ECOS DEL ABISMO

1218 Words
Valeria había empezado a vivir en un estado constante de alerta. Cada día era una batalla entre lo que debía hacer y lo que realmente quería: estar cerca de Damián. Sus clases se volvían borrosas, sus amistades distantes, y su rutina se reducía a esperar el momento en que él apareciera. Pero el mundo no era ciego. Una tarde, mientras conversaba con Clara, su mejor amiga, notó la mirada inquisitiva en sus ojos. —Valeria, ¿qué te pasa? —preguntó Clara, con tono preocupado—. Ya casi no hablas con nadie, siempre estás distraída. Valeria intentó sonreír, pero la sonrisa se quebró. —No es nada, solo estoy cansada. Clara la miró fijamente, como si pudiera ver más allá de sus palabras. —¿Tiene que ver con ese tipo? El de los tatuajes. Lo vi esperándote el otro día. El corazón de Valeria se aceleró. —No es lo que piensas. —Entonces dime qué es —insistió Clara—. Porque desde que apareció, ya no eres la misma. Valeria guardó silencio. No podía explicar lo que sentía, no podía poner en palabras esa mezcla de miedo y deseo que la consumía. Esa noche, Damián apareció de nuevo en su puerta. No había llamado, no había avisado, simplemente estaba allí, como siempre. —Tu amiga no me gusta —dijo, apenas cruzó el umbral. Valeria lo miró, sorprendida. —¿Cómo sabes lo que hablamos? —Porque sé leer en tus ojos —respondió él, con voz grave—. Ella quiere alejarte de mí. El silencio se volvió pesado. Damián se acercó, la tomó del rostro con firmeza y la obligó a mirarlo. —No voy a dejar que nadie se interponga entre nosotros. Valeria tembló, atrapada entre el miedo y el deseo. Sabía que estaba entrando en un terreno peligroso, un terreno donde la obsesión podía convertirse en prisión. Pero sus labios no pronunciaron un rechazo. En cambio, lo besó, con una urgencia que la sorprendió. Los días siguientes fueron aún más intensos. Damián aparecía en cada rincón de su vida: en la universidad, en la parada del bus, incluso en la cafetería donde solía estudiar. No necesitaba hablar mucho, su sola presencia bastaba para que Valeria sintiera que el mundo se reducía a ellos dos. Pero las consecuencias empezaron a crecer. Clara la confrontó de nuevo, esta vez con más dureza. —Valeria, esto no está bien. Ese hombre… hay algo en él que no me gusta. No es normal que siempre esté cerca, que te vigile. Valeria quiso defenderlo, pero las palabras se ahogaron en su garganta. ¿Cómo explicar que lo que Clara veía como peligro, ella lo sentía como necesidad? Esa noche, al regresar a casa, encontró un mensaje escrito en la puerta de su departamento: “Eres mía.” La tinta negra aún estaba fresca, y el trazo era firme, dominante. Valeria supo de inmediato quién lo había escrito. El corazón le golpeó el pecho con fuerza. No era un gesto romántico, era una marca, una declaración de posesión. Y lo peor era que, en lo más profundo de su ser, no sintió miedo. Sintió alivio. Cuando Damián apareció minutos después, con la chaqueta empapada por la lluvia, ella no lo confrontó. En cambio, lo abrazó con fuerza, como si ese mensaje hubiera sido la confirmación de lo que ya sabía: estaba atrapada, y no quería escapar. >>>>>>>>>>>>>>>>>>>>> Valeria había empezado a vivir en un estado de dependencia que la asustaba y la fascinaba al mismo tiempo. Cada día, cada hora, cada minuto, parecía girar alrededor de Damián. No necesitaba verlo para sentirlo; su presencia estaba tatuada en su mente, como las marcas que recorrían su piel. En la universidad, los profesores hablaban y ella apenas escuchaba. Sus apuntes se llenaban de garabatos, de serpientes y corazones, de líneas oscuras que imitaban los tatuajes de él. Clara la observaba con preocupación, pero Valeria ya no podía explicar nada. ¿Cómo poner en palabras que un hombre la estaba consumiendo por dentro, que cada mirada suya era una cadena invisible que no quería romper? Esa noche, Damián apareció de nuevo en su puerta. No había llamado, no había avisado, simplemente estaba allí, como siempre. Su chaqueta estaba empapada por la lluvia, los tatuajes brillaban bajo la luz mortecina del pasillo, y su mirada era la misma: intensa, dominante, imposible de ignorar. —No deberías dejar la ventana abierta —dijo, apenas cruzó el umbral. —¿Cómo sabes que estaba abierta? —preguntó ella, sorprendida. —Porque estuve aquí antes de que llegaras. Valeria sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No era miedo, era algo más profundo: la certeza de que él la vigilaba, de que la conocía mejor de lo que ella misma se conocía. Dentro del departamento, Damián se movía con naturalidad, como si el lugar le perteneciera. Se sentó en el sofá, encendió un cigarrillo y la observó en silencio. Valeria intentó hablar, pero las palabras se ahogaron en su garganta. Finalmente, él rompió el silencio. —No quiero que hables de mí con nadie. Ni con tu amiga, ni con tu familia. Nadie necesita saber lo que somos. Valeria lo miró, atrapada entre el miedo y el deseo. —¿Y qué somos? —preguntó, con voz temblorosa. Damián sonrió, esa sonrisa oscura que parecía esconder más de lo que mostraba. —Somos lo que no puedes dejar. El silencio que siguió fue insoportable. Valeria sintió que debía huir, pero sus piernas no respondieron. En cambio, se acercó más, como si el peligro fuera un imán irresistible. Damián la tomó del rostro con ambas manos, con una firmeza que no era violenta, pero sí dominante. —Eres mía —susurró—. Y no voy a dejar que nadie se interponga. Valeria tembló, atrapada en cadenas invisibles. Sabía que estaba entrando en un terreno peligroso, un terreno donde la obsesión podía convertirse en prisión. Pero sus labios no pronunciaron un rechazo. En cambio, lo besó, con una urgencia que la sorprendió. El beso fue intenso, casi desesperado, como si ambos estuvieran quemándose por dentro. Cuando se separaron, Damián la miró con esa intensidad que parecía atravesarla. —Ahora entiendes —dijo, con voz grave. Valeria asintió, incapaz de hablar. Sabía que estaba perdida, que había cruzado una línea de la que no podría regresar. Y lo peor era que no quería regresar. Esa noche, mientras él dormía en su sofá, ella lo observó en silencio. Los tatuajes recorrían su piel como mapas de un pasado oscuro, y cada línea parecía contar una historia que aún no conocía. Se preguntó qué significaba realmente estar con él, qué precio tendría esa obsesión. Pero en lugar de buscar respuestas, se dejó llevar por la certeza de que ya no podía vivir sin su presencia. Al amanecer, Clara la llamó por teléfono. Valeria miró la pantalla, dudando. Damián abrió los ojos en ese instante, como si hubiera sentido la vibración del celular. —No contestes —dijo, con voz firme. —Es mi amiga… —No contestes —repitió, más grave. Valeria dejó que el teléfono sonara hasta apagarse. Clara quedó en silencio, al otro lado de la línea. Y Valeria entendió que había dado otro paso hacia el abismo: había elegido a Damián sobre todo lo demás.
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