........

4865 Words
Yo no tenía la mínima intención de hacer lo que “El Tuerto Máximo” me decía que hiciera. Mi m*****o era muy chiquitito todavía. La rabia que crecía dia a dia en mi corazón y lo que noche tras noches soñaba y que no era más que lo que mi madre hizo conmigo; me destrozaron para siempre. Juro que no nací delincuente. Por Dios santo que no. No soy quien para mentar al tal Dios, puesto que soy botado hasta del infierno, ya que ni el diablo mismo me quiso; porque creyó tal vez que iba a ser yo, una total competencia.Peroa pesar de todo, estoy muy seguro que no hay nadie más bueno que Dios y una vez hasta me quise refugiar en él. Bueno, eso es otra historia que nunca va a caber en el relato de mi perra vida. Dios nunca se alejó de mí, fui yo quien, lleno de odio, me alejé de ese señor tan bueno.   A pesar de lo que dicen los que se la tiran de letrados en materia de criminología que, tal como lo dijeron hace un bojote de años Lombroso y más adelante,Enrrico Ferri, Carrara y todos aquellos estudiosos de esa ciencia,también decían que los delincuentes no se hacen por llevar coñazos de la vida, sino que nacen delincuentes.Esa vaina es mentira nojoda. No sean maricones caramba. Nooooooo……, la gente nace como todos los seres vivos, después de completar el desarrollo que exige la naturaleza. En los seres humanos, son cuarenta semanas o nueve meses.  El ser humano al nacer, es solamente eso, un recién nacido que hasta ignora que existe. ¿Es que acaso alguien ha visto a un niño nacer y cometer un delito de inmediato? ¿Algún bebé robó un pedazo de placenta o con un arma atracó al obstetra o a la partera?           A mí particularmente, me hizo delincuente la vida. Lo que percibí dia a dia. Lo que viví. Yo hubiese sido hasta un monje budista; pero los coñazos hicieron esa piltrafa que fui en vida.Me hizo asi la vida, los maltratos de la mujer que me parió, y de los tipos que se la raspaban como la puta barata que era. Hasta por un cigarrillo de dejaba coger esa perra. Esa fue la causa de lo que fui y de lo que, en esta vaina que no se que es y donde he estado solo por tanto tiempo,aun sigo siendo.Definitivamente, la causa de todo,fue lo que hizo mi madre conmigo. Esa fue la génesis, el inicio de la hecatombe. No hubo nada más ni a nadie más a quien tirarle la culpa. No fue falta de padre; puesto que quien se coje a una rata de esas lo menos que quiere es dejarla preñada. Y lo que más avivó esa candela, fue lo que me hizo aquel tipo que me violó en el retén. Ese fue quien lo inició todo. Eso que me hizo encendió unamecha que nunca se iba a apagar.Ni con la muerte de mi cuerpo se apagaría esa vaina.  Pero ese tipo no se iba a ir liso. Miré a mí alrededor y visualicé un enorme trozo de madera lleno de espinas y bien tortuoso. El carajo cuando vio aquello en mi mano me dijo algo que me dio risa, pero me la aguanté.   Verga chamo, no me vayas a pegar con esa vaina. No era para tanto lo que te hice.            Lo menos que yo quería era pegarle con el palo espinoso y torcido aquel. Se lo metí hasta el tronquito por el ano. Se lo metí completamente todo. El carajo aquel pegó un  grito infernal. Los muchachos de la banda se cagaban de la risa, drogados como estaban. Yo metía y sacaba aquel pedazo de madera rapidito. Tal como me lo hizo él pero con su falo. El culo se le convirtió en una vaina deforme que botaba sangre en mucha cantidad. Finalmente se lo incrusté hasta que mi nano también pudo entrar y se lo dejé enterrado allí. No iba a poder siquiera tirarse una ventosidad porque no había ningún espacio para eso. Al tipo parecía que se le iban a salir los ojos. Le temblaba todo el cuerpo. Me sentí realizado cuando presencié lo que estaba sufriendo aquel ser despreciable. Supe después que los muchachos hacían eso por mí por la sencilla razón de que fui el único testigo de que ellos fueron los que mataron a la doñita y no le dije una sola palabra absolutamente a nadie. Estaban pues, agradecidos de mi silencio. Me porté como todo un hombrecito, decían todos orgullosos de mí. De no haberme callado, de seguro la muerte se hubiese hecho cargo de mí. “El Nacho” estaba privado del dolor. Después que me quedé tranquilo porque me había pasado un poquitico la rabia, la poca razón que tenía me gritó que había algo nuevo que necesitaba aprender.Me senté en el piso al lado de ese sucio. Fue en ese momento que aprendí la técnica con la que hasta me quité la vida. “El Tuerto Máximo” sacó un cuchillo de su cinto y se lo pasó por el pescuezo a “El Nacho” y lo degolló sin más ni más. Yo me paré y con el dedo de la mano izquierda que estaba limpio de la sangre del culo de ese carajo, lo mojé con la que manaba de su cuello y se lo pasé por el cachete. Dibujé una línea de sangre en su cara como señal de una venganza bien sabrosa. Luego, me chupé los dedos y la sangre aquella, me supo más sabrosa que la comida que me daba la doñita. Desde ese día, nos turnábamos frente a aquel sitio de reclusión de menores de edad. Cada vez que salía alguno de esos tipos, le hacíamos lo mismo. Hasta que matamos al último de ellos y a los malditos uniformados también. Digo matamos por cosas mías, pero yo, hasta ese momento nunca le quité la vida a ninguna persona. Eran los muchachos quienes lo hacían. Yo solamente me limitaba a meterles a cada uno de esos bichos, el mismo trozo de madera que le introduje a “El Nacho”. Siempre dije que los matamos puesto que el de la idea fui yo y aunque realmente no les quité la vida, seguramente ellos hubiesen preferido que los hubiesen matado primero antes que yo les metiera aquellos treinta centímetros de madera llena de curvas y de espinas por el orificio anal en venganza por lo tan atroz que ellos le hicieron a un niño. A los guardianes del retenlos matamos en sus casas conjuntamente con sus mujeres e hijos. Claro está que a ellos los matamos de último, después que miraban como violaban a sus mujeres y a sus carajitos. Y siempre era la misma técnica.  A las mujeres las violentaban todos esos dementespor delante y por detrás y les metían aquello en sus bocas. Finalmente yo, con el leño en mi mano hacía lo de siempre. Luego “El tuerto Máximo” hacía lo suyo con el cuchillo que eternamente llevaba en su cinto. Con los muchachitos era distinto. Algunos tenían  más o menos mi edad y eran inocenticos los pobrecitos. Sus padres no pensaron que yo era tan inocente o más que sus hijitos. Pero yo ya tenía, repito, el diablo dentro de mí y nunca se me iba a salir ni yo ya quería que se saliera. A ellos si me los pegué. Ya había aprendido como se hacía y aunque no sentí más que dolor en mi pipí, les hice que lo que sus padres me hicieron a mí. Pero tampoco se escaparon del cuchillo del “Tuerto Máximo” por el pescuezo. Lo que si no les hice fue, meterles el tronco espinoso aquel. Me gustó más meterles mi tronquito.  Por la noche botábamos los cuerpos en el basurero que quedaba más o menos cerca y lavábamos muy bien la guarida. No dejábamos nadita de huellas de nada. Siempre le pegábamos candela a aquellas lacras. Nadie veía nada y si alguien veía algo ni pendejo que fuera para andar diciendo lo que había visto puesto que sabría lo que vendría luego. La policía estaba loca por los tantos bichos raros que aparecían carbonizados a cada rato. La gente andaba cagada porque se había desatado una matazón. Nadie reclamó ningún cuerpo de esos y los enterraban en una fosa común sin urna ni nada, como unos propios animales. A los guardias del reten y a sus familias los dejábamos en sus casas. El terror cundió por toda la ciudad puesto que pensaban que eran asesinos en serie ya que usaban el mismo modus operandi. Pero cuando nos raspamos el último de esos sucios y a sus familias, la vaina se quedó así. Cayeron presos unos pendejos pero después los soltaron porque nunca encontraron ninguna prueba. Supimos hacer las vainas bien hechas.            Asi comenzó mi trajinar en el mundo de la delincuencia. Ya tenía mi corazón como el demonio lo quería; insensible. Aún tenía en mis recuerdos, los carajos aquellos que se tiraban a Ifigenia y a Hilda pero esos pendejos no las obligaban, todo lo contrario, ellas los robaban y después los mandaban a la mierda. Esos gafos eran más bien, víctimas de esas tipas sin escrúpulos. El que si me las debía, era aquel que me tiró el zapatazo creyendo, en un principio que era yo una rata o alguna otra alimaña. Pero nunca pude olvidar que, cuando pegué aquel grito que acusó mi presencia, el carajo supo que era un niño que agazapado en un rincón, estaba más cagado que palo de gallinero. Ese desgraciado al verme, en vez de darle lástima, lo que quiso fue abusar sexualmente de mí.  Dijo, nunca hube de olvidarlo, que era mi culito algo tiernito y que no iba a perder esa oportunidad. Palabras más, palabras menos. No me hizo nada, porque me escapé tirándome por la ventana, estropeándome todo el cuerpo con el pedregal que había en la calle. Desde ese día, no volví a aquel infierno donde había “vivido” desde que nací. Pero había llegado la hora de pasarle factura a ese mal nacido. Desde que se metió el diablo en mi cuerpo, cuando estuve preso la primera vez y ese desgraciado me violó, prometí vengarme de todos los que se metieron conmigo y me hicieron sufrir, incluyendo a la mujer que me había parido; ella fue quien más daño me hizo. Al carajo ese al que me refiero, le decían “El Andrés”.  Lo buscamos durante tres meses hasta por debajo de las piedras. El “Mordisco e burro” y el “cara e cáncer” supieron que estaba preso. Había caído por microtraficante y los capos siempre pagaban buena plata para que los liberaran y siguieran vendiendo sus porquerías. Tan pronto salió, los muchachos lo engatusaron utilizado sus tantas argucias y el pendejo cayó también. Le hicimos lo mismo. Esa vez el palo era más grande y mas grueso y como con dos curvas más que el que había usado antes con los primeros desgraciados. A él se lo metí y se lo saqué por más de media hora. Y dejé de hacerlo porque no le dio chance al “Tuerto Máximo” de degollarlo, puesto que botó toda la sangre por la jeta más que por el culo y se murió sin que nos diera el gusto de pasarle el puñal por el pescuezo.            Nunca más supe de Alfredo ni de Wilfredo. A Ifigenia la vi una vez, cuando tenía yo quince años, dando lástima. Ya no era puta porque lo que daba era asco. Ni un marrano se la hubiese tirado. Era más que una piltrafa humana y lo que hacía, era hurgar entre la basura y comer de la porquería que encontraba. La reconocí de inmediato puesto que era mi madre al fin y al cabo esa vaina era algo instintivo. Me dio lástima, pero más que lastima, sentí repugnancia por ella. Afortunadamente no me vio, posiblemente no me hubiese reconocido pues, tenía casi cincoaños que no me había visto más. Hilda si se había convertido en una mujer muy bella. Se metió a vivir con un malandro con poder y dejó la “vida alegre”. Ahora se la tiraba de una gran v***a; pero lo puta nunca se le iba a quitar y cuando el marido salía a repartirles la droga a los vendedores, follaba con un carajito en la misma casa donde vivía con el aprendiz de capo aquel. Supe que un día aquel carajo terminó de trabajar temprano y se regresó también más temprano a la casa y entonces los descubrió y los quemó vivo a los dos. Pendejos, debieron haber hecho sus cositas en un hotelito o en cualquier otro lado. Con quince años encima, ya había entrado al reten muchas veces; por que siempre me agarraba la policía como un pendejo, robando baratijas para comprar marihuana. Me caían a coñazos y a los días me soltaban porque no me aguantaban. Violaba a todos los carajitos chiquitos que estaban presos asi como habían hecho conmigo aquellos desgraciados. Se repetía de ese modo aquel círculo vicioso del malandraje. Y antes de que provocara una desgracia mayúscula que desatara las críticas de la prensa, preferían soltarme a que fuera a echar vaina a la calle y dejara las cosas tranquilas en el reten, para evitar represalias de los políticos de turno y destituyeran a los directivos de aquel antro. Pendejos no eran y a mi me convenía que no lo fueran. Seguía yo haciendo cada día máscalembe, más malandro, más diabólico. Entonces me gané el titulo del malandrito más terrible del barrio.  Gabriel y Mercedes provenían de dos familias distinguidas y sumamente amigas. Los padres de ambos fueron grandes amigos y ambas familias sufrieron en extremo, el terrible accidente acaecido con Plinio. Cuando ya habían entrado en la adolescencia, comenzaron a sentir una atracción el uno por el otro. Atracción ésta que con el tiempo se transformó en amor. Y el amor prosperó y se introdujo de manera definitiva en aquel par de corazones juveniles y que derivó con el paso del tiempo y cuando se sintieron definitivamente preparados; en un matrimonio admirable. Nemesio nunca participó en nada de lo que tuvo que ver con Gabriel desde que sucedió aquello. Nunca más le miró a la cara, ni le expresó siquiera una palabra aunque fuese de reproche. La única frase que le dirigió después de la tragedia, fue que para él, no era solo un hijo el que había muerto sino ambos.            Amanda consideró que esas palabras brutales, eran producto del enorme dolor vivido; pero con el paso del tiempo, aquel distanciamiento se hizo cada vez más pronunciado hasta que inevitablemente; se transformó en irreversible. A pesar de lo enérgico y cruel de la determinación de aquel hombre colmado de rencor, nadie dudó jamás de que se trató sólo de un lamentable accidente. Gabriel jamás había mirado un arma de fuego. Contrario a ello, Amanda muy disgustada, se enfrentó con su marido al denotar aquella ridícula actitud para con su hijo y a manera de aclaratoria, le hizo saber que si en el supuesto caso de no haberse tratado de un accidente; el único culpable debió haber sido él, puesto que fue quien dejó aquel instrumento totalmente cargado, en un sitio en el que sabía que a diario, los niños jugaban inocentemente.             Nemesio nunca escuchó razones respecto de lo que se comentaba de su actitud. Evidentemente que Amanda nunca lo consideró responsable, más si, muy negligente; pero de ningún modo, culpable. Absolutamente de nada era él culpable. Pero aquel hombre ya había sido inyectado de un odio supremo contra Gabriel y de todo lo que tuviese que ver con él. Sintió deseos de acabar con su vida; pero sino lo hizo, nadie supo porque. Dentro de sí, algo silencioso anidaba desde tiempos memorables. Era su corazón quien, poseyendo un defecto que en un principio resultó casi que imperceptible, fue creciendo con el paso de los años. Su médico se lo había dicho y él, guardó aquel diagnóstico terrible, como el secreto que se llevaría a la tumba. Es más, hasta le agradó saber que tarde o temprano la sorpresa que recibiría de su órgano cardíaco lo llevaría directo a reunirse con su hijo, sin necesidad de cometer un pecado mortal que tal vez evitaría precisamente, reencontrarse con sus seres amados por toda la eternidad.           Gabriel sintió pasos tras de sí y esos pasos lo sacaron de inmediato de su ensimismamiento. Mercedes con su infinita ternura, sabía que a esa hora siempre estaba allí, mirando hacia el extenso horizonte, entregado a sus recuerdos y pensando en su frágil salud. Ella lo abrazaba y besaba su cuello sutilmente. Él le respondía a su ternura, con más ternura aún. Luego de abrazarse por un largo rato en aquella terraza donde ya el sol se anunciaba portentoso, entraron a la casa y se dirigieron al comedor a tomar el desayuno que ya ella había preparado y lo tenía dispuesto sobre la mesa. El ingería un trozo de pan integral con una lonja de jamón de pollo, sin una pizca de aderezo siquiera. Acompañaba su desayuno, con medio vaso de leche totalmente descremada. Ella desayunaba mucha fruta y tomaba café n***o, excesivamente cargado y sin azúcar, por aquello de mantener la figura.  Era Mercedes una mujer muy bella. La belleza de ella, era la de los serafines. Su hermosura singular y, sin embargo, plácida, y la penetrante y cautivadora elocuencia de su voz profunda y armoniosa, se abrieron camino en el corazón de Gabriel. Eraalta y un poco delgada. Sería pueril intentar la descripción de su majestad, la tranquila soltura de su aspecto o laasombrosa ligereza y elasticidad de sus movimientos. Su boca y mentón eran los de una semidiosa; los ojos, singulares, fogosos y enormes, de una tonalidad fluctuando entre el purocastaño y el más intenso y brillante azabache. Era poseedora de una plétora de cabello n***o y ondulado, bajoel cual se destacaba una frente de inusual anchura, que por momentos resplandecía comomarfil iluminado. Era esa beldad, la que había conquistado a Gabriel cuando eran apenas adolescentes e iban al mismo colegio.   Por su parte, Gabriel había heredado la enorme estatura de sus antepasados, al igual que el carácter versátil de los mismos; cosa que aprendió a controlar desde que era un niño. Desde que superó la pubescencia, siempre fue un jovende contextura corpulenta, sin ser fornida, y las líneaspotentes y expresivas, denotaban en él, una gallardía casi soberbia. Su aspecto y su atavíosiempre denunciaban su gusto exquisito. Su comportamiento amable y siempre agradable,revelabaal hombre sumamente culto que era, cuidadoso del buen parecer. En sus pensamientos, siempre se enfrentaban dos sentimientos contrariosacerca de las experienciasvividas. A ratos, la sosegadavanidad de surostro se animaba con una expresión de frenesíal sentirse afortunado por lo generoso, desde el punto de vista financiero, que había sido la vida con él, además de haber tenido una bella familia y en ese momento, ostentar una esposa y dos hijos que llenaban su vida de placidez. De ese modo, le resplandecía la miradade incomparable felicidad; pero, en seguida, fruncía el ceñoy la boca se le constreñía en un gesto de inocultable tristeza, al recordar el aciago momento en que accidentalmente le quitó la vida a su adorado e inolvidable hermano.Y aparte de todo aquel martirio sentido desde que era apenas un niño y sintiendo inclusive, hasta el desprecio de su padre considerando culpable; se le agregaba,la terrible enfermedad que padecía y que le robaba los sueños y las ilusiones.           Gabriel y Mercedes, tomados de las manos, se dirigieron despacio hasta la recámara donde él debería recostarse, puesto que estaban esperando la visita de su amigo y cardiólogo, Eligio Betancourt quien le haría un chequeo rutinario dado la dolencia que llevaba varios años presentando. Él fue amigo tanto suyo como de Plinio, desde la infancia. De hecho, eran vecinos y en ocasiones,compartían uno que otro juego; sobre todo, con el enorme perrazo que fue el inolvidable Zeus. El Doctor Betancourt siempre se destacó por ser un excelente estudiante y lo demostraba constantemente con el rendimiento que siempre obtuvo en sus estudios. Se hizo médico en la misma universidad en la que Gabriel estudió Derecho, aunque egresó un año más tarde.  Se especializó en cardiología en Brasil, gracias al poder adquisitivo de su padre que pudo costear ese sueño que desde siempre, tuvo el aventajado estudiante. Al terminar su especialización que se extendió por tres años, decidió radicarse en el gigante suramericano; pero un aspecto de su personalidad, le ocasionó un extremado rechazo en una época algo ortodoxa. Regresó a su país natal y dedicado de lleno al ejercicio profesional, puso a un lado su vida privada y por eso, no había alcanzado su plena felicidad personal. Pero con el tiempo, las globalización lo envolvió todo y ya aquellos escrúpulos sentidos otrora, fueron dejados libres y asi, se había convertido además de un eminente profesional, en un hombre completamente feliz, a lado del caballero de quien se había separado en su juventud cuando era estudiante en el extranjero y que había luchado contra todo, por recuperar un amor que se creyó perdido en los brazos de una absurda mezquindad.  Ya ubicados Gabriel y Mercedes en la inmensa recámara matrimonial y antes de tomar asiento, se abrazaron tiernamente como siempre lo hacían desde que se habían casado, incluso desde que se hicieron novios y habían adquirido su compromiso matrimonial. Luego de ese abrazo extenso, se besaron igualmente con sobrada ternura. La magia deaquella dócil caricia, fue interrumpida por el sonido del timbre, que anunciaba la visita esperada. Agustina,la joven del servicio, quien en ese momento estaba atareada en el lavandero, acudió solícita al llamado que hicieran desde la puerta principal de la residencia. Efectivamente era el cardiólogo quien de manera puntual como era ya una de sus principales virtudes, se hacia anunciar. Mercedes bajó de inmediato sin necesidad de que Agustina anunciara la llegada del galeno. Cuando Mercedes se presentó ante el visitante, ya la chica le había ofrecido asiento y se había retirado a la cocina, en busca de un exquisito tinto que gustosamente él le había aceptado tras su amable ofrecimiento.  Cuando Gabriel estaba estudiando en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas de una de las más prestigiosas universidades del país, sintió un pequeño malestar al que, en un principio, no le prestó la menor atención. Se trató en ese momento, de un molesto dolor de cabeza repentino. Tan molesto, que tuvo que salir del salón de clases y, en una de las salas de baño, se impregnó la cara con agua helada del lavabo y luego, la secó con su pañuelo. Salió de ese sitio, caminó un poco respirando el aire fresco que en ese momento se dejaba sentir, puesto que era el horario nocturno y ya, habiendo pasado aquel malestar que creyó pasajero, regresó a la clase; ofreciendo disculpas al docente por los minutos que hubo de ausentarse. Eso fue sólo el principio, puesto que horas más tarde, ya en el apartamento donde habitaba, sintió la cefalea nuevamente, en esa oportunidad más fuerte. Nuevamente le restó importancia y, tomando un analgésico común automedicado, se dispuso a dormir.  El dolor cedió gracias a la acción del fármaco y no pensó más en ello, continuando de esa manera, su rutina estudiantil.  Pasó el tiempo y con él, las cosas rutinarias en la vida de Gabriel se sucedían como tal, ataviadas de más y más rutinas. Exigencias académicas, lecturas de textos legales para salir airoso de las mismas. También se sucedía en la vida del joven, un suceso que significabalo que más le llenaba la vida, y éste no era otro que sus amoríos con una de las mujeres más bellas que ojos humanos hayan mirado y ésta no era otra que Mercedes su gran y único amor. Éstahabía estado de permiso en sus actividades, debido a una intervención quirúrgica de emergencia a la que hubo ser sometida la señora Maribel, su madre, derivada de un profuso sangramiento que se le presentó como consecuencia de una afección uterina que se pasó de la raya. Una fibromatosis uterina, denominada así por la ciencia médica y que ameritó la extirpación inmediata del útero mediante una operación señalada como Histerectomía Total. Pero ya la señora Blanchard estaba recuperada y entonces, la joven se reintegró a sus labores estudiantiles. Por ello, la rutina de siempre de Gabriel sería sorteada, con una visita a su gran amor.  Esa noche pasó buscándola a la residencia para visitar un centro comercial que recién había abierto sus puertas y en donde, según unos compañeros de estudios que ya lo habían visitado, existía un local fabuloso en el que se podían pasar unas horas envidiables en buena compañía. Acordaron ir a dicho lugar con la intención de confirmar la veracidad de los comentarios positivos al respecto. Realmente se trataba de una pequeña tasca decorada con una originalidad delicada. Resaltaba una atención esmerada y la calidad de lo expendido era única. Tomaron varios tragos de licor y fumaron cigarrillos de manera podría decirse que exagerada. En ese instante Gabriel le confesó a su amada que él consumía marihuana. Ella se enloqueció de manera sin precedente y le exigió dejar ese vicio so pena de terminar aquella bella relación. Por supuesto que él accedió y nunca más lo hizo, aunque llevaba ya varios años haciéndolo. Su promesa fue cumplida y nunca más se volvió a hablar del tema. Pero por mucho tiempo libaron licor y fumaban cigarrillos en exceso, y esa noche no fue la excepción.No existía bullicio alguno y de un dispositivo muy moderno, se dejaba escuchar una seductora música que, sin ser bulliciosa era extraordinaria. La iluminación era cómplice delicada sin llegar a ser comprometedora. En ese sitio, la linda pareja se sintió como en la gloria.  Pero repentinamente, las luces se apagaron para Gabriel y no fue sino, pasadas unas horas, estando en la sala de emergencias de un centro asistencial hasta donde fue trasladado, cuando recobró el sentido completamente confuso.A su llegada a la clínica, fue atendido de urgencia por un equipo multidisciplinario. Lo examinaron de manera integral desde la cabeza a los pies. Al medir su tensión arterial, la misma estaba a niveles elevados; cosa no muy frecuente a su edad. Le extrajeron sangre para los respectivos análisis, le tomarían radiografías y le practicarían un electrocardiograma. Eran los análisis de rutina. De ser necesario, de acuerdo a lo obtenido en los mismos, se practicarían otros que requerirían preparaciones previas.El médico cardiólogo fue quien se encargó de detallar lo elevado de sus cifras tensionales. 160 sobre 100 para ser más exactos. Era pues, según el médico tratante, una crisis de hipertensión arterial. Explicó el galeno a sus acompañantes, entre ellos a Mercedes y al amigo de ambos, Eligio, quien en ese entonces estudiaba medicina y a quien Mercedes había llamado angustiada, lo siguiente: Llamamos presión arterial, a la fuerza queejerce la sangre sobre las paredes de las arteriascuando circula por ellas. _Sabía el médico que estaba siendo entendido por el amigo del paciente, por ello lo explicó con algo de tecnicismo._Como éstas son elásticaspueden adaptarse a distintas situaciones, demanera que la presión cambia en diferentes lugaresdel recorrido y por diferentes circunstancias. Que lapresión arterial se eleve de forma aislada nosignifica nada, pero cuando se detectan, de formacrónica y continuada, unas cifras por encima de unvalor determinado hablamos de hipertensión.Por consenso, se han fijado esas cifras en 140/90milímetros de mercurio. Es decir, 140 parala máxima o presión sistólica y 90 para la mínima opresión diastólica. Son los valores a partir de loscuales se considera que una persona eshipertensa.Habrá que hacerle una serie de estudios especializados para comprobar si se trata de un caso fortuito, es decir, casual; o si por el contrario, hay algún problemaque está produciendo esa crisis. Mi sugerencia es, por ahora, bajar esa tensión hasta que llegue a límites normales. Luego controlársela diariamente durante unas dos semanas a ver que pasa. Veré que hay en el electrocardiograma.  En el electrocardiograma se reveló algo inusual, tal vez lo que había originado el problema que lo mantenía en aquel sitio.El médico explicó que había detectado una pequeña alteración en el ritmo cardíaco, puesto que las ondas registradas presentaban una ligera variante. No era nada grave,pero el hecho de haberse presentado esa elevación de la tensión arterial, habría que ser tomado en cuenta. Recomendó que cuando le fuera posible, acudiera a su consultorio, si asi lo decidiera, o a cualquier especialista en cardiología de su preferencia para determinar a ciencia cierta el origen de dicha alteración. Cuando todo regresó a la normalidad, los tresretornaron a sus hogares y por su parte Gabriel pensando en lo dicho por el médico, recordó que su padre había fallecido,hacía apenas unos pocos meses, de un ataque agresivo al corazón. Eso le preocupó en demasía, pero de inmediato pensó que una cosa no tenía necesariamente que ver con la otra. Estaba seguro que tal vez había sido el estrés de los últimos exámenes. 
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD