este también —le digo colgando el traje en el colgador pegado a la pared. Aquel probador no era pequeño, de hecho era muy cómodo y amplio, pero aún así me sentía asfixiada en el interior, con la mirada de Alexander inspeccionando mi cuerpo a través del gran espejo frente a nosotros. Lo miré, y ya estaba vestido, por lo que poco a poco se giró para quedar frente a mí. —¿Cómo me queda esto? —pregunta alzando su mentón y acomodando las solapas del traje con sus manos. Mierda, mi jefe se veía como un Dios griego, pero no estaba dispuesta a reconocerlo en voz alta, por lo que simplemente sonreí y me acerqué lentamente a él para tomarme el atrevimiento de acomodar el cuello de la camisa que traía puesta. Nuestros cuerpos quedaron tan cerca, que podía sentir su perfume inundar mis fosas nasales, y aquello estaba por volverme loca. —Creo que… —musito suavemente—, ya está, ahora sí —digo a la vez que doy un paso hacia atrás y sonrío con aprobación. Sus ojos se oscurecen un poco y entonces él da un paso hacia mí, volviendo a dejar nuestros cuerpos muy cerca. Lo miro hacía arriba, debido a la diferencia de altura y en un acto reflejo paso mi lengua por mi labio inferior, invitándolo a besarme. Mierda, lo deseaba con locura, y sabía que esto no estaba bien, pero aún así no podía evitar sentirme tan atraída a Alexander Williams como las abejas al polen. —Estás jugando con fuego, Christine —advierte. Lejos de intimidarme, le guiño un ojo y luego dejo caer mis manos sobre su pecho, moviendo mis dedos con cautela sobre la delgada tela de su camisa. Él traga saliva con dificultad y sus manos me toman por la cintura para después pegarme contra la pared, apresándome con su cuerpo. —No tengo miedo a quemarme —respondo en un susurro. Comienzo a sentirme muy excitad.a al sentir su cuerpo contra el mío, pues aquel hombre tenía la capacidad de encenderme con tan solo una mirada. Alexander se acerca peligrosamente a mis labios y los roza con suavidad. No era un beso, ni mucho menos, aquello era solo un juego de tirar y aflojar, una provocación por su parte para saber cómo yo reaccionaría. Su respiración choca contra mi rostro y su perfume no hace más que nublar mis pensamientos, por lo que me guardo todas las ganas de sucumbir ante sus provocaciones y lo empujo por los hombros, para tomar mi distancia. Él me observa con confusión, como si no esperara esa reacción por mi parte y luego tomo el pomo de la puerta para salir de aquel probador, con la temperatura corporal por los cielos, pero con mi dignidad intacta. No, no podía darle todo en bandeja a aquel hombre, pues de lo contrario, esto no sería divertido. —¿Qué tal le quedó el traje al señor Williams? —pregunta la vendedora al verme. Sonrío de medio lado y finjo que ahí dentro la temperatura no había subido considerablemente. —Creo que llevaremos el segundo. Vuelvo a sentarme en el sillón de terciopelo a esperar a Alexander, mientras pensaba en cómo hacer que aquel hombre cayera en mis encantos. (...) —Gracias por traerme, jefe —digo sonriente hacia Alexander, quien tenía las cejas arrugadas y no quitaba la vista de la calle frente a sí. Giré los ojos con fastidio, pues después de haber salido de la tienda de ropa, había estado en completo silencio, hasta que se ofreció a traerme a casa, pero fuera de eso, no había dicho palabra alguna, lo cual era muy frustrante—. Gracias por traerme, jefe —repito lentamente. Se voltea hacia mí y sonríe levemente. —Ya te escuché, Wang —dice con fastidio—. No ha sido nada, nos vemos después. —Debería sonreír más, jefe, así se ve más atractivo —le guiño un ojo, haciéndolo reír y luego me bajo de su automóvil sin decir nada más. Camino hasta la puerta de mi casa y meto la llave en la cerradura. Al entrar, observo a Dylan, mi hermano menor, sentado en el sillón junto a sus dos amigos inseparables, mirando un partido de fútbol. —Hola, hermanito —saludo a Dylan y él me da un corto abrazo. —Pensé que salías tarde —dice con las cejas arrugadas. —Sí, pero surgió algo y pude salir antes —explico a la rápida—. Estaré en mi habitación, pórtense bien, niños. Le doy un beso en la mejilla a él y a sus dos amigos también, para después darles su espacio e ir a encerrarme en mi habitación para dejarlos ver aquel partido de fútbol con tranquilidad. Dylan y yo habíamos quedado huérfanos hace muchos años, por lo que desde ese momento, yo me había hecho cargo de ambos, y aunque él ya tenía veinte años, seguía viviendo conmigo, en la casa que nuestros padres nos habían dejado antes de morir en aquel fatídico accidente. Yo amaba a mi hermano menor, y nunca había sido una carga en mi vida, por el contrario, estaba feliz de tenerlo conmigo y de que sea un niño bueno. Una vez en mi habitación, me quito los zapatos y luego me dejo caer sobre mi cama, mirando el techo y pensando en qué diablos debía de hacer con la enorme tensión s****l que existía entre mi jefe y yo. Sabía que yo no le era indiferente a él, pero no quería cometer una locura y luego perder mi trabajo a causa de eso, pues tenía a Dylan a mi cargo, y tenía que ser responsable al decidir respecto a eso. Bufo al sentirme tan frustrada, pues Alexander me tenía en sus manos, y yo no quería sentirme de aquel modo, por el contrario, quería ser yo quien tuviera el control de la situación.
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