5. Aquella chica

1545 Words
El cielo que se vislumbra por la ventanilla del avión privado de los Moncada está en un azul intenso. Alexander se encuentra perdido en sus pensamiento observando el aparente lento desplazamiento de la aeronave. Muchas veces cuando emprende ese viaje, un manto de nostalgia cae en él, aunque nadie lo espere, aquella ciudad la considera más su hogar que España, donde tuvo algunos buenos momentos durante su infancia y adolescencia. A veces se preguntaba qué había sido de su amiga Corina, otras, se hacía las mismas preguntas sobre aquella chica que lo hacía babear cuando era un adolescente y que nunca se atrevió a hablarle. Alexander partió de España a tempranas horas de la mañana, irá a reunirse con Albert Bustamante. Cada seis meses viaja representando las empresas de su familia para poner al día balances financieros, expansiones e inversiones en nuevos proyectos; ya que el imperio Bustamente es el principal socio del Consorcio Moncada desde sus inicios, Alexei Moncada y Joseph Bustamante fueron grandes amigos y socios principales. Albert aparenta ser un hombre frío, calculador y un ogro, pero Alexander siempre ha querido acercarse a él y tener una amistad porque sabe que es una persona solitaria que tuvo que tomar grandes responsabilidades a temprana edad, con el corazón destruido por la pérdida de sus seres queridos; sin embargo, este gran empresario se ha negado. Alex lo conoce desde que tiene memoria, más de lo que Albert creer; cuando Alexei estaba introduciendo a Alexander en el mundo de los negocios, Albert lo orientó constantemente, ha sido cordial a su manera. Como de costumbre, al llegar al aeropuerto está un auto esperándolo, el que conducirá durante su estadía. Instalado en la suite del Hotel Meliá llama a su hermana, quien le contesta al tercer repique. —¡Hermano! ¿Cómo estuvo el viaje? —Tranquilo y eterno como siempre... —¿Estás nostálgico de nuevo por tu visita a esa ciudad? —Un poco Charlotte, he extrañado éste lugar, pero ya sabes cómo pasará... —Del otro lado del teléfono ella gruñe. —Ay ya sé. Ya vas a coger con las modelos huecas que se atraviesen. Apenas llegaste. —Alexander suelta una carcajada. —¡Pero uno la pasa rico! —¡Guácala! ¡No quiero saber nada de eso! —¡Tu empezaste! —Ok. Hablamos luego, ya sé que llegaste bien. Recuerda enviarme aunque sea un texto cada día para saber que estás bien. ¿Entendido? —Entendido doña Charlotte... —Pesado... Después de que culminaron la llamada, Alexander se dispuso a leer unos documentos en su tablet y sin darse cuanta se quedó dormido, el cambio de horario y el largo viaje lo habían dejado exhausto. Al día siguiente, despierta súbitamente por la claridad que ya tenía algunas horas filtrándose por la ventana de la habitación, con su rostro sobre la tablet babeada. —¡Carajo! ¿Qué hora es? —Alexander mira la hora y se sorprende al notar que son más de las 10 de la mañana. —¡Qué loco! ¡Cómo es que dormí tanto! —Presiona el botón de encendido para recordar qué fue lo último que hizo en su tablet y ésta no reacciona. —Oh nena, dime que solo te descargaste y no te dañé con mi baba. Después de conectar el dispositivo de su cargador Alexander entró a darse una ducha para luego ir a comer algo, sería un día algo largo. Debía hacer unas últimas revisiones a documentos y cifras antes de su reunión pautada para las 2 de la tarde, Albert era estricto con la puntualidad. Al volver a la habitación, Alexander sintió un gran alivio cuando vio que su tablet había reaccionado, ya que muchos documentos importantes estaban guardados en ella; luego se sentó a hacer los pendientes hasta llegar la hora de partir. De camino a las empresas Bustamante, Alexander va conduciendo un BMW, la marca que siempre solicita en alquiler mientras esté allá; va escuchando con excitación canciones de Bon Jovi; comienza a sonar "It's my Life", le sube el volumen al reproductor empezando a cantar con pasión; baila y simula que el volante es una batería, esta es su canción favorita de todos los tiempos; se detiene en un semáforo en rojo, una señora que va de copiloto en un auto que está al lado del suyo lo mira con rostro de horror como si estuviera loco, a lo que él le sonríe a través del vidrio y sigue cantando y bailando más exagerado como un rockero a la vez que la observa, le causa mucha gracias el rostro de espanto de su espectadora. En el momento que gira su rostro para mirar al frente y la luz del semáforo, se queda congelado al fijarse en una mujer morena que iba cruzando rápidamente por el paso peatonal frente al auto que conducía, era muy parecida a la joven que admiraba en su juventud; salió de su ensimismamiento por el toque de las bocinas de algunos autos que estaban detrás él y avanzara por el cambio de luz del semáforo; aceleró buscando dónde aparcar al cruzar la calle, estacionó en el primer espacio que consiguió para estacionar sin importar si estaba cometiendo una infracción o no. Alexander se encontraba cerca del sitio donde vio cruzar a aquella morena, observó hacia todos lados desorientado adivinando qué camino pudo haber tomado la mujer; de un momento a otro, llamó su atención una particular pastelería que se encuentra ubicada en la esquina de esa cuadra, cuyo color tan singular no la deja pasar desapercibida; se acerca hacia las vitrinas del curioso lugar, algo resignado por haber perdido a la chica. Los postres exhibidos parecían sacados de alguna revista o comercial, eran perfectos y provocativos. —Buenas tardes señor, ¿puedo ayudarlo en algo? —Sólo estoy contemplando esas exquisiteces, pero vendré a degustarlos más tarde sin falta. —Contesta Alexander sin dejar de ver la vitrina. —Entiendo... Será bienvenido cuando quiera degustar nuestros postres. —¿Hasta qué hora trabajan? —Con esta pregunta Alexander gira su rostro para observar con quién hablaba, llevándose una gran sorpresa. —Ha...hasta las 8 de la noche... —Ella titubeó cuando sus miradas se encontraron. Alexander estaba pasmado al darse cuenta de que la mujer que lo abordó era aquella a quien vio cruzar. Sin duda alguna era la joven de su adolescencia y esta era la primera vez que la veía tan de cerca. —Guau, esos labios son inconfundibles, es aún más guapa de lo que la recuerdo. ¡Dios! ¡Y tiene pecas! ¡Es muy tierno!... Sus rizos... Son perfectos... Ella es perfecta... —Su cabeza tenía un nido de pensamientos en su interior, dejándolo congelado frente a ella. —¿Sucede algo señor? —Eeeh, n...no, no... —Balbuceando sacude su cabeza... —La chica levanta una de sus cejas. —Okeeey... ¿Seguro que se encuentra bien? —Si, gracias... —En eso él desvía su mirada hacia dónde aparcó el auto que conduce y nota que hay un par de policías de tránsito colocando una multa en el limpiaparabrisas. —¡Mierda! —Caminó unos pasos hacia un lado. —Disculpe señorita... Nos vemos... —Salió corriedo hacia el auto no sin antes tropezar torpemente con una de las mesas de la pastelería. —¡Ashh! Lo siento... —Ella solo asintió y lo siguió con la mirada. Alexander llegó apresurado a donde estaban los policías de tránsito, los hombres le dieron un sermón más la multa, pues había estacionado en el puesto restringido frente a un banco. —¿Acaso no ve que dice claramente y por todos lados: "no estacione“? —Si, era una emergencia. —Responde Alexander con una sonrisa boba viendo hacia la pastelería. Nada lo podía hacer molestar, sabía dónde ubicar a aquella chica que lo sigue teniendo hechizado. —¡Ah! Seguro es uno de estos ricachones que se creen dueños del mundo. —Murmura uno de los policías. —¿Disculpe? No escuché bien lo que dijo. —Nada... —Arrancó la multa y se la dio a Alexander. —Tenga... Muévase ya... Infractor... —Ok. Éste subió al auto y lo puso en marcha, miró la hora y se exaltó, iba a llegar tarde a su reunión y seguramente Albert no iba a querer recibirlo por la impuntualidad, así que aparcó nuevamente sin cometer otra infracción y llamó a la asistente del empresario. —¡Hola Lucy! Soy Alexander Moncada. —¡Alexander! ¿Cómo estás? Dime... —Bien, gracias Lucy... Oye, se me hizo un poco tarde, ¿hay posibilidades de mover un poco mi junta con Albert? —Hoy estás de suerte, no tiene más reuniones en la tarde... Te colocaré para las 4pm. ¿Te parece? —Perfecto Lucy, muchas gracias. ¡Eres un sol! —Nos vemos... Con estas dos horas pospuestas le daría tiempo de almorzar algo antes de llegar a su reunión. Sus pensamientos se fueron nuevamente a la chica morena que lo ha cautivado desde su adolescencia, después de su reunión quería volver a la pastelería, se cargaría de valor y trataría de hablarle con más seguridad y control de sí; rogando también que estuviera libre de compromisos amorosos.
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