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4289 Words
Ya yo hasta había engordado y tenía mucha ropa, muchos juguetesy mucho amor en mi vida y en mi corazón que era lo más importante. La doñita me quería muchísimo y yo a ella también. Por fin sentí que la vida comenzaba a sonreírme. Yo casi no salía de la pieza, y cuando salía era hasta el patio a jugar solo con el viaje de carritos, soldados, y todas las fantasías que nunca había tenido. Estaba la doñita agilizando los contactos para llevar a cabo mi papeleo en el registro civil para tener por fin mi partida de nacimiento y poder ir a la escuela. Los malandritos que merodeaban en la pensión y sus alrededores, me miraban con envidia y hasta con arrechera, puesto que sentían que yo vivía como los millonarios. Nunca imaginé que esa sería la causa de la hecatombe que pronto ocurriría. No tuve nada que ver con la tragedia; pero de cualquier manera me sentí responsable y eso fue una de las primeras ráfagas que comencé a sentir que cambiarían mis sentimientos de manera irreversible.  Cada tarde salíamos a caminar por los alrededores y a comer las delicias que preparaban en los tantos locales que había por allí. Algunas veces dejábamos a Demóstenes encerrado y nos íbamos a pasear más lejos. Visitábamos los centros comerciales y en ellos, me compraba cosas bonitas. Me cortaban el pelo en peluquerías de lujo y hasta me compraba perfumes costosos para que oliera rico, decía. En ocasiones íbamos al cine a ver unas películas buenísimas. Nunca había ido a un sitio tan especial. La primera vez me dio mucho miedo cuando miraba a esas gentes tan grandotas. Una vez una enorme roca se deslizaba desde una montaña y parecía que nos iba a aplastar a todos y entonces pegué un tremendo grito de terror. La gente se cuajó de la risa cuando vieron que estaba acurrucado detrás del asiento para que la piedra no me golpeara.           No podría negarlo nunca, pero pasé los mejores años de mi vida al lado de la doñita. Fue tan especial para mí que hizo llegar a dos señores que se encargaron de trabajar en una pieza que estaba inmediatamente al lado de aquella donde ella vivía e hizo que las unieran haciendo entonces, una sola pero mucho más grande y por supuesto; más cómoda. En una de ellas colocamos todas aquellas cajas que contenían “toda su vida”, según ella misma decía constantemente. Pero se deshizo de una calembera que realmentelo que servía era como madrigueras de ratones y cucarachas. También improvisó en ella, un ropero donde colgábamos nuestros trapos que no eran muchos que se dijera. En fin, esa era una especie de depósito. También estaba allí, puesto que era suficiente el espacio que ostentaba, la estufa y la mesita donde nos sentábamos a comer las veces que no lo hacíamos en la calle.           En la otra ala de la gran habitación estaban las camas. Mandó traer para mí, la primera y única cama que tuve en mi vida. Cuando me lo dijo, no lo pude creer. Me pareció un espejismo que desaparecería bruscamente en un abrir y cerrar de ojos o un bello sueño que igualmente desaparecería, al despertar a la cruel realidad de una vida donde siempre reinó la inopia inclemente. Pero no se trató ni de un espejismo ni de ningún sueño. Era una cama real, con un colchón excesivamente suave, con su colcha muy limpia y olorosa. La almohada era enorme. Nunca supe que contenía de relleno pero sea lo que fuere, era mucho más suave aún que el colchón. Nunca nadie me había hecho un regalo en mi vida y menos de semejante talante. Había una enorme ventana que daba hacia el patio y que estaba protegida por una reja bien gruesa, pero que siempre permanecía cerrada todo el día. Contrariamente de noche ella la abría y entonces, dejaba entrar una gélida brisa que propiciaba un descanso halagador.  Pero para evitar el exceso de frío, la doñita me cubría con un cobertor afelpado de tal suavidad que acariciaba mi descanso y provocaba en mí, unas enormes ganas de quedarme echado allí para siempre. En medio de toda la recámara aquella que la doñita improvisó para que yo me sintiera cómodo, estaba una pequeña sala de baño. Lo malo era que no había agua por las tuberías y ésta había que cargarla cada vez que se necesitara, desde una pilita ubicada en el patio adyacente. Quería que me sintiera como en mi verdadera casa, la casa que nunca tuve. Hizo todo eso la doñita, pues de manera definitiva, había decidido que me quedara a vivir con ella haciéndole compañía y cuidándonos mutuamente. Yo acepté gustoso por supuesto.           Durante los días de la semana, salíamos muy temprano al mercado que no quedaba muy lejos de allí. Compraba de todo con la finalidadde preparar unas comidas exquisitas para que yo me alimentara como todo ser humano debe hacerlo, decía, sobre todo si es un niño. Siempre iba Demóstenes con nosotros dejando aquella estela de caca y de orines por todas partes. Después nos encerrábamos en la casa y no volvíamos a salir hasta el día siguiente hacia el mismo sitio, para hacer lo mismo del día anterior. Ella me llamaba Paolo y yo siempre le decía “Mi Doñita”. A ella le gustaba que le dijese asi. Nos acostábamos muy temprano, después de cenar que generalmente era a las siete de la  noche. Entonces, como aún no teníamos sueños me pedía que le contara sosas de mi vida.  Yoiniciémi relato con lo primero que recordé que había comenzado a sentir en mi vida. El perpetuo maltrato de parte de mi madre y la ausencia de mi padre, que nunca supe quien fue. Le conté las cochinadas que hacían mi mamá y mi hermana, con todos aquellos hombres que desfilaban a diario en la casucha. Le narré que mis hermanos eran unos malandros hechos tal, de tanto llevar golpes inicialmente de nuestra madre y después de la vida en la calle a donde fueron a parar para no morirse de hambre. Ellos no supieron tampoco quienes fueron sus padres.También le conté del hambre atroz que para todos sitios me acompañaba. Creo que si le hubiese contado uno a uno todos los desmedros que recibí prácticamente desde que nací, hubiésemos tenido que pasar unos cuantos días en esos menesteres.  Iba a seguir contándole todas las penurias que padecí durante los casi once años que había vivido. Los coñazos que llevé de medio mundo. Lo que hizo mi madre para prostituir a mi hermana cuando apenas tenía doce años. Hasta le iba a contar que por poco esa mujer que me parió, me iba a entregar a un desgraciado para que me violara y que fue en ese instante que me escapé de aquel infierno. Ella, llorando de manera inconsolable, me rogó que parara, que por favor; no le continuara contando todas esas cosas tan tristes que nunca debería vivir ningún hijo de Dios. Tuve que correr hasta su cama y acurrucarme a su lado para consolarla. Su llanto me conmovió de tal manera, que para mis adentros me dije que iba a ser un muchacho bueno para crecer y protegerla de lo que fuera y de quienes fueran. Ella era demasiado buena. Después que se calmó, me regresé a mi cama.Entoncesla doñita,comenzó a contarme su vida de cuando era una niña por allá por aquellas tierras lejanas. Vivía en un pueblito muy bonito en Italia, junto a sus padres y sus hermanos.  Cada noche me contaba una historia distinta. Su infancia fue muy hermosa, comenzó diciendo, eran cinco los hermanos. Ella era la única hembra, por ello, siempre estaba en casa ayudando a su mamá en todas las cosas domesticas mientras su padre y sus cuatro hermanos, todos menores que ella, trabajaban en una bella y próspera granja que poseían. Criaban todo tipo de animales y sembraban también de todo. Vivían cómodamente con el esfuerzo del trabajo de todos. Ella jugaba con unas muñequitas que su madre le fabricaba con retazos de trapos. No eran una gran cosa, pero como se las hacía con amor, fueron los juguetes más preciados que un niño puede tener. Comenzó a ir a la escuela del pueblo, junto a sus hermanos cuando tenía nueve años. Allí hizo muchos amigos y aprendió muchas cosas que ni siquiera imaginaba que existían. Supo que había un sitio llamado América al que nunca había escuchado mencionar antes. Cuando aprendió a leer, a escribir y a sacar cuentas al igual que a sus hermanos; ya no les dejaron ir más al colegio puesto que ya habían aprendido lo necesario y tenían que seguir trabajando en la granja.            Cuando tenía quince años, se enamoró de un muchacho muy fornido  trabajador que un día llegó a venderle unas ovejas a su papá. En dos meses ya se habían casado y se fueron a vivir en una casita de madera que hizo su esposo en la misma granja. Muy cerca de la casa paterna. Allí tuvo a su hijo, un muchachote idéntico al padre del que heredó hasta el nombre. Dos años después estalló una maldita guerra que acabó con los sueños de todo el mundo. A sus hermanos los mandaron al campo de batalla y allá perdieron la vida sin saber siquiera porque ni contra quienes estaban peleando. Italia quedó hecha añicos. Fue en ese momento en que su marido agarró a su mujer y a su pequeño hijo y se montaron en un barco, decididos a ir a donde fuera con tal de ofrecerle una mejor vida a su familia.  Fue así como llegaron a América. Ya asentados en la capital de una de sus naciones, Paolo comenzó a trabajar y trabajar, de esa manera, compró una bella casita y montó un negocio; una panadería o algo así. Nunca dejaba de trabajar y trabajar, sin descansar prácticamente. El hijo comenzó a estudiar y ella ayudaba a su marido en todo. Luego de varios años, se mudaron a una ciudad más pequeña donde la vida era más tranquila y con el dinero que recibió de la venta del negocio, compró varias casas que alquilaba y ganaba buena plata. Montó también otro negocio y asi seguían trabajando. Luego Paolo se murió asi, sin más ni más, de repente, estando trabajando tranquilo. En el hospital le dijeron que fue un ataque al corazón lo que se lo llevó. Luego, unos desgraciados de los que nunca faltan, le mataron a su único hijo para quietarle unas pocas monedas que llevaba encima, pudiendo habérselas pedido y dejarlo vivir tranquilo. Cuando mencionó lo de su hijo, repentinamente dejó de hablar, dominada por el sueño. Los fines de semana si que era otra cosa muy distinta. Desde el viernes bien temprano, nos íbamos a caminar por los centros comerciales, a ir de compras, a los circos que a menudo exhibían en unas enormes carpas donde mirábamos a varios chinos haciendo malabarismos, caminando por la cuerda floja y hasta metiendo sus cabezas en las fauces de un viejo león que ni dientes ya debía tener. Pasábamos unas tardes-noches muy divertidas. Los domingos durante el día, íbamos al litoral y retozábamos de lo lindo en las cristalinas aguas de aquellas playas encantadoras. Y comíamos de todo lo que nos provocaba. Por primera vez era feliz y quise aprender a rezar para pedir en la iglesia que me concediera el milagro de que siempre fuera asi. La doñita y yo, llegamos a amarnos como nunca.  Pero nunca falta la maldad en los seres humanos y, deseando que le achacaran la responsabilidad de un acto al más tonto, una noche los demonios aquellos entraron a la pieza y mataron a la doñita. A mi me amarraron y me pusieron un trapo en la boca para que no gritara. Me dijeron que no me iban a hacer nada; pero que si llegaba a delatarlos, me iba a arrepentir de haber nacido. Revolcaron todo buscando no se que cosa. Ellos decían que en algún sitio tenían que estar las joyas. Hurgaron en todos lados y se llevaron todo lo bonito que ella tenía guardado. Toda mi ropa, y cuando encontraron una cajita hasta el tope de cadenas, relojes y un montón de vainas de color amarillo, se alegraron mucho. Encontraron muchísimo dinero en otra caja. Montones de billetes de color verde. Según y que eran dólares. Esos desgraciados se llevaron todo, y a ella la mataron pegándole con un tubo en la cabeza, varias veces.  No le dieron tiempo ni de quejarse. Ella les decía que se llevaran lo que quisieran, pero que no se metieran conmigo. Que la mataran a ella si querían, porque ya estaba vieja; pero que me dejaran tranquilo. Ellos le hicieron caso, pero no por buenas gentes. Sabían que si me mataban a mí también, iban a comenzar a investigar y seguramente ellos ibana ser los primeros sospechosos. Por eso no les convino matarme también.Era para que me echaran ese muerto a mí, como efectivamente ocurrió. Hasta ese día llegó mi suerte.Y tal como ellos quisieron, me culparon. Me detuvieron y me echaron más coñazos que el carajo. Yo nunca le hubiese hecho daño a aquella doñita; pero igual, me metieron seis meses en un correccional de menores por que sospecharon que yo había matado a mi bella doñita. De verdad, yo la llegué a amar. Ni que decir de lo que viví en esa pocilga en donde me mantuvieron junto a un montón de delincuentes juveniles.  En ese reten se iniciaban los grandes delincuentes. Era esa, una gran escuela de bellacos. Los primeros días, me dejaba envainar de todos por puro miedo. Hasta la comida me la quitaban. Yo pensaba que quedándome quietecito se iban a cansar de molestarme tarde o temprano. Pero no fue así, más bien, al verme tan pendejo, me molestaban cada vez más. Hasta que una noche, ocurrió lo que hizo que se metiera el diablo en mí. El diablo me sacó el espíritu medio bueno que tenía y se metió él. Un tarajallo enormemente deforme, que apestaba como él solo y a quien todos le tenían miedo; les dio una orden y de inmediato me brincaron y me quitaron el pantalón.  Me pusieron en cuatro patas y ese desgraciado me violó. La v***a de ese malnacido parecía que tenía espinas y que medía un metro más o menos. Después que ese sucio me violó haciendo que me sangrara demasiado el trasero, me violaron casi todos. Me desguazaron por dentro. Al fin, después de unas dos horas, me soltaron. Me puse el pantalón otra vez, lloré hasta que amaneció y luego los miré detenidamente uno a uno. Me juré que los iba a matar tan ponto saliera de esa pocilga. Así nació “El Romualdo”, el delincuente que llevaba al diablo adentro. Que Paolo ni que ocho cuartos.           Ellos pensaron que la cosa no pasaría de allí. Yo me porté como si nada. Aquellos malandros me miraban y se cagaban de la risa. Por varios días, cada noche repetían aquella dantesca escena conmigo. Me golpeaban fuertemente, ya que siempre oponía resistencia de manera instintiva. Y siempre terminaban violándome todos. El primero era siempre aquel infeliz. El despreciable ser gozaba un puyero haciendo aquel oprobio. Los demás lo obedecían en todo. No había uno solo que no me violara. Yo era el más chiquitico de todos. Según los gendarmes, nunca había caído un carajito tan chiquito preso. Y ni por eso me dejaban tranquilo. Una vez, hasta un custodio me llevó de arrastre y también me violó. De paso, me metió la v***a en la boca y con el rolo me amenazaba por si se me ocurría morderlo. Y después, al día siguiente lo hizo otro vigilante, después otro y luego otro y otro más.Así, me agarraron como la puta del reten, hasta que una noche cayó un mariquita que se sintió desde ese instante en el paraíso y me destronó finalmente.   Cuando me soltaron, ya había aprendido de todo, menos a ser marica como ellos ya creían que era de tanto ser violado hasta por la boca. Todo lo contrario, esa agresión excesiva me envenenó el alma hasta el fondo de manera irreversible. Realmente nunca imaginé cuando permanecía enroscado sobre mi propio cuerpo, asustado tremendamente en cualquier rincón de aquel destartalado jacal donde pasé mis primeros años, que iba a comenzar a transformarse en lo que me transformé. Hasta marihuanero ya era. Bueno, lo que siempre hacíamos eran oler pega o cualquier vaina que sirviera para trastornar los sentidos; pero igual a todos nos mentaban marihuaneros. Una que otra vez llegué a fumar ese vegetal. Pero afuera no era tan fácil encontrar drogas de gratis. Entonces, me encompinché con los malandritos de la que una vez fue la pensión de la doñita y que ahora era una guarida de indeseables. Ya llevaba al diablo adentro y el odio cuajado en mi corazón. Me fui especializando en las lides de la maldad y le eché el cuento al “Tuerto Máximo” de lo que me había pasado en el retén.  Tuve que disimular en extremo que lo que le hicieron a la doñita me había dado demasiada arrechera; pero me convino hacerme el loco. En un principio, ellos pensaron que estaba arrecho porque me habían matado a mi benefactora; pero ya el diablo había borrado aquella ternura que comenzó a nacer en mi corazón y más bien, según mi conveniencia, les dije que estaba bueno lo que habían hecho. No creo que me hayan creído mucho porque guevones no eran; pero aun asi, no se mencionó más el tema de la viejita. Pobrecita, ella quería todo lo bien para mí;pero al fin y al cabo ya ella estaba muerta y supuse que enterrada también y yo estaba allí, vivo y jodido hasta más no poder.  Los desgraciados se hicieron millonarios con todo aquel tesoro de la vieja. Era mucho el oro que vendieron y con aquel bojote de dólares, compraron la droga pareja. Todavía tenían mucha. Nunca había visto tanto polvo blanco junto. Ellos lo vendían bien caro. Compraban pastillas para el dolor de cabeza, talco y bicarbonato y mezclaban todo esocon la cocaína para rendirla y asi y todo, la vendían bien costosa. Se la pasaban todos esos malandritos y malandrotes cada día, buscando aquella vaina que se metían por las narices. Y la pagaban chinchín, puesto que fiado se había muerto, lamentablemente, decía el “Tuerto Máximo” a cada rato, cuando alguien pedía un poquito a crédito.   A mí no me dejaban ni tocarla. Eso era poco a poco. Seguí oliendo pega por carajazo y de cuando en cuando, me fumaba uno que otro porrito de marihuana. Me sentía sabroso, como si estuviera flotando. La sensación que se sentía era increíble. Esa vaina le daba fuerzas a uno y ganas de salir para adelante para lo que fuera. No me daba miedo nada, ni hambre, ni frio, ni calor. Nada, uno estaba así como eléctrico, envalentonado hasta más no poder. Y sólo pensaba día y noche en ver muertos a aquellos malditos que me habían violado. “El Tuerto Máximo”, “El iguano” y “El Bisure”, los más arrechitos de la “bandita” aquella, me iban a ayudar. Me decían, -“Vamos a matar esa culebra de una vez vale”. – y enfervorizados por la droga y por la maldad, comenzamos a rondar aquel reten. Yo quería que nos raspáramos primero al maldito gorila aquel que me desvirgó.  En ese momento, en mi alma se desató el odio con más intensidad. Se mezcló en aquello tan macabro que comencé a sentir; además de lo que aquel desgraciado me hizo en aquella celda, sin importarle que era yo un muchachito inocente que había caído preso injustamente.Todas aquellas vivencias que propició la mujer que me echó al mundo como quien larga un mojón. Todas aquellas noches de terror, de angustia, de frío y sobre todo, de hambre que pasé en aquella pocilga en donde viví hasta que me decidí a coger la calle. Todo aquello se hizo presente en la pequeña vida que apenas había vivido y en la que cuando apenas comencé a sentir el amor de alguien; también eso me fue arrebatado.  Cuando por fin lo soltaron, ya había pasado casi tres meses desde que yo había salido; pero mi arrechera era cada día más grande. El tipejo ese, salió contento y todo, como si estuviese saliendo de un acto solemne de grado, con la distinción summa c*m laude. Iba bien frondoso a continuar jodiendo por esas calles de Dios a todo el mundo como era ya su costumbre. Ese era el vivo ejemplo de que nadie se regenera en esos antros de perdición, que lo único que logra es torcer aún más, las actitudes desviadas de las personas que cometen delitos.“El Bisure” lo conocía y de hecho, según y que le debía una “cochinita”. Lo llamó y le propuso, como cebo, hacer una “vuelta”; pero antes, jalarían un poco de aquella vaina blanca por las narices.  “El Nacho”, que era como le decían a aquel desgraciado, casi se desmayó de la alegría cuando “El Bisure” le ofreció cocaína. De la alegría hasta se le olvidó que le debía una deuda de honor que en el mundo del delito, se paga con sangre. Le había tumbado a una “pava” con la que él estaba empatado. Entre los malandros, las mujeres de los compinches son sagradas. Siempre se dice que la mujer de un malandro, es hombre para el resto de la banda. “El Nacho” no lo había entendido así, y se metió con la novia de “El Bisure” y éste llevaba esa piedrita en el zapato desde hacía tiempo. Iba a aprovechar de matar a dos pájaros de una sola pedrada.            Se dejó llevar a la boca del lobo el guevón aquel. ¡Vergaaaa, cocaína de la buena y de gratis! Tal vez pensaba aquel pobre diablo. Jajajaja, tremenda suerte, tuvo culito fácil todo ese tiempo y ahora le iban a regalar esa delicia. “El Bisure” le propuso que tiraran un atraco que estaba facilito. Cayó mansito cuando se le mostró aquel poco de acetaminofén machacado. Le propuso también que se uniera a la banda para que además, vendiera esa maravilla y se metiera una buena plata y asimismo se encajara todo el polvo blanco que quisiera si llegaba a vender bastante. Estaba más contento que un chiquillo comiendo moco el pendejo ese.  Cuando llegó a la guarida, sin darle tiempo a nada, le caímos todos encima, lo dominamos y lo amarramos. Él eventualmente pensaba que eran vainas de malandritos. Nos dio bastante trabajo dominarlo, puesto que era bien grandote y tenía muchísima fuerza; pero nosotros éramos más de quince chamacos y pudimos someterlo finalmente. Lo inmovilizamos tan bien que no podía moverse por más que lo intentaba.Me le plateé frente a frente y él de inmediato me reconoció. Por el asombro dibujado a quel horroroso rostro, pude notar su tremenda sorpresa. Nunca pensó tal vez, que volveríamos a tropezarnos. Esa vez en circunstancias inversas.  ¡Epale chamito! No me vayas a decir que estás arrecho conmigo por esa mariquera que te hice.Eso siempre pasa chamo. Te juro que yo no te quería hacer un carajo. Eran aquellos coños de madres que comenzaron la vaina. De verdad que a mi no me gusta meterme con nadie, menos con carajitos tan chiquitos asi como tú. De todos modos no era para tanto. Apuesto que te gustó y quieres que te vuelva a violar. ¿Es eso?, entonces suéltenme pues. _En vista de que mi cara denotaba cada vez más arrechera y ninguno de los muchachos decía nada por lealtad, el carajo de verdad estaba ya muy asustado_Era jugando panita. Dejen la vaina conmigo. Ya está bueno. Suéltenme para que le echemos pichón a la vueltica que me dijo “El Bisure”. Yo no le respondí. Ni siquiera moví un solo músculo de mi cuerpo. “El Tuerto Máximo” se cagó de la risa cuando lo escuchaba decir todo eso.Era una ley inquebrantable la que evitaba que se le hiciera esa cochinada a un carajito de mi edad. “El Tuerto Máximo” fue quien primero me conoció y de inmediato se dio cuenta de que yo era un chamito “zanahoria”, más bien hasta la musiua me había recogido y ya vivía como un muchacho acomodado. Nadie puede, por más malandro que sea, ser tan coño de madre asi con un carajito de mi edad que nunca me había metido en problemas con nadie.Le lanzó un carajazo en la jeta con un palo que le desbarató todos los dientes y lo tiró casi un metro más allá de donde estaba.  “El Nacho” arrancó a llorar como una nenita. Tan grandote y tan cagado. Yo me quedé como una estatua mirando lo que “El Tuerto Máximo” hacía con ese carajo. Después que dejó de chillar y con la jeta hecha jirones, sin dientes y con la lengua vuelta pedazos, le cayeron en cayapa. Le echaron una golpiza entre todos para que nunca se le olvidara que había roto una regla sagrada del hampa. Le quitaron el pantalón y lo pusieron en cuatro patas. Igualito como él ordenó que hicieran conmigo aquella aciaga noche. Yo por fin reaccioné y me moví. Romualdo dale. Cotéjelo pues. Gózate a este hijo de puta. _Me dijo “El Tuerto Máximo”
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