―¿¡Por qué mierda no pusieron micrófonos cerca del río!? ―protestó con furia Álvaro Quinteros a sus empleados. ―¿Qué sabíamos nosotros que se iban a ir para allá y que allí los micrófonos estarían fuera de alcance? ―¡Él no lo sabe, por la cresta! ¡No. Lo. Sabe! ―Marcó cada una de las palabras―. No sabe que en el río no hay micrófonos, no sabe que sus micrófonos no funcionan, no sabe que no los estamos escuchando. ¿Y si se entera? ―Pero ¿cómo íbamos a saber que se iban a ir al río a conversar? ―Por favor, cada uno de los días que ha estado en el encierro, los cincuenta y seis días que ha estado adentro se ha ido al río a pensar, ¿qué les hizo pensar que no haría lo mismo ahora con ella? ―A lo mejor ni siquiera era algo tan importante ―defendió el otro. Álvaro enarcó la ceja y lo

