Anastasia
Las manos de ese musculoso hombre recorrían mis muslos, subían por mi cuerpo hasta llegar a mi cuello y apretarlo levemente, me miraba con esos ojos llenos de deseo, pupila dilatada y tan claros como el agua del más puro manantial, era algo que no podía dejar de ver, mis manos apretando los músculos de sus brazos, deseando que me ahorque con más fuerza y morir empalada por su gruesa raíz. Su boca, su aliento, su respiración, todo de él era mío en este momento, se detiene a mirar mi rostro y se acerca a besarme lentamente...
— ¡Anastasia! — El llamado de Ángela me hace volver a la realidad, de un sueño del que no quería despertar; Con la respiración agitada y la ropa empapada abro mis ojos. — ¿Estás bien? — Trago grueso y asiento. Era un sueño, un jodido sueño con ese papacito, sacudo mis pensamientos y pongo los pies en la tierra para seguido salir de la cama e ir detrás de mi amiga. Debo estar loca, loca de remate. Ese hombre claramente está fuera de mi alcance y obviamente no lo voy a volver a ver. — Vamos afuera, ayúdame a mover algunas cosas en la cocina, no tenemos nada para comer así que si te parece bien pedimos pizza y mañana saliendo del trabajo hacemos algunas compras en el supermercado.
— Me perece bien. — Ayudé a mi amiga a organizar la casa; el departamento, está muy bonito, es pequeño, tiene dos habitaciones, una terraza, sala y cocina. La sección de la cocina al fondo tiene lo que es el lavadero y espacio para las cosas de aseo. Todo está en su lugar, tenemos lo necesario y es nuestro, es lo que podemos pagar. Es más cómodo y nos ahorra cosas, como transporte, como el dinero y el tiempo para ir al trabajo.
Con la casa organizada subimos a nuestras habitaciones a asearnos, me pongo ropa cómoda y pido la pizza, luego nos encontramos en la sala para ir poniendo una película, cuando la pizza llega la recibimos y nos instalamos a ver la peli en la sala, tiradas en el piso y recostadas al gran sillón mientras cenamos, me sentía tranquila, liviana como si un peso de encima se hubiera quitado de mis hombros, la noche transcurre normal, pero vuelvo a levantarme agitada, sudada y sintiendo que si no lavo mi parte íntima ya, voy a tener un charco en esa zona. ¡Dios! Deseo a ese hombre; volví a soñar con él, me arreglo con un conjunto de pantalon y camisa, zapatos de oficina y salgo junto a Ángela luego de comer una tostada con mermelada y café. Es cierto que no tenemos nada en casa, pero esta tarde haremos el mercado, nos vamos al trabajo y a medida que avanza el día lo que parecía ser un día tranquilo se vuelve una mierda, el calvario empieza, mi angustia aumenta y tengo un susto que amenaza con que mi corazón salga por mi boca. ¡Me están acusando de robo!
— Señorita Percy, por favor acompáñenos. — Me dice el oficial de policía al lado del jefe de área. Han encontrado en mi bolso un dinero y papeles importantes para la empresa de tipo confidencial. Todos me observan y murmuran, se supone que soy nula, un cero a la izquierda y ahora soy el centro de atención y por la razón peor habida, en la mañana hubo mucho movimiento en la empresa, en la tarde llamarón a todos los jefes de área y a la hora de la salida hacen una requisa a todo el personal, uno a uno y de tantos, yo soy la miserable ladrona.
— Esto debe ser un error, no soy una ladrona.
— Nadie ha dicho lo contrario, por favor vamos. — El oficial me quita el bolso y luego me sujeta del brazo, forcejeo con él y es inútil, solo hago que el show sea más grande. Me llevan ante el presidente de la empresa que es una odiosa mujer, es la primera vez que la veo, pero en cuanto ponen lo que se supone que me robe en su escritorio se levanta de su silla y se me acerca para darme una cachetada colosal.
— ¡Quiero a esta mujer pudriéndose en la cárcel ya mismo! — Expresa con enojo y frialdad.
— ¡No he robado nada!
— Cállate estúpida. ¿O es que vas a explicar como es que las cosas están en tu bolso? Desde ahora la policía se encargará de ti, ¡Largo! — Con esas palabras, el oficial de policía me tomó nuevamente del brazo y me saca a jalones, no sé qué hacer, en todo el camino le voy diciendo que no soy culpable, que no sé qué pasó, pero de verdad no puedo explicarlo, no sé en qué momento me descuidé, ¡Dios mío por favor! ¿Cómo puedo explicar que no fui yo? No soy nadie y nadie va a hacerme caso, nadie va a ayudarme. Estoy esposada y sentada en la parte de atrás de una patrulla policial rumbo a una celda fría. No tengo a quien llamar o a quien pedirle ayuda. ¿Qué hago?
Llegamos a la estación y soy procesada de inmediato, rindo mi declaración y cuento los hechos como yo creo que pudieron haber sucedido. Pero eso no me sirve de nada, las conjeturas no importan, una persona poderosa está presionando para que yo pague por un robo o por tentativa de robo porque al final las cosas fueron devueltas y yo estoy segura de que alguien me está echando la culpa, pero ¿quién y cómo voy a probar eso? Finalmente, termino en una celda, hay dos o tres chicas que parecen más bien hombres vestidos con trajes ostentosos, minifaldas y escotes pronunciados, su maquillaje es excesivo, pero es lo que hay, me pongo en una de las esquinas y empiezo a llorar solo para escuchar que una de ellas me dice que eso no me servía de nada y cuánta razón tiene. Voy a pasar la noche aquí y mañana vendrá a visitarme un abogado de oficio, un jodido abogado de oficio que únicamente espero que me crea y no me pida que me eche la culpa para que me den menos años de condena, porque para eso es que sirven los abogados de oficio, pues rara vez te encuentras con alguien con ganas de trabajar y con ganas de hacer las cosas bien, una reducción de pena es lo que ofrecen y yo no voy a ser condenada por nada que yo no haya hecho.
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En otro lado... Departamento de las chicas.
Ángela
Estoy en casa llamando una y otra vez al teléfono de Anastasia; salí temprano del trabajo porque quería aprovechar para comprar las cosas del mercado, ella tenía varias cosas que hacer pendientes así que quedamos en que yo compraría las cosas y nos veríamos en casa, pero ya casi es hora de cenar y ella no aparece, estoy preocupada, la llamé y no me contesta. ¿Que pudo haber pasado? Me preparo un sándwich y empiezo a comerlo, cuando estoy preocupada me pongo ansiosa, no puedo evitarlo. El timbre suena y creo que es ella, me bajo de la silla súper alta de La isla de la cocina y voy a abrir la puerta, al abrirla what is this?
— ¿Quién eres? — Pregunto al salir del asombro. El tipo frente a mí es el malandro más guapo y bien vestido que he visto, fortachón, musculoso y grandote, a mis 19 años mido solo 1.67 y debo agradecer que así sea. Anastasia es aún más bajita, el tipo frente a mí debe medir 1.80, tiene tatuajes en el cuello y es sexy.
— No me vás a invitar a pasar? — Su voz ronca moja bragas me atrae, pero no, niego rotundamente. — Quiero dejar de ser un desconocido, puedes conocerme si me dejas pasar. — Muy convincente.
— No tengo ganas de conocer a nadie.
— Anda, juro que no te arrepentirás Ángela. — Ohh, sabe mi nombre.
— ¿Que quieres? — Me pongo alerta y el tipo empuja la puerta y entra. Me toma de la cadera y me pega a su cuerpo, lo empujo y vuelve a sujetarme. Lo tengo tan cerca que siento su aliento en mi rostro y su virilidad golpear mi abdomen.
— Te quiero a ti... — Me susurra.
— Soy virgen y no le daré mi virtud a un hombre tan... Tan... — El sonríe, sabe quien es y lo que posee. Malditamente guapo y sexy.