Al escuchar aquella voz femenina tan familiar Thomas se sobresaltó, e inmediatamente se giró para verla. —Aranza, ¿Qué estás haciendo aquí? —cuestionó él sumamente molesto. —¿Esto tiene que ser obra tuya, Érick? —inquirió Thomas. —Claro que no, esto es producto de la casualidad, pero ya, Thomas, cambia esa cara, ustedes son adultos y supongo que pueden convivir de manera civilizada, así que será mejor que yo los deje solos para que aclaren los inconvenientes entre ustedes —pronunció Érick intentando persuadirlo. —No creo que esto sea una buena idea, todo está dicho entre nosotros —contestó él. Pero Érick hizo caso omiso y se levantó dejándolos asolas. Por supuesto que Aranza no perdió el tiempo para hacerse la víctima, acercándose de una forma mucho más íntima a Thomas. Las lágrimas

