Una reunión se convocó con más urgencia que una fuga de agua. La señora Valverde había dejado una nota en cada puerta del edificio: “Reunión extraordinaria de la comunidad. Tema: asuntos del corazón (y del tercer piso). No faltar.” Cuando el reloj marcó las seis, la pequeña sala del subsuelo estaba llena de sillas desparejadas, tazas de café y una expectación digna de un estreno de telenovela. El señor Ernesto, con su bigote perfectamente alineado y su ceño fruncido habitual, tomó asiento en la esquina. Margot llegó con una bandeja de galletas de mantequilla (“para lubricar las ideas”), y el señor Dufresne trajo un cuaderno que tituló Operación Cupido. La señora Valverde, con su inseparable bata floral, presidía la mesa como si fuera la directora de un consejo de guerra. —Bueno, veci

