Caminé un poco más y me le acerqué a un musiú que atendía una quincallería y antes de que le pudiera hablar, me gritó con su detestable acento, “vete de aquí muchacho de mierda, todos son unos malditos rateros que no lo dejan trabajar a uno”. Lo único que quería, era un poco de agua para aplacar la sed quemante que ya mes estaba martirizando. Por ese entonces no me había pasado por la mente aun, robarle nada a nadie, sólo tenía sed. Gracias a una señora mayor que paseaba a un diminuto can y que contempló indignada lo que me dijo aquel personaje que vino huyendo tal vez de la guerra como le había sucedido a ella y que sin motivo alguno me dijo todo ese berenjenal de insultos sin que yo, nacido en esta tierra, le hubiese dicho siquiera una sola palabra. Era “La doñita”. Ella, sin apartar la mirada de aquel paisano suyo, me preguntó que quería y a quemarropa le dije que me regalara un poco de agua. Aunque estaba a varios pasos de ella, el ademán de su cara habló por si sólo. Me llenó el frasco con agua bien fría que tomó de un recipiente que llevaba con ella y casi me la tomé toda. De esa manera por momentos aplaqué el hambre también.
Muchachito, ¿Porqué están tan sucio? Apestas a demonio. Me dijo con un inconfundible acento europeo, específicamente italiano.
¡Es que dormí allá! y le señalé el espacio detrás del kiosco donde había dormido unas pocas horas.
¡Ay Dios mío muchachito! Ahí se mean y se cagan todos los perros callejeros y hasta la gente también. No se como soportaste esa podrición. ¡Mamma mía!, tú también estás demasiado hediondo. Ven para que te bañes y te cambies ese desastre de ropa que llevas encima.
Pero doñita, usted no me conoce. Además, yo no tengo más nada que ponerme. Me comí algo de la basura y se me pegó una cagadera. Me duele la barriga todavía.
Dios mío. ¡Ay Dios mío!,¿Y porqué comiste eso muchachito? ¿Es que acaso eres un cochino? ¿Tu mamá no te ha dicho que no debes comer esas cosas y que hay que bañarse todos los días?
Yo no tengo mamá. Y me comí eso porque ya hacía dos días que no comía nada. Mi hermano no me ha llevado lo que me lleva todas las noches. No lo he visto más. A lo mejor está preso o lo mató la policía o los otros malandros.
Le dije eso porque realmente pudo haber sido asi.Pudo haberle pasado alguna de las cosas que le había dicho. Continué de ese modo mecánicamente.
Viví hasta ayer en una casita con esa mujer que me parió y dos hermanos. Pero ella me medio mataba a cada rato y todos los machos que ella y mi hermana llevaban todas las noches también me caían a carajazos. Por eso me escapé. Tengo hambre doñita.
Ven conmigo muchachito. Caramba, no se porque esas perras traen muchachos al mundo para tratarlos como animales.
Refunfuñaba y de cuando en cuando decía, supongo que maldiciones en su idioma natal. Mientras caminaba ligerito y me llevaba casi que de arrastre detrás de ella. En su otra mano llevaba un bojote de vainas que olían sabroso. En el bolsillo de su delantal, mantenía varias cajetillas de cigarrillos y una enorme cantidad de monedas que a cada paso, hacían un sonido característico al chocar repetidas veces entre ellas. El perrito nos seguía como si fuese arrastrado con una cuerda invisible.La doñita saludaba a todo el mundo mientras caminaba y a cada rato se paraba a esperar que el animalito dejara sorpresitas en el camino. Orinaba por doquier y ella, con una paciencia de acero, esperaba que hiciera todas esas mariqueras y oliera todo cuanto se le atravesara en su camino. A veces, si miraba a algún otro perro, ambos se acercaban y comenzaban a olerse el trasero mutuamente. Finalmente, cuando al cánido le daba la gana de seguir caminando, lo hacía y de esa manera, nosotros también.
Entramos, después de tanto caminar, en una pensión atestada de borrachos amanecidos y de una muchachera tirada en el piso, durmiendo. No habló con nadie.Solamente se limitó a sortear muchacho tras muchacho abriéndose paso entre ellos hasta que se paró frente a una pieza. Allí según y que vivía. Tomó un recipiente de mediano tamaño y salió dejándome solo en aquella pieza desordenada, pero que olía a limpio. El desorden se daba porque tenía demasiados corotos y la habitación era muy pequeña. Había de todo allí, máquinas de cocer, platos, tazas, ollas y demás vainas de cocina por carajazos. Una pila de cajas ocupaba casi la mitad de aquello y en medio de todo, había una pequeña cama que si estaba bien acomodadita. Todo estaba limpio, de eso si estaba seguro. Había libros y revista por donde se mirara. Una nevera arcaica y una estufa pequeñita, estaban en un aparte junto a una pequeña mesa y dos sillas, una de ellas más remendada que un pantalón de trabajar.
Cuando la doñita llegó cargando el agua, me encontró en el mismo sitio donde me había dejado. Yo no me había movido un centímetro siquiera. Parecía que estaba petrificado. Ella se sorprendió al verme allí inmóvil. Tal vez pensó que iba a agarrar cualquier vaina que pudiera vender y ya había dejado el pelero. Pero yo aún estaba medio pendejo estrenando mi vida de callejero. No me pasaba por la mente nada de eso. Mi inocencia pueril aun permanecía intacta a pesar de haber llevado tantos golpes y de haber pasado tanta hambre, además de haber estado durmiendo en el piso pelado durante toda mi corta vida. Me quitó la ropa contra mi voluntad dejando mis cositas al aire.Total, era yo un carajito y ella me llevaba un bojote de años de diferencia. Que se iba a estar fijando en esas pequeñeces. Me bañó ella misma, estregándome con una esponja y mucho jabón. Me limpió hasta el culo y el huevito con tanto empeño como nunca nadie lo había hecho. Me lavó el pelo con un champú que me dejó casi ciego porque de pendejo, no cerré bien los ojos a pesar de sus advertencias. Me secó con una enorme toalla bien suaveque según ella, estaba nuevecita.
Echó en el cesto de la basura, precisamente aquella basura que yo había llevado puesta y dejándome completamente desnudo, sentado en la silla que estaba buena, comenzó a buscar entre aquel reguero de cajas de cartón. Cuando terminó de vestirme quedé, según su apreciación, como un angelito. Hasta unos zapatos que estaban casi nuevos y que me quedaban enormes, me puso. Metió unos trapos en la punta para que rellenaran el vacío y no se me salieran de los pies cuando caminara. Parecía un payaso pero eran mil veces mejor que tener mis pies descalzos como siempre los había tenido. Recuerdo que sufrió como una condenada para quitarme las toneladas de mugre que llevaba en las plantas de mis pies. Nunca me había sentido así de limpio. Se sentía tan sabroso estar así. Ya era casi medio día y mientras cocinaba, me dijo que me acostara un rato mientras estaba lista la comida. Me quedé dormido en el acto en aquella divinidad de cama. Le dio lástima despertarme así que se puso a ver un programa en un viejo televisor culón mientras despertaba por mis propios medios.
Desperté pasadas las cinco de la tarde y me dio primero una sopa exquisita. Nunca había probado semejante manjar. Luego puso a mi alcance, una enorme arepa, un guiso de carne que olía de manera únicay por supuesto sabía bien sabroso, una ensalada de cebollas y tomates aderezada con vinagre, caraotas refritas y un enorme vaso de jugo de melón. No dejé nada ni para el perrito que me miraba esperanzador de que le iba a dejar aunque fuese un poco de sobras. Primera vez que comía asi como un rey. La doñita, como comencé a decirle, me miraba con mucha lástima. Se compadeció de mí, luego me diría que no sabía porqué precisamente yo le inspiré tanta ternura, ya que lo que abundaba en la ciudad eran muchachos realengos. Precisamente en el patio de la pensión pernoctaban muchos y no había manera de sacarlos de allí. Todos eran unos pillos malandrines que nunca desaprovechaban ocasión para robar lo que fuera. Me rogó que pasara la noche con ella.Yo acepté su petición sin dudarlo siquiera un instante. Ni pendejo que hubiese sido para haber despreciado aquella oportunidad.
¿Cómo te llamas muchachito?
Romualdo. Le contesté sin más ni más.
¿Romualdo? Caray ¿por qué te pusieron ese nombre?
Ifigenia me dijo una vez que me puso ese nombre porque no encontró otro más feo.
¿Y quien es Ifigenia?
Mi mamá, bueno, la mujer que me parió.
¿Esa desgraciada porqué te pondría ese nombre tan horroroso? Un carajito tan bonito tendría que tener un nombre bonito también. ¿Y cual es tu apellido?
No tengo apellido doñita. Sólo me dicen Romualdo y ya. Nunca ni a mis hermanos ni a mí nos llevaron a ese sitio donde le ponen nombre a la gente. Ni siquiera sabemos ni leer ni escribir. Nunca fuimos a la escuela ni nada. Solamente nacimos para pasar hambre y llevar palo del bueno.
Decía todas esas cosas como si yo fuese todo un hombre. Había aprendido a hacerme entender a los carajazos también.
¡Esa perra!
¿Cómo dijo doñita?
Nada muchachito. Pero ya no me digas doñita. Me llamo Amarantina Paolini. Todo el mundo me mienta Tina. Dime así tú también.
Me provocó risa que ella dijera que mi nombre era feo. El de ella no era muy bonito que se dijera. A mí, todo el mundo me mamaba gallos por llamarme Romualdo. Nunca conocí a nadie más que se llamara así, Romualdo como yo. Es decir, nunca supe de algún tocayo. Pero nunca supe tampoco de nadie que se llamara Amarantina. Estábamos a mano. Noté que dos lágrimas bajaron por su rostro cuando le conté esas cosas de mí. Pasamos el resto de la tarde mirando unos programas muy divertidos. Me quedé dormido temprano. Ella me cargó hasta la cama. Cuando amaneció, ya la doñita estaba sentada en la mesa esperándome para que desayunáramos juntos. Recuerdo claramente que había tenido un sueño aún más bello que los que tenía siempre cuando dormía en la casita de la amiga de Wilfredo. Esta vez, ataviado como estaba de una inmensa suavidad de colchas olorosas a lavanda y tan tersas como los peluches de mi imaginación; soñaba que dormía junto a mi abuelita.
Nunca supe lo que significaba tener una abuela. Si no supe lo que representaba una madre menos pude sentir lo que una abuela; pero soñaba divinamente que ella me cobijaba entre sus brazos, me arropaba con una infinita ternura y abrazada conmigo, dormíamos deliciosamente en el mismo aposento, con mi pierna montada sobre su cuadril. Era muy grandioso lo que sentí en aquel sueño. Además, gracias a la frescura que colmaba todo mi cuerpo producto de la minuciosa higiene que la doñita me había regalado, aunado a mi nueva ropa limpiecita, esa sensación era insuperable.Amodorrado como estaba, de buenas a primera no determiné donde me encontraba. Nuevamente estaba encalamucado. Tuve que permanecer un buen rato sentado restregándome tan fuerte ambos ojos que por poco los sacaba de sus órbitas. Cuando por fin me hube orientado, miré a la doñita quien a su vez me miraba desde la mesa con una ternura que nunca había mirado en absolutamente nadie. Me convidó a desayunar con ella. Miré un azafate que contenía una tortilla enorme con muchas papas fritas, unas arepitas también fritas bien doraditas, una tajada de queso frito, algo de carne que había sobrado de la cena y un enorme vaso de leche. Era comida como para un batallón. Su plato contenía solamente frutas. Literalmente salté de la cama cuando miré aquella ensoñación. Tomando en cuenta que nunca comí decentemente, aquello me pareció una exquisitez sin igual. De alguna manera lo era, no tanto por los alimentos que contenía aquella bandeja que definitivamente se visualizaban deliciosos, sino por aquella dedicación tierna con que la doñita me ofrecía ese manjar. Ella me detuvo en seco y llevándome del brazo hacia el final de un pasillo, me obligó prácticamente a realizar mi aseo matutino, vale decir, cepillar mis dientes y lavarme bien tanto la cara como las manos.
Me regaló un cepillo dental y un dentífrico de buena marca. Pocas veces me cepillaba, es decir, casi nunca. Mejor dicho, nunca. Al hacerlo, sentí aquel agradable sabor a menta en esa buchada que me provocó tragar. La doñita me indicaba la correcta forma de hacerlo. No me podía tragar aquello, tenía que botarlo y luego enjuagarme con mucha agua del grifo. El aliento me quedó muy fresco. Cuando me miré al espejo realmente parecía un muchacho decente. Aunque si no lo era se debía a causas ajenas a mí. Era yo un producto del abandono de los padres. Luego si me senté junto a la tierna viejecita y desayunamos de lo más lindo. Ella me iba diciendo todo cuanto tenía que hacer en la mesa.No colocar los codos allí, no hablar mientras masticaba, no introducir mucha comida a la vez, masticar despacio, como usar el cubierto, la cucharilla, que si esto, que si lo otro. Y yo todo lo aprendía ligerito. Me despaché todo aquello. Bueno, casi todo, ya que era demasiada comida y me provocó guardar para más tarde cuando me volviera a dar hambre. Ella con sólo una mirada, reprochó mi intención como si fuese una pitonisa. Le dio las sobras a unos perros callejeros arrojándolas por la enorme ventana que daba hasta la calle. Su perrito sólo se alimentaba con una comida especial que venía en forma de bolitas diminutas y que olía raro.
No me dejó ir ese día tampoco. Solamente me pidió que por favor pasara otro día más con ella. Ofreció para tratar de convencerme, hacerme un almuerzo suculento, unas galletas deliciosas a media tarde y una cena que nunca olvidaría. Por supuesto que me quedé todo el día con ella. Yo miraba la televisión y ella me contemplaba desde la cama. Comenzó una larga plática diciéndome que había dormido junto a mí, abrazaditos como si fuésemos abuelita y nietecito. Comprendí entonces que no había sido un sueño sino una de mis más bellas realidades. Y razonando bien el asunto, creo que fue mi única realidad bonita. La doñita era una viejecita dulce, su piel era tan banca y frágil como la porcelana. Estaba cubierta totalmente de arrugas, denotando su longevidad evidente. Supuse en mi inocencia, que tendría todos los años del mundo. En realidad era octogenaria y dueña de una enorme lucidez y una gran agilidad. Se cuidaba mucho.Comía muy sano y dormía religiosamente ocho horas diarias. Como buena europea, tomaba una copa de vino tinto diariamente. No tenía más vicios.
Llevaba muchos cigarros consigo para repartirlo entre los borrachos y vagos que permanecían tirados por todos lados. Ellos a cambio, la cuidaban como a una joya. Y realmente lo era desde mi punto de vista. Desde que la conocí, me ofreció su mano amiga de inmediato. Era la dueña de la pensión y de otras tantas que recibió de herencia de su difunto esposo. Ella también, según me contó, había bregado bastante junto a él para tener lo que dignamente habían tenido juntos y que ahora era de ella. Llorando, me contó que a su único hijo lo había matado un malandro para robarle unos pocos billetes que llevaba consigo. Hacía muchos años. Él, se llamaba Paolo como su padre y estaba por graduarse de médico. Unos meses después de ello, su marido se murió de un ataque fulminante al corazón. Lo mató la tristeza, decía con sobrada melancolía.
Me hubiese gustado irme con ellos pero Dios dispuso otra cosa y aquí estoy, más sola que quien sabe. Bueno, la vida es así. Una se acostumbra a todo en ella, en la vida, que a veces es buena y otras veces es demasiado cruel.
Yo la escuchaba atento mientras comenzó a hablar sin parar cosas de su pasado en tierras lejanas cuando era niña. Me habló de cada uno de los integrantes de su familia comenzando con sus padres. No hacía pausa alguna. Era la doñita un libro abierto. Hablaba varios idiomas, tenía cuatro títulos universitarios. Fue graduada en economía, en leyes, y otros más que los vericuetos de mis recuerdos olvidaron. Y ya casi cuando se estaba quedando dormida, me dijo que tenía mucha plata guardada. Que si quería, me quedara viviendo con ella para siempre. No pude contestarle porque cuando ya lo iba a hacer, escuché sus ronquidos. Se quedó dormida. Eran las diez de la mañana. Parecía un angelito que había enviado Dios para salvarme.No había pasado una hora cuando se despertó dando un brinco para apearse, como si fuese una experimentada acróbatay no tuviera la enorme cantidad de años que tenía. Sin mirarme siquiera, se dirigió ligerita hacia el sanitario, porque la naturaleza, cuando llama hay que obedecerle; me dijo cuando hubo regresado secándose las manos como una obsesiva. Parecía que se iba a arrancar el cuero de las mismas de las tan repetidas veces que se pasaba aquella toalla con tal finalidad. Se dispuso a trastear en un rincón buscando los enseres para montar el almuerzo. Me pidió que fuese a una taguara que estaba cerca y donde vendían de todo. Me entregó un papel en donde había apuntado algo y me dijo que se lo entregara al dependiente que ella después arreglaría cuentas con él. Solamente tenía que decirle que iba de su parte.
Salí presuroso de la habitación y por un momento no supe hacia donde me quedaba la puerta de aquel laberinto. Quise preguntarle a un muchacho que estaba sentado bajo un arbusto, fumándose un cigarro más grande que él y tan pronto le toqué el hombro para sacarlo de su ensimismamiento y poder hablarle, sin más ni más, me dio un carajazo en la mano y se paró como un rayo, como si en lugar de haberlo tocado, le hubiese pegado un coñazo o lo hubiera puyado con algo. Se puso de pie tan repentinamente que dio la impresión que hubiese sido empujado por algún impulso eléctrico.
¿Qué v***a te pasa carajito? ¿Quién coño eres tú?
Allende de sorprenderme de la rapidez con que se puso de pie, indubitablemente me atemorizó un poco por el tono cíngaro que usaba al hablar y aquellas palabras tan violentas que me dirigió por el sólo hecho de haberlo medio tocado para preguntarle en donde quedaba la puerta para salir de ese sitio. Además, como el callejero inveterado que supuse que era, comenzó a caminar a mí alrededor mirándome detenidamente. Noté algo en él que evidentemente a nadie le pasaría inadvertido. Era tuerto y la cuenca en la que había tenido alguna vez el globo ocular, se abría y se cerraba incesante como si tuviese vida propia.
Me llamo Romualdo, le dije. Nada más te quería preguntar donde me queda la salida porque le voy a hacer un mandado a la doñita.
¡A la v***a! ¡Que nombre tan malasangre chamo!, te mataron con ese nombre. Tu papá te tenía arrechera que jode para llamarte así.
No, no se quien es mi papá, me lo puso mi mamá. ¿Dónde queda la puerta?
¿Y quien esa doñita que dices que te mandó hacer el mandado?
La que vive allá. Y le señalé el sitio donde vivía la doñita.
Ah, esa es la musiua, la dueña de esta pocilga y de un verguero de casas en todo este barrio. v***a chamo, coronaste con esa vieja. Nadie entra a su pieza nunca. ¿Cómo hiciste?
No hice nada. Me escapé ayer de la casa y me encontró todo escoñetado por los lados de la plaza y me dijo que me fuera con ella y me vine. Eso nada más.
A la v***a de lechuo carajito. Esa bicha es más agarrá quel carajo. Alguna vaina rara le hiciste.
No vale. Solamente lo que te dije. v***a chamo, dime donde me queda la puerta que estoy perdido y tengo que ir a comprar unas vainas.
Coño y ya hasta le haces mandados. ¿Donde está la plata?, dámela acá.
No me dio plata nada, me dio este papelito y ya. Ah vaina ¿me vas a decir donde está la puerta o no?
Arrecho el tripón éste. Cuidao con un coñazo chamito. Ya vas a escuchar mentar del “Tuerto Máximo” para que vayas respetando un poquito y te ubiques.
No quiero royos ni contigo ni con nadie, Máximo.
Máximo no, tienes que decirme“Tuerto Máximo”. Asi me dicen todos estos pobres diablos por aquí. No vengas tú de marico a decirme Máximo sin lo de tuerto.
No vale, tranquilo. Tuerto Máximo.
Asi ta mejor. La puerta queda por allá. Ta cerquitica pendejo. ¿Y vas a vivir con la musiua?
Creo que si. Me dijo que quería que viviera con ella porqué vivía sola, pero no le he dicho que si todavía.
Verga pendejo no vayas a pelar ese boche. Esa vieja tiene plata que jode. Nos ponemos de acuerdo y la dejamos limpia.
No vale, la doñita es muy buena gente.
Pendejo.
Cuando me dijo así me dio tanta rabia, que no quise seguir hablando más con aquel malandrito de mala muerte que se la tiraba de padrote. Se la tiraba de una gran vaina. Salí de allí inmediatamente y cuando volteé para mirarlo, el tuerto ese, me miraba de una manera rara. Parecía que estaba maquinando algo o tal vez fue que quiso marcar territorio conmigo ya que era la primera vez que me veía. Pero confieso que me preocupó lo que dijo en cuanto a dejar limpia a la doñita. Yo era medio bruto o tal vez bruto y medio; pero viviendo entre tanta malandrera y escuchando todas las noches diciendo tantas sandeces a aquellos malnacidos que iban a hacer porquerías con las putas de la casa; supeperfectamente,pensándolo bien, lo que quiso decir con dejar limpia a la doñita. Me dio vaina porque ella era tan requete buena gente que no merecía que le echaran vainas.
Y eso que les regalaba cigarros y los dejaba estar todo el santo día pernoctando en su pensión maquinando todas las marranerías que hacían todos los días. Buenas obras de seguro que nunca hacían. Eran niños de la calle todos. Y precisamente eran en la calle donde aprendían a hacer de todo para poder sobrevivir. Seguramente habían nacido de mujeres y hombres irresponsables que no crían a sus hijos y éstos prefieren vivir en las calles que llevando maltratos a cada rato. En fin, llegué a la quincallería y le pasé el papelito al negrote aquel que estaba detrás del mostrador y que me miraba todo extrañado, ya que casi no se miraban muchachos vestidos decentemente y oliendo a limpio como estaba yo, por esos lados de la ciudad.Comenzó a agarrar de todo un poco y lo que agarraba, lo iba metiendo en una caja de cartón. Una caja enorme.No sabía en ese momento si iba a poder cargarla. Menos mal que estaba cerquitica de la pensión de la doñita. Al cabo de un buen rato terminó de echar en la caja todo lo que estaba apuntado en el papel.
Toma muchacho. Le dices que lo único que no tengo por ahora es chimó. Que le diga al viejo Onésimo que venga mañana que ya me debe llegar esta tarde. Me saludas a la musiua. ¿Y tú quien eres? Es raro que ella mande a algún muchacho. Pero por lo que veo, debe ser que te recogió de la calle porque estas bien limpiecito. Debe ser eso porque parientes ella no tiene. Hace muchísimo que vive solita en una pieza de la pensión. Eres sortario muchacho. Anda pues. Mira que esa vaina pesa mucho.
Aquel palo de hombre media casi dos metros y parecía un gorila. Hablaba con un acento bien raro. Luego me dijo la doñita que era trinitario. Al principio no supe que carrizo era eso de trinitario; pero ella, adivinando mi ignorancia, me dijo que había un lugar llamado Trinidad y Tobago y como él había nacido en esas tierras, le decían trinitario como a todos los inmigrantes que habían venido a estas tierras desde allí. Como pude, agarré aquella caja que estaba atestado de todo y que pesaba mucho y con pasos tambaleantes me dejé ir a llevarle el mandado a la doñita. A cada rato tenía que ponerla caja aquella en el suelo para descansar un rato y luego la volvía a cargar y caminaba otro poco más hasta que por fin llegué. La doñita, preocupada por mí, estaba esperándome en la puerta de la pensión y al verme, respiró aliviada. Tal vez pensó que los malandrines me habían hecho algo malo. Entramos cargando la caja entre los dos. Mientras tanto, ya no estaba el tuerto Máximo solo. Ya había como quince muchachos casi de la misma edad, más o menos doce o catorce años, y todos nos miraban callados en extremo. Nada bueno debieron estar maquinando.