Como casi todas las noches, aquel caballero se despertó de manera brusca, exaltado por la pesadilla de siempre. Estaba sudoroso a pesar del agradable clima que se sentía a expensas del acondicionador de aire. Su rostro revelabaespanto, el terror de siempre; el pánico que aquel recuerdo le provocaba, a pesar de los tantos años que habían transcurrido desde que se produjo la tragedia que nunca habría de olvidar. Ya despabilado por completo y aterrizando en su no menos espeluznante realidad actual, Gabriel asió la caja de medicamentos que estaba apostada sobre su mesita de noche. Lo hizo de manera casi refleja con dos más. La penumbra lo cobijaba casi todo. Llegaba un leve resplandor que se filtraba por debajo de la puerta del aposento que compartía con Mercedes; su señora. Procuraba hacer el menor susurro posible, en resguardo del sueño de su consorte. Faltaba poco para que amaneciera, a ella le gustaba mucho dormir. Si no tenía algo importante que hacer esa mañana, ¿Por quétendría que despertarla?
Salió de la recámara con las cajas de sus medicinas y ya en el comedor, se sentó a esperar que fuese la hora exacta. Miró su mano abierta sobre la que permanecían varias píldoras de color blanco. Las separó en dos tandas y fue en busca de agua fresca. Recordó que en su infancia, Amanda, su madre, le indicaba que era imprescindible tomar los remedios con agua fresca; nunca con agua helada. Así lo hacía desde entonces. Ingirió sus medicamentos como siempre, en dos ciclos, y luego de quedarse unos minutos pensativo, inmóvil, como ausente; se dirigió al refrigerador a seleccionar los alimentos que componían la rigurosa dieta que tenía que consumir a diario. Era muy riguroso en ello. Por eso seleccionaba verduras frescas para evitar que la cocinera le metiera gato por liebre.
Mientras lo hacía, miraba constantemente un papel que estaba colocado cerca de él, adherido a uno de los gabinetes de madera. En él se encontraba específicamente escrito, el tipo de alimentos que debería consumir ese día. Era la categorización de su nutrición que manos especializadas habían ideado. Al lado de éste, permanecía otro con la lista de fármacos que también tenía que tomar diariamente mientras se decidiera un diagnóstico definitivo para poder actuar en consecuencia. Ya ese último no lo miraba; pues conocía de memoria su contenido y seleccionaba las medicinas de manera automática. Esa situación le procuraba una gran aspereza debido a lo limitado que se sentía. No tenía las fuerzas necesarias para llevar a cabo lo rutinario de cualquier hombre de su edad y de su nivel académico. Se había retirado momentáneamente de sus quehaceres laborales debido a laafectación en su salud. Sobre él se había posado el anatema de los resultados de una gran gama de estudios especializados que le habían realizado y que ponían al tapete; una gran arritmia cardíaca que padecía y la que había que explorar debidamente.
Su semblante no era el mismo. Ya se había albergado en él, una tristeza perenne que le había secuestrado las ganas de vivir. La extrema delgadez lo hacía ver más alto de lo que era. Su cambio físico le había trastornado al extremo de procurar no mirar espejo alguno. Hubo retirado, a pesar de las diarias protestas de su mujer; uno inmenso que había permanecido por muchos años en la recámara. Era esa una recámara inmensa donde ya no le gustaba estar. Sólo permanecía allí justamente el tiempo necesario para tratar de dormir. No podía hacer nada más en ella y eso magnificaba su animadversión por su propia existencia; pidiendo perdón a Dios a cada instante por las constantes blasfemias que pasaban por sus pensamientos. No era precisamente su estado de salud lo que lo mantenía asi de desbaratado. Era un pensamiento constante que no lo dejaba vivir en paz. El pensamiento de un pasado que nunca se perdería en los vericuetos del tiempo.
Se paró y caminó con desgano hacia el refrigerador nuevamente. Esta vez, tomó un sorbo de agua helada y se dirigió meditabundo por un oscuro pasillo rumbo hacia su privado, donde encendió un enorme televisor embadurnado en modernismo; para mirar lo que estuviera a disposición de cualquier trasnochado como él. Nada de lo que se presentaba en la televisión le llamaba la atención. Sólo se entregaba a una depresión con doctorado que llevaba tiempo apabullándolo y que era verdaderamente testaruda a cualquier estratagema psicológica o psiquiátrica intentada en innumerables ocasiones.
Las imágenes de un héroe enmascarado y ataviado completamente de n***o, incluyendo una selecta capa y hasta guantes, cabalgando sobre un elegante, veloz e inteligente corcel azabache, quien siempre burlaba a un tonto y obeso soldado del siglo XIX, un héroe producto de la ficción que eternamente estaba acompañado de un sordomudo que no era sordo nada; se perdían en lo oscuro de la noche, puesto que Gabriel se había levantado ya de aquel sillón de comodidadintensa y se había dirigido hasta la terraza. Allí, sentía la glacial brisa previa al alba, que llegaba a su rostro y que desordenaba sus cabellos cenicientos. Sus reminiscencias llegaron sin haberlas evocado. Aquel atormentador momento de su pubescencia siempre lo acompañaba y cada vez que se presentaban en sus pesadillas, lo abrumaban por más que los años habían tratado de que ellos se disiparan para siempre. Pero no era asi, nunca lo iba a olvidar. Testarudamente escuchaba el estruendo de aquel protervo disparo.
Aquel sonido constante que en sus pesadillas y aún, estando despierto; llegaba a sus sentidos como queriéndolo volver chiflado tal vez. Mirando hacia la intensidad de aquel horizonte aun ataviado de sombras, evocaba aquel fatídico instante. Recordaba el revolver dejado irresponsablemente al completo alcance de cualquiera, allí, justo sobre una mesita decorativa de la sala. Rememoraba el inocente juego que dos hermanos llevaban a cabo casi que a diario, su mirada fortuita que se posó sobre aquel instrumento de muerte, su curiosidad congénita que lo indujo a tomar entre sus manos aquel diabólico adminículo y luego;el inmenso estruendo que se produjo cuando fue expelido el proyectil que despedazó el cráneo de su hermano mayor; aunque sólo dejó un pequeñísimo orificio por el sitio de entrada. Era ese el perpetuo tormento que Gabriel había vivido a diario desde que sucedió aquello de manera evidentemente accidental.
La génesis de aquella tragedia se inició por allá por los años cuarenta del siglo pasado, específicamente cuando llegó a la vida Nemesio Morgado, hijo de Anastasio Morgado y de Domitila Alarcón, quienes se habían arrejuntado muchos años antes y ya después de haber tenido doce muchachos, decidieron legalizar el enorme período de unión estable de hecho, casándose en San José de María, un pueblito alejado de todo y en el que sus pobladores vivían apaciblemente. Anastasio Morgado había fundado junto a unos cuantosatrevidos y valerosos hombres de trabajo recio, aquel pequeño poblado que fue creciendo con el paso de los años. El progreso había llegado poco a poco a aquellos parajes.
Con los años, aquel tipo medio bruto se fue haciendo de una enorme cantidad de tierras que malamente despojaba a unos pendejos, que de puro miedo, renunciaban a sus posesionesy se largaban cagados, a establecerse en otros sitios, a veces algo inhóspitos, a tratar de comenzar de nuevo. Muchos no lo lograban y se iban a la ciudad con todo y familia, a trabajar de lo que fuese y en ocasiones hasta a mendigar.El raposo veterano aquel, se asió de una enorme cantidad de reses ajenas también, al estilo doña Bárbara, y fue luego conocido como uno de los más grandes terratenientes de la región, millonario más por viveza quepor esfuerzos propios; pero al fin y al cabo, millonario.
Tuvieron una docena de tripones como él mismo los llamaba, pero casi todos se les murieron de “mal de ojo”, paludismo, tifus o de cualquiera de esas vainas raras de la época y que él, tacaño congénito, por ahorrarse un poco de la gran fortuna que tenía tal vez enterrada sabrá quien donde, no los sacaba a la civilización; sino que los llevaba a curanderos charlatanes en donde, a fuerza de brebajes que según y que eran milagrosos, de fumadas de tabacos y ramazos, contribuyeron a que se fueran todos para el cielo. De puro milagro, tres de ellos quedaron vivos, los menores; puesto que por fin Domitila Alarcón cansada de ver morirse a su prole antes de llegar siquiera a mudar sus dientes, se largaba al hospital de la gran ciudad, cada vez que los únicos que les quedaban, se enfermaban de lo que sea, asi fuera de un vulgar catarro. El avaro de Anastasio no paraba de hacer trácalas, nadie entendía porque hacía eso,puesto que ya tenía más plata de la que necesitaría para vivir tres vidas seguidas. Ya en todas partes le llamaban Don Bárbaro, en alusión a aquel personaje ficticio del ex presidente Gallegos; pero con nombre de macho.
Domitila cuando se metió a vivir con Anastasio, lo hizo prácticamente obligada por su papá que vio una gran oportunidad de deshacerse de una boca que tenía que alimentar. Desde el primer día en que comenzó a compartir su vida con aquel hombre, raudamente comenzó su suplicio. Como sucedía constantemente en esa época, la sumisión de la hembra era una de las particularidades que se vivían frente al macho déspota y machista por naturaleza que predominaban desde siempre. Comenzó a empreñarla como si fuese una coneja y cada año traía un muchacho al mundo allí mismo en la casa, sin ayuda de nadie. Él, cumplía con llevarles el bastimento necesario para que no se murieran de hambre. Se desaparecía de la casa por varios días y luego aparecía sin dar explicación alguna. Las lenguas viperinas que a través de la historia de la humanidad nunca han faltado, comentaban que tenía mujeres en cada rincón del poblado y con cada una, tenía un montón de bastardos que vivían como menesterosos.
Domitila sabía de las andanzas de su marido, pero no le convenía hacerle ningún tipo de reclamo. La única vez que se atrevió a hacerlo, recibió una soberbia paliza que por poco la mata. Pasó varios días acostada en su chinchorro con el cuerpo magullado, sin poder atender a los dos primeros hijos que ya había tenido con aquel cavernícola. En esa ocasión, su comadre Tomasa le echaba una manito, mientras ella se recuperaba de la caída que había sufrido de la bestia que montaba, según le decía a la buena mujer, creyendo erróneamente que la misma se tragaba la ficción aquella. Todo el mundo sabía de los maltratos que esa pobre mujer sufría pero de puro miedo, nadie le decía nada, mucho menos ella. Y como Petronilo Avendaño, el jefe civil, era su compañero de tragos, de putas y de trácalas, se hacía de la vista gorda.
Ambos se la pasaban todas las noches, excepto los domingos, en “El Manantial” un tiradero de mala muerte donde las putas culonas, tetonas y con pelucas ridículas, se paseaban desnudas en pelotas en todas direcciones, tratando de ligarse algunos clientes; pero eran tan fofas aquellas carnes, que a cualquiera se le quitaba las ganas con tan sólo verlas, a pesar de la tenue luz que lo abarcaba todo. Para ellos dos, el chingo Abdón, propietario del antro, mandó a buscar desde República Dominicana, según el mismo repetía petulante a cada rato, lo cual nadie creía; un par de despampanantes trigueñas que solamente ellos podían pagar. Los demás, se conformaban con tirarse a aquellas gordas casi seniles. Luego decían que parecía que se estaban follando con algo así como un pudín.
Ellos se creían dueños de esas hembras y de vaina no las marcaron con un fierro ardiente cual ganado, para demostrar de ese modo sus dominios. Nadie se atrevía siquiera a mirarlas, puesto que de alguna manera se enteraban y vaya que se formaba tremendo lio nada más por eso. Las mujeres se querían largar de ese sitio, pero prácticamente estaban esclavizadas por aquellos desgraciados que bajo amenazas; las tenían a su entero alcance cada vez que les daban ganas de revocarse con ellas. Pero en el corazón nunca se ha mandado y María Antonia, la más bonita de las dos, puso sus ojos en Humberto; un jornalero que trabajaba para Anastasio. Él también había sucumbido a sus encantos y a ambos se les ocurrió la pésima idea de verse a escondidas en un recodo del pueblo, muy apartado para esconderse de cualquier fisgón. Pero como siempre, el viejo se enteraba de todo y al pobre muchacho lo encontraron con un mosquero en la boca varios días después de tanto buscarlo su familia por todos lados. María Antonia se ahorcó dos días más tarde y entonces, como Tibisay se había quedado más sola que la luna, ambos personajes la obligaban a practicar un perverso trio donde llevaba más coñazos que el demonio en un convento.
La mañana de un enorme verano de esos que manda el diablo, un jinete que a diario iba a recoger sobras de comidas que Domitila le guardaba escondida de su marido, encontró a éstos degollados cada uno en su chinchorro. Debajo de esas camas colgantes, la sangre coagulada denunciaba que llevaban muchas horas siendo ya finados. Los tres muchachitos que ya estaban creciditos. Se encontraban aterrados, escondidos detrás de unos fardos de café y de maíz. Eran ellos Orlando, Ovidio y Nemesio. Tenían doce, diez y ocho años respectivamente y ya por una desgracia sin paragón,eran huérfanos de ambos progenitores. Todos sabían que se había tratado de una venganza por demás merecida y hasta se alegraban de la muerte de ese ser tan repudiado; pero la pobre Domitila no mereció haber muerto de esa cruel manera. Evidentemente que quien o quienes la mataron a ella también, fue para no dejar testigos.
Las trácalas de Anastasio fueron tan bien planificadas y alcahueteadas, que por donde se asomara cualquier leguleyo o un verdadero jurista, no se denotaba ningún viso de ilegalidad. Todo aquello era de esos tres carajitos y tan pronto se supo de la carnicería llevada a cabo, llegaron tantos parientes y jalamecates como arena hay en el desierto. Bien lo dice el dicho, que no hay parranda que no termine en pelea ni rico sin jalabolas. Un funcionario que parecía medio maricón, vestido siempre de solemnidad y con el pelo desmedidamente engominado, pero que era incorruptible como él solo; nombró como albacea a Cristina, una honorable dama que vivía en la capital, hermana mayor de Domitila Alarcón de Morgado y ésta se comprometió a cuidar de los muchachos como si fueran sus propios hijos, puesto que era una solterona empedernida. Además se comprometió y juraría que lo haría en memoria de su pobre hermana, que velaría porque el dinero heredado fuese debidamente invertido para asegurar el futuro de los mismos.
Vendió todo aquello tan pronto se hizo la declaración sucesoral en la capital y se fue con sus muchachos y el dinero de los mismos, bien lejos de aquel sitio que habrían de olvidar. Cristina mandó a desenterrar a su hermana que había vivido un infierno al lado de aquel ladrón con doctorado y la sepultó ya definitivamente, en el mausoleo de su familia en una ciudad llena de rascacielos.La noble dama desde ese momento, formaría familia con sus tres sobrinos a quienes les decía “sobrinos-hijos” y ellos le correspondían llamándola “tía -mamá”.
A partir de entonces, los tres hermanos llevaron una vida digna y muy onerosa dado que su tía- mamá, como les decían, invirtió acertadamente el dinero heredado como toda una experta en ciencias económicas egresada de Harvard o de cualquier otra casa de estudios de excesivo prestigio. Al morir Cristina, a esos capitales se les añadió los de ella y cada cual trazó su propio emporio por separado, siendo tan exitosos; que pronto desplegaron sucursales de sus negocios en todo el país.Orlando y Ovidio, años después, se radicaron el los Estados Unidos y Nemesio, dedicado al área de la construcción, prefirió quedarse en el país. Era dueño de varias contratistas del ramo y se convirtió en un portentoso empresario. Contrajo matrimonio muy acertadamente con una joven profesional de la medicina de extraordinaria belleza de nombre Amanda Sanoja y tuvieron dos niños hermosos. Primero nació Plinio quien fue sietemesino, pero con los cuidados de su madre, superó de manera milagrosa ese inesperado trance y creció sano y fuerte. Dos años después vino al mundo Gabriel y con él, “cerraron la fábrica” puesto que ambos pensaron que con dos hijos era suficiente para formar la hermosa familia que a todas luces, llegaron a ser.
Nemesio y Amanda en un principio, específicamente cuando planificaban su matrimonio, conversaban acerca del futuro. Querían que el mismo fuera lo más brillante posible tanto para ellos como para sus descendientes.En un examen médico prematrimonial que les realizaron a ambos, de acuerdo a los requerimientos de la novia que, médico al fin, quiso descartar algo que se pudiese transmitir a sus hijos. No era paranoia o algo por estilo. Era sencillamente una rutina que todos quienes piensen formar familia deberían hacer de manera preventiva. Amanda resultó ser una persona de salud perfecta; Nemesio no del todo, puesto que una pequeñísima afección cardíaca, probablemente congénita, fue detectada mediante un riguroso examen. El especialista refirió que no era nada que revistiera gravedad, de hecho, el mismo paciente expresó que había sido siempre una persona sana, deportista y muy trabajadora, que se alimentaba bien y procuraba no ingerir alcohol salvo pocas excepciones, ni fumar cigarrillos. Por ese motivo, prefirieron no hablar nunca más de ese detalle.
Cuando llegaron los niños, Amanda se retiró por unos años del ejercicio profesional como especialista en pediatría, para dedicarse enteramente a la crianza de sus dos hijos. Nunca fue partidaria de niñeras ni nada de eso, aunque en esa época eso era muy inusual. Nadie va a cuidar mejor a los hijos que su propia madre, decía constantemente cuando le preguntaban el porqué había dejado de ejercer, siendo una exitosa profesional. Nada había más importante para ese matrimonio que Plinio y Gabriel. Ellos lo significaban todo para sus padres, aunque como siempre, había un pequeño detalle que con el tiempo se fue haciendo preocupante y éste no era otro que para Nemesio, Plinio, por ser su primogénito, de manera abierta resultaba más favorecido en sus atenciones. No significaba ello que no amaba profundamente a Gabriel; pero si eran para Plinio los mayores cuidados, las mejores ropas y todo lo que recibía constantemente.
La mayoría de las veces Nemesio era de la opinión de que Gabriel debería utilizar la ropa que ya su hermano no usaría más porque ya no le quedaba a su medida. Amanda se molestaba demasiado y bajo ninguna circunstancia permitía aquello. Ambos merecían el mismo trato y siempre prevaleció la preferencia que Nemesio profesaba por su hijo mayor. Ella sin que su marido se percatara, regalaba la ropa que ya no le quedaba a Plinio y le compraba todo nuevo a Gabriel. Absolutamente todo, con la sabia finalidad de que ni Plinio se sintiera superior, ni Gabriel todo lo contrario. Pero con el tiempo, el trato de Nemesio para con Gabriel no era ni remotamente el mismo con el que trataba a Plinio y eso lo fue marcando de manera inevitable. Aun asi, los muchachos se amaban como los hermanos que eran y como casi no salían de casa, siempre jugaban muy divertidos o dentro de la casa, o en el inmenso patio de ésta.
Nemesio, la mayor parte del tiempo que permanecía en su casa, lo hacía enteramente encerrado en su privado en medio de una selva de planos y proyectos de obras de gran envergadura. Entre los tantos asuntos que ocupaban su vida tanto personal como laboral, siempre estaba latente su pasado agreste. Se mantenían en su mente, los momentos vividos en su infancia en medio del sufrimiento que vivió siempre su madre, debido al comportamiento salvaje de su padre. Ese comportamiento que ese demonio expandía hacia los únicos hijos que se habían salvado y a quienes castigaba a diario solamente por una especie de capricho. Y cotidianamente rememoraba la mañana macabra en que vio a su madre con la cabeza colgándole de un pedacito de carne del cuello. Y bajo la hamaca, el enorme charco de sangre que ya estaba semisólida. A su padre ni se molestó en mirarlo, todo lo contrario, sintió un verdaderoconsuelo de que alguien por fin se había hecho cargo de aquel demonio que tanto daño les había hecho y a quien temían de forma descomunal.
La disyuntiva que suponía los tratos distintos que recibían sus hijos de su parte, significaba sólo una pequeñísima mancha en una vida familiar inmaculada. Era de suponer que siempre, hasta en las mejores familias suceden esos desatinos con los hijos. Tal vez por ser Plinio su hijo mayor y habiendo nacido antes de tiempo, arrugadito como un viejito, lo consintió siempre más de la cuenta.Cuando el médico les había anunciado que iba a nacer prematuramente al precipitarse las contracciones de Amanda, le explicó de manera contundente; que probablemente no iba a sobrevivir. No existían en aquella época, los adelantos tecnológicos de éste presente sin par y estaba latente la posibilidad de que el sino del bebé no fuese el esperado por sus padres. Entonces Nemesio se prosternaba constantemente ante una imagen sagrada que pernoctaba en la capilla del nosocomio, rogándole a Dios porque su hijo naciera bien y que pudiera salvarse.
De cualquier forma, de suceder algo ominoso, rogaba las fuerzas necesarias para poder tener el denuedo suficiente y poder enfrentar aquel estropicio.Y a ese hecho se le agregaba lo que él hubo de vivir habiendo tenido una infancia tan aciaga; por ello vertió en su primogénito, todo ese enorme caudal de atenciones que sintió que le fue negada por aquel ser infernal que fue su padre y que en vez de ello, le propició tantos maltratos. Pero el niño, aunque vino al mundo antes de tiempo, chiquitito en extremo, enjuto como un anciano, en pocos meses se convirtió, gracias a los eximios cuidados de su madre, experta en esos menesteres; en un muchachote grande, gordo y precioso. Eso que sintió su marido desde que Plinio había nacido era comprensible y su esposa Amanda, asi lo entendía. Con lo que nunca había estado de acuerdo ni lo estaría nunca, era que con su hijo menor no sucedieralo mismo. Sí le demostraba amor. Negarlo sería una enorme irresponsabilidad; pero el trato hacia Gabriel no era el mismo y eso, aunque a los muchachos no les molestaba en lo absoluto, a ella le hacía sufrir en demasía.
Por lo demás, podría decirse que era un matrimonio muy feliz; con los aciertos y los errores que todos tenían. Vivian cómodamente en una casa majestuosa situada en uno de los mejores sitios de aquella urbe. Era una casa muy amplia, con habitaciones enormes decoradas e iluminadas deliciosamente. En la planta baja destacaba una sala espectacular que poseía unos muebles de encanto y varios cuadros decorativos completaban el ajuar de aquel sitio. Unas lámparas rimbombantes procuraban un aire celestial. En la parte superior de la vivienda, estaban ubicadas las habitaciones. Había un salón para fiestas y uno para juegos donde lucía espectacular, una mesa de billar que casi nadie usaba pero que lucía perfecta. Muy cerca, una mesa contenía un juego de ajedrez de grandes dimensiones dispuesto para que jugara quien quisiera, pero que tampoco nadie lo hacía; eran simplemente objetos para una decoración algo ostentosa y superflua.
Y en medio de todo ello, el paraíso de Nemesio, al que nadie entraba más que él; su privado. Allí estaba su oficina atestada de planos enrollados, instrumentos para dibujos técnicos de todas las formas y tamaños y una enorme biblioteca que contenía las más variadas obras literarias que tampoco nadie leía. Una máquina de escribir, casi que oxidada, también delataba su poco uso. En medio de su escritorio, tres cuadros destacaban. En uno de ellos, el retrato de él abrazado a su esposa, en otro, el de sus dos hijos y en el preferido suyo, uno de su madre cuando era moza y que mandó que un extraordinario retratista lo hiciera a partir de una vieja foto de la que retiro con unas tijeras, la imagen de su padre.
Allí permanecía gran parte de su tiempo, circunspecto como siempre; trabajando incesante y torturado por los recuerdos de su infancia. Pero él, sabiamente supo equilibrar las emociones en su vida y no permitió, bajo ninguna circunstancia, que los tantos martirios vividos y los que sufrió su madre, aunado a la imagen de su cuerpo degollado; perturbaran su vida familiar y constantemente hacían viajes a distintos destinos paradisíacos. Como el que estaba planificado tan pronto los chicos terminaran el año escolar. De esa manera, además de tomarse un merecido descanso, aplaudían aquellos padres orgullosos, las destacadas calificaciones de sus adorados hijos y sus extraordinarios comportamientos.
Cuando llegó aquel tan esperado sábado de agosto, todos parecían poseídos de una enorme alegría, y los aspavientos no podían ocultarse. La felicidad que siempre los embargaba cada vez que realizaban los viajes de vacaciones, era sumamente grandiosa, insuperable. Nemesio poseía un moderno vehículo, lujoso y luengo, en el que podían llevar de todo hacia donde fueran. Hasta el perro los acompañaba. Una inmensa fiera que jadeaba y babeaba sin cesar, con una cabeza tan grande como la de un pollino, un porte que aterraba a primera vista y una mirada casi que asesina; pero que era de un actuar tan impoluto con la familia, que se portaba como todo un angelito y nunca dejaba sorpresitas por ningún sitio inapropiado, ni hacía destrozos, pues hasta dentro de la casa se la pasaba todo el día, dormitando debajo de alguna de las camas o del comedor, comía al lado de ellos en un azafate precioso, de la misma comida que degustaba la familia y hasta postre le ofrecían.
Nunca quedaba siquiera una miga de nada en su bandeja floreada. El nombre del animalito era Zeus como el dios pagano de la mitología griega. Por las noches, si que pernoctaba en el patio, como el guardián que era. Allí si era verdad que desataría su instinto heredado desde siempre de los lobos y si algún extraño osara ingresar a la propiedad, no lo contaría, pues, permanecía confundido con las sombras ya que era completamente n***o y se acercaría a quien fuera sin ser visto. Sucedía en ocasiones, con algunos desventurados gatos, a quien desafortunadamente, se le ocurría ingresar a su territorio. Solamente se encontraba al dia siguiente, un montoncito de carne cubierta de pelos. A las diez de la mañana, partieron como siempre lo hacían, vestidos como turistas esplendorosos, con la música a todo volumen, cantando todos, la canción que sonaba y riéndose por cualquier vaina que sucediera. Siempre sintiendo el jadeo de Zeus detrás de ellos. La enorme bestia también admiraba lo que se presentara en el camino y sacaba de cuando en cuando su enorme cabeza para deleite de los otros viajeros al ver semejante animal que parecía una pantera.
En esa ocasión, Nemesio, Amanda, Plinio, Gabriel y Zeus, visitaron varios Estados del hermoso país, durante un periplo que duró más de un mes. En cada sitio que visitaban permanecían varios días, en unos más que otros. Primeramente se dirigieron a las estupendas costas bañadas de las más hermosas playas.En aquellas cristalinas aguas, ellos retozaban sin descanso alguno. Departían de manera insuperable y degustaban las exquisiteces culinarias que manos expertas preparaban con los frutos que el mar ofrecía. Las langostas eran las preferidas. Luego, era hacia las montañas hacia donde se dirigían, donde el exquisito clima se hacia sentir impresionante. En esa ocasión, viajaron hacia una colonia alemana que conservaba lo exquisito de una tradición antigua en todas sus instalaciones. Lo que más les gustaba a la familia, eran las excursiones a los distantes lugares de la montaña en los que había de todo.
Restaurantes donde expendían comida típica de la región teutona, en los que prevalecían los embutidos y otras exquisiteces que servían con un pan de maíz primoroso. Y para rematar aquellas hartadas, como postre; servían unas fresas enormes, cultivadas por ellos mismos, cubiertas con una crema insuperable.También visitaban una manufactura de cervezas, una de vinos de fresas y de moras, fábricas de artesanías y otras tantas mini empresas de los que los pobladores se mantenían. Por supuesto que era el turismo el principal sustento de aquella colonia que era visitada todo el año por infinidad de turistas nacionales y hasta de otros países. Admiraban los enormes sembradíos de fresas, de melocotones, de una gran variedad de hortalizas y así, con orgullo patrio, admiraban todos aquellos lugares enclavados en plena montaña. Lo otro que también disfrutaban enormemente, era sentarse alrededor de la chimenea de la cabaña donde se hospedaban y mientras Nemesio se tomaba un trago mayor de edad y Amanda un buen vino; los muchachos jugaban barajas o cualquier juego de mesa, mientras seguían tragando salchichas. Zeus miraba quietecito, echado en un rincón al lado de la chimenea que procuraba aquella calidez que embriagaba, en medio de aquel clima tan gélido.
Luego de haber saboreado unos días grandilocuentes, Nemesio en conjunto con el resto de la familia, decidieron en pleno, viajar hacia un Estado en donde estaba enclavado uno de los paisajes más exóticos y único en el mundo. Les pareció una perfecta idea mirar de cerca, la caída de agua más alta del planeta y fue ese viaje, un verdadero sueño hecho realidad. Conocieron una población de indígenas en su ambiente natural. Compartieron con ellos, muchas costumbres ancestrales que eran características únicas de esa particular e***a. Aunque a Amanda le dio un asco endemoniado, Nemesio y los muchachos comieron unas enormes larvas que atrapaban vivas y asi mismo, se las engullían masticándolas de tal manera, que tenía que formarse un líquido viscoso que luego se tragaba acompañado por el zumo de una fruta silvestre que ellos desconocían pero que era exquisito.