La noche había caído sobre la fortaleza improvisada. El grupo, exhausto pero alerta, se mantenía en sus puestos. Las barricadas estaban reforzadas, los cables tensados, las trampas listas. Elías recorría los pasillos con pasos medidos, revisando cada detalle. Valeria, junto a Damián, observaba el ambiente con atención. —Todo parece tranquilo —susurró ella. —Eso es lo más peligroso —respondió él, con voz grave—. El silencio nunca es inocente. Clara, desde el rincón, mantenía los ojos fijos en la entrada principal. Los pacientes, aunque debilitados, se turnaban para vigilar. El aire estaba cargado de tensión, como si el edificio mismo contuviera la respiración. De pronto, un crujido apenas perceptible resonó en el pasillo norte. No era el estruendo metálico del cazador anterior, ni

