CAPÍTULO 1.

2435 Words
“Es en los momentos de decisión cuando se forma tu destino”. Tony Robbins. ========== Abby estaba encerrada en su habitación, concentrada en su computadora, trabajando en el chat. Desde que había regresado de vacaciones, se encontró con la sorpresa de que tendría un huésped no deseado en su casa. Lo tenía que hacer a escondidas, que era algo que le fastidiaba, porque esa era su casa.   El suave golpe sonó en la puerta, le hizo volver a la realidad. Se levantó rápidamente para abrir, y volverse a sentar. Tenía un evento virtual importante, el cual le había dejado una ganancia de cincuenta y cinco dólares, por trabajar solo tres horas. —Mami —la voz de Farah era baja— ¿Qué vamos a cenar? —No lo sé, cariño. Terminaré aquí en dos minutos, espera un momento y lo resolveremos. —Está bien —la chica se acostó en su cama mirando hacia el blanco techo. Sentía desde hacía algún tiempo, que su trabajo en la red la absorbía demasiado. Siempre vivía con el tiempo cronometrado. Ya los niños se estaban quejando de eso. Decían que últimamente estaban encerrados. Agradeció en silencio que los minutos que le faltaban pasaron rápidamente. —Listo, ya terminé. ¿Qué quieren comer? —estaba dispuesta a complacerlos, para compensar un poco el encierro de las últimas semanas.     Farah se incorporó, para quedar sentada en la orilla de la cama. —Bueno, papi dice que quiere comer… Abby no esperó a que su hija terminara la frase, se levantó de su escritorio furiosa.  —¡Ya verás lo que va a cenar tu padre! —dijo apretando los dientes.    Salió de la habitación para encontrarse a James, muy instalado en el sofá, manipulando su teléfono celular. Se paró en frente de él, y le dio un manotazo a uno de sus pies.  —¿Qué diablos crees que es mi casa? ¿Un hotel? —le espetó con un tono que pocas veces había utilizado—. En donde puedas pedir comida a la carta. Él la miró como si de verdad se hubiera vuelto loca. —¿Cuál es tu agresividad? —inquirió tranquilamente. —Ninguna —lo miró—, solo pienso hacerte una pregunta. —Soy todo oído —dejó de mirar el aparato telefónico.   —¿Cuando te piensas marchar de mi casa? —le soltó sin ningún tipo de tacto. —Sabes que no puedo irme por el momento —hizo un gesto con las manos para ayudarle a recordar su condición de recién operado. James pertenecía al ejército de su país, específicamente a un equipo de inteligencia. En una de esas misiones había salido gravemente herido con un disparo en la rodilla, y otro en el abdomen.  Casi pierde la vida en la mesa de operación. Ella había llegado de su viaje prácticamente corriendo, porque la situación era tan delicada que necesitaban su firma para hacerlo. Con mucho temor lo hizo; ella no podía tomar una decisión de tal magnitud, porque ya no era su esposa.  —No me interesa si puedes o no, pero de que te vas de mi casa, te vas, James. —Te he dicho que por el momento no tengo a donde ir ni a quién recurrir. Además aquí están mis hijos. —¿Tus hijos? —le lanzó uno de los cojines que estaban sobre el sofá, y lo lastimó a propósito. —¡Auch Cris! —aulló de dolor—, ten más cuidado. —¿Dónde coño estabas cuando tus “hijos” necesitaron un techo? ¿Dónde estabas cuando no te tenían que comer, ni libros con que estudiar? Dime, ¿dónde?  James la miró de manera indescifrable, pues él nunca mostraba sus sentimientos. Así que no sabía si estaba molesto por lo que ella le estaba reprochando. Tampoco era que le importaba mucho.    —¡Oh no me contestes! —espetó—, yo lo haré por ti. Estabas jugando a “Rambo”. En ese momento él miró con resentimiento.  —No seas tan indolente e insensible, Cristina. Ella lo miró con asombro y chasqueó los dientes. —¿Ahora yo soy indolente e insensible? —se puso la palma de la mano en el pecho—. Te perdiste por tres jodidos años, y ahora estás instalado en mi casa como si no hubiera pasado absolutamente nada. —¿A dónde más voy a ir? —le cuestionó como si fuese obvio—. Estoy aquí, en esta casa. Porque tú eres mi esposa y mis hijos están aquí. De verdad, que el hombre era insufrible, mientras ella estaba más caliente que un caldero por la rabia. Él estaba con un temperamento neutral, quería lanzarle algo para lastimarlo, y que chillara de nuevo del dolor.  Respiró profundo, contó hasta cinco y cruzó las manos sobre su pecho. James le estaba empujando a darle un disparo certero a su arrogancia.  —Tú y yo, ya no tenemos nada. Desde que descubrí tu gran mentira. Y fuiste tan poco hombre como para aceptarlo, solo nos diste la espalda y te fuiste.  —A veces pienso que nunca podrás perdonarme, pero de igual forma sé que aun sientes algo por mí, por algo sigues siendo mi esposa. —¡Eres realmente un imbécil!  Le molestó que no hiciera caso a lo que ella le acababa de decir. Simplemente él miró alrededor del lugar. Su casa era muy bonita, pequeña, pero con todas las comodidades y lo mejor era que se sentía una paz increíble, porque sobre todas las cosas, era un hogar. —Tengo curiosidad de saber… —James entrecerró los ojos y se puso el dedo índice sobre los labios, como si estuviera analizando la situación— ¿De dónde has sacado todo esto? —abrió los ojos y enarcó una ceja y continuó:— Sobretodo tengo un terrible deseo de fisgonear en tu computador de última generación. Quiero saber en qué trabajas, qué te hace tener todas estas comodidades.  Abby se puso nerviosa por un momento, pero reaccionó y no de muy buena manera. —No tengo porque darte explicaciones de mi vida, menos de lo que hago y lo que no. No eres nadie, además por si no te has dado cuenta… estás en mi casa, y yo aquí lo que me dé la gana y como me dé gana. —¿Quién es Zennen? —él no perdió tiempo y disparó la pregunta de golpe, como si hubiese esperado el tiempo correcto para hacerla.   Ella palideció un poco y balbuceó.  —Eso a ti no te importa. —¡Ah entiendo! —recriminó como si ya hubiese contestado a su pregunta—. Ese es el hombre que te da el dinero, para vivir de esta forma. Esa es la verdadera razón por la que no me quieres aquí —afirmó.    Abby se acercó más de la cuenta al aparato que tenía en la rodilla, y le dio con otro cojín. Él pegó un grito de dolor. —¡Esto es lo que te faltaba! —alegó—. Además de que me engañaste durante muchos años con una mujer que te ayudaba económicamente. Nos abandonas por tres malditos años, te instalas en mi casa. ¿Me comparas contigo al preguntarme por Zennen?   Esas palabras llenaron un poco de vergüenza a James.  —Es que me imagino que debe ser alguien muy querido. El niño se emociona un mundo, cuando habla de él con Farah —se pasó una mano por la cabeza, señal de desconcierto por la actitud de ella.  —No te interesa quien es, además de que tampoco es tu problema quien sea él o qué tipo de relación tenemos. —Por supuesto que me importa. Eres mi esposa, y son mis hijos —rugió el hielo que lo rodeaba y se estaba derritiendo.    —Estás en un grave error —recogió los cojines que había tirado al suelo para ponerlos en su sitio—. En tres días te quiero fuera de aquí.  James chasqueó los dientes y en tono burlón replicó: —Creo que en el papelito que firmamos hace años, decía en la salud y en la enfermedad, querida esposa.  Ella no se aguantó y le dio su mejor sonrisa, estaba cansada de su arrogancia, y de lo inexpresivo que era.   —Sí, en eso tienes razón. Eso se aplica cuando tienes firmado el jodido papel. Pero te informo, que desapareciste hace tres años, y hace dos que me divorcié de ti. James se incorporó de golpe al escuchar la noticia.  —¿Qué dijiste? —él tuvo que preguntar, porque creyó que no había escuchado bien. —Estamos divorciados desde hace dos años, y en cuanto a los niños. Hace casi un año que habilité un tribunal, para tener la custodia completa. Así que si estás o no, para nosotros es indiferente.  —¿Cómo has hecho eso? —James no salía de su asombro. Sabía que ella era una mujer inteligente, pero no sabía que era capaz de llegar a eso.  —Hay leyes en este país que sirven. Así que se acabó mi hospitalidad. Te vas a largar de mi casa y punto. Antes de que me obligues a hacer lo que no quiero. Ella le dio la espalda, y se asomó por el pasillo.      —¡Farah y David!  —los llamó con gritos— Dejen de estar espiando conversaciones de adultos.    Enseguida ambos salieron del rincón en donde se encontraban. Cuando su madre los llamaba de esa manera, era mejor no hacerla esperar.   —Ya estamos aquí, mami —la voz baja y cautelosa de su hija, le recordó que con ellos no era el problema. —Vayan a cambiarse, rápido. Vamos a cenar fuera. Los niños hicieron lo que ella les había pedido, mientras que ella fue a su habitación, para  cambiarse también. Pocos minutos después estaban los tres listos para salir. Aún James seguía en el sofá y su cara era perturbada. Ella por segundos se sintió victoriosa, por fin había roto la coraza de su ex-esposo.    David le hizo gesto a su padre, queriendo decir con eso que lo sentía, pero que eran órdenes de su madre y no podía desobedecer.   —¿Papi no vendrá con nosotros? —preguntó el niño con su inocencia. —¡No! —respondió ella de manera tajante—. Si tiene hambre puede levantarse, y comerse las bananas que hay en la nevera, ¡vámonos! —les dio la orden y salió ella primero sin mirar atrás. Los niños salieron disparados era mejor hacerle caso a todo lo que decía su madre, cuando estaba de ese humor.    James se le quedó mirando como si no la reconociera. Al parecer de la que fue su esposa, era pura furia contenida y ya no quedaba nada de la mujer amorosa, detallista y dedicada a él que una vez fue.   Abby llevó a los niños a comer en Mcdonal´s, mientras iba por el camino, aprovechó para interrogar a los niños. —¿Quién de los dos le habló a su padre de Zennen?   —¡Yo no fui! —contestaron los dos al mismo tiempo mirándose con los ojos muy abiertos. —¿Qué hay de malo en que le diga a papi algo de Zennen? —con esa pregunta ella supo quién había sido. —Estoy cansada de decirte que nadie puede saber sobre él, David.  —Mami, pero yo solo le dije que él era tu novio —musitó el niño como si eso fuese normal. Abby frenó el auto en seco.  —¿Qué le has dicho qué? —bramó poniéndose una mano en la frente, y mirando a su hijo por el espejo retrovisor. —¡Oh enano! ¡Estás en problemas! —Farah le comunicó a su hermano. El niño en ese momento estaba asustado.  —Mami, la otra tarde estaba jugando con Santi y los dos dijimos que queríamos que ustedes se volviesen a ver. Para poder jugar de nuevo y papi estaba ahí, después él me preguntó quién era —el niño encogió los hombros como si eso fuera no fuese nada malo, que de hecho no lo era. —Cariño, Zennen es una persona muy especial para nosotros. Por eso no quiero que nadie sepa que es nuestro amigo. —Está bien mami, no lo haré más. —Otra cosa… —giró un poco su cuerpo para mirarlos a ambos— su padre debe irse de la casa. —¿A dónde va ir ese, mami? —le cuestionó  Farah—.  Está recién operado. Abby sonrió no había duda que su pequeña cascarrabias, quería mucho a James. Era el hombre con quien había crecido, su figura paterna. —No puede quedarse, niños. Nosotros hicimos una nueva vida en donde él no está. Además cuando sane, sabemos que se irá de nuevo, y quien sabe por cuánto tiempo esta vez. Así que no debemos aferrarnos a la idea de que se quedará con nosotros. —Mami, pero es lo mismo que dices de Zennen. —replicó el pequeño—, que no debemos aferrarnos a él. Lo único que me gustó del viaje es que hice un amigo.  —David pero eso es ya otra cosa, puedes seguir siendo amigo de Santiago a distancia. —¿Cómo tú y Zennen? —inquirió su hija.   Esa niña siempre la dejaba perpleja, demasiado madura para su edad. A veces la asustaba, ella solo asintió. Cuando llegaron a su destino, el sitio estaba en calma, pues era alrededor de las ocho de la noche, prácticamente, el lugar para ellos solos. Le entregó a Farah dinero, para que compraran lo que ellos quisieran, mientras se sentaba. La conversación que había tenido con James le había alterado los nervios, porque de verdad quería que se fuera de su casa, de su vida. Sentía como si le estuviera faltando el respeto a Zennen, porque él fue quien le ayudó a comprarla, quién le tendió la mano en su momento más crítico, y lo más importante… tampoco tenía conocimiento de cuáles eran las verdaderas intenciones de James.  En ese momento suspiró. Buscó en su teléfono celular, el contacto de Zennen por w******p como lo hacía varias veces al día. Él la había bloqueado. Quería explicarle lo sucedido, y recordó sus palabras:  «Si no estas ahí, daré por terminado lo nuestro. Te lo juro princesa, que no sabrás de mí, porque a ese maldito chat tal vez nunca volveré a entrar».
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