El silencio tras la retirada del cazador del miedo era engañoso. El grupo había resistido, pero la calma era apenas un respiro. Elías, con el rostro marcado por cicatrices, se mantenía inquieto. Sus ojos recorrían cada sombra, cada grieta del edificio. —No se confíen —dijo con voz grave—. El tercero retrocedió, pero el cuarto no tardará en llegar. Valeria apretó la barra metálica, sintiendo el peso de la responsabilidad. Damián, aún debilitado, la observaba con ternura y orgullo. —No importa quién venga —susurró él—. Mientras estemos juntos, resistiremos. Clara, siempre pragmática, organizaba a los pacientes. —Refuercen las barricadas. Revisen los cables. Nadie se quede sin tarea. El aire se volvió denso, cargado de electricidad invisible. Entonces, un estruendo metálico sacudi

