El pasillo se estrechaba, y cada paso parecía conducirlos más profundo en un laberinto sin salida. Clara avanzaba con los pacientes, jadeando, mientras Valeria arrastraba a Damián, que apenas podía mantenerse en pie. El eco de los pasos del cazador los seguía, constante, implacable.
De pronto, un sonido metálico resonó en las paredes: un mecanismo oculto se activaba. Valeria se detuvo, con el corazón en la garganta. El cazador sonrió bajo la máscara.
—Ya es hora de que el juego empiece.
El suelo vibró, y de las paredes comenzaron a deslizarse planchas oxidadas que cerraban las salidas. En cuestión de segundos, el pasillo se transformó en un corredor sellado. Clara gritó, intentando retroceder, pero otra compuerta cayó detrás de ellos, atrapándolos.
—¡Es una trampa! —exclamó Valeria, apretando la barra metálica.
El cazador levantó un dispositivo en su mano: un control rudimentario, lleno de cables expuestos. Presionó un botón, y el techo se abrió lentamente, dejando caer cadenas con ganchos afilados que se balanceaban como péndulos. El sonido del metal chocando contra el concreto era ensordecedor.
Los ganchos comenzaron a moverse de un lado a otro, cada vez más rápido, como cuchillas oscilantes que bloqueaban el camino. Clara protegió a los pacientes, empujándolos contra la pared, mientras Valeria comprendía que el cazador no solo quería matarlos… quería quebrarlos psicológicamente, obligarlos a elegir entre avanzar hacia la muerte o quedarse atrapados.
—No hay salida —dijo el cazador con voz grave—. Solo el filo.
Damián, con el rostro pálido, murmuró:
—Este es su estilo… siempre convierte el miedo en un arma.
Valeria miró los ganchos balanceándose, cada uno capaz de destrozar a cualquiera que intentara cruzar. El cazador se mantenía al otro lado, observando con calma, como un depredador que disfruta del terror de su presa.
De pronto, el mecanismo cambió. El suelo comenzó a hundirse lentamente, revelando un pozo oscuro bajo sus pies. El aire olía a humedad y óxido, y el sonido del agua estancada subía desde abajo. Clara gritó, intentando sostener a los pacientes, mientras el piso se desmoronaba poco a poco.
—¡Nos quiere aplastar entre el techo y el vacío! —exclamó Valeria, con el corazón desbocado.
El cazador presionó otro botón, y el techo comenzó a descender lentamente, como una losa que caía sobre ellos. El espacio se reducía, el aire se volvía más pesado, y el suspenso era insoportable.
Valeria comprendió que tenían segundos para decidir: atravesar los ganchos oscilantes y arriesgarse a ser destrozados, o quedarse y ser aplastados por la trampa.
Clara miró a Valeria con desesperación.
—¡Tienes que decidir ahora!
El cazador sonrió bajo la máscara.
—El miedo los hará elegir mal.
Valeria apretó la barra metálica, sus ojos ardiendo. El dilema era brutal: cada opción era una sentencia de muerte. Pero en ese instante, recordó las palabras de Clara: “No te pierdas en esto”.
El suspenso se volvió insoportable. El techo descendía, los ganchos oscilaban, y el cazador esperaba, seguro de que la trampa los quebraría.
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El techo descendía lentamente, chirriando como una losa de hierro que buscaba aplastarlos. Los ganchos oscilaban cada vez más rápido, cortando el aire con un silbido que helaba la sangre. Clara protegía a los pacientes contra la pared, mientras Damián, debilitado, apenas podía mantenerse en pie. El cazador observaba desde el otro extremo, inmóvil, disfrutando del espectáculo.
Valeria apretó la barra metálica con fuerza. El sudor le corría por la frente, y su corazón golpeaba como un tambor. Sabía que si no hacía algo en ese instante, todos morirían.
—¡Clara, cúbrelos! —gritó, con voz firme.
Se lanzó hacia el centro del pasillo, esquivando el primer gancho que pasó rozando su hombro. El metal cortó un mechón de su cabello, pero ella no se detuvo. Con un movimiento desesperado, levantó la barra y la incrustó entre dos cadenas, bloqueando momentáneamente el mecanismo. El chirrido fue ensordecedor, y los ganchos se detuvieron apenas un segundo.
—¡Ahora! —gritó Valeria.
Clara arrastró a los pacientes hacia la abertura en la pared, mientras Damián, tambaleante, intentaba seguirlos. Pero el cazador presionó otro botón, y el techo descendió más rápido, obligando a Valeria a tomar una decisión inmediata.
Con un grito de rabia, Valeria giró la barra metálica con todas sus fuerzas. El metal crujió, y una de las cadenas se rompió, liberando un gancho que cayó al suelo con estrépito. El mecanismo se desestabilizó, y por un instante, los demás ganchos se detuvieron.
El cazador inclinó la cabeza, sorprendido.
—Interesante… —murmuró con voz grave—. No esperaba que tuvieras esa fuerza.
Valeria jadeaba, con los brazos temblando. El techo seguía descendiendo, pero más lento. Había ganado tiempo, aunque sabía que no sería suficiente.
—¡Damián, muévete! —gritó, corriendo hacia él.
Lo tomó por el brazo y lo arrastró hacia la abertura, mientras Clara empujaba a los pacientes uno por uno. El cazador avanzaba con calma, cruzando el pasillo como si los ganchos no existieran. Su silueta se recortaba bajo la luz tenue, implacable, segura de que la trampa aún los atraparía.
De pronto, el suelo vibró de nuevo. El cazador presionó otro botón, y una compuerta se abrió bajo sus pies. El aire se llenó de un olor nauseabundo: un pozo profundo, lleno de agua estancada y escombros, se reveló bajo ellos.
—No hay salida —dijo el cazador, con voz metálica—. Solo caída.
Valeria miró el pozo, el techo descendiendo, los ganchos oscilando de nuevo. El suspenso era insoportable: cada segundo era un filo sobre su garganta.
Con un grito de furia, levantó la barra metálica y la lanzó contra el mecanismo del techo. El impacto resonó, y por un instante, el sistema se detuvo. El cazador la observó, inmóvil, como si estuviera evaluando su resistencia.
—Eres diferente —dijo lentamente—. Quizá valga la pena quebrarte antes de matarte.
El techo se detuvo, los ganchos quedaron inmóviles, y el silencio volvió. Pero Valeria sabía que no era una victoria. Solo había retrasado lo inevitable. El cazador aún estaba allí, y su mirada fría dejaba claro que la verdadera cacería apenas comenzaba.