El silencio tras la última emboscada era pesado, casi insoportable. Clara atendía a los pacientes, intentando devolverles calma, mientras Damián permanecía sentado contra la pared, con la mirada perdida y el peso de la culpa aplastándolo. El cazador había logrado sembrar la duda en su corazón, y aunque seguía vivo, su espíritu estaba quebrado. Valeria lo observaba, con el corazón ardiendo. Sabía que no podía permitir que el grupo se hundiera en la desesperación. El cazador no solo atacaba con cuchillas y trampas: atacaba con miedo, con dudas, con la certeza de que podía quebrarlos desde dentro. Y si Damián caía, todos caerían. Se levantó lentamente, con la barra metálica en la mano. Su voz resonó firme, clara, como un faro en medio de la oscuridad. —Escúchenme todos. El cazador quier

