- Perdón, perdón – sólo repetía Bianca una y otra vez mientras la incredulidad le hacía negar con su cabeza.
- Ya está, no llores, mi amor – respondió Felipe, pero de inmediato se retractó: - Perdón, Bianca.
- Está bien, no te preocupes – De pronto, en Felipe, una luz pareció iluminarlo y darle una palmada en la espalda instándolo a algo más.
- Bianca, ¿podrás escucharme vos ahora? – preguntó calmado Felipe. Ella levantó su rostro y, afirmando con el movimiento de su cabeza, le dio el sí que él buscaba: - Y ese muchacho del bar, ¿quién es en tu vida?
- Lo conocí a mediados de julio en La Comarca, y me enamoré perdidamente de él. Desde ahí hasta hoy la vida me ha sonreído como nunca y he encontrado en él esa felicidad que se me viene negando desde hace cinco años. Haberlo conocido me devolvió cierta identidad y las ganas de salir a gritar a los cuatro vientos todo lo que mi corazón sentía. Yo sé, Felipe, que esta confesión mía, hoy, aquí, es producto de tu hallazgo esta noche, y que, sin eso, yo talvez, hubiese seguido con una relación paralela mientras mi madre terminaba de acomodar todo su mundo. Yo quiero agradecerte por haber aparecido hoy en ese bar y haberme dado el impulso que necesitaba para enfrentar todo este drama, porque si no hubiese sido por vos, ese impulso hubiese tardado más tiempo con consecuencias aún peores.
- ¿Por qué no viniste directamente y me solicitaste una ayuda económica para tu madre en vez de enamorarme, de crearme todo un universo hermoso para venir ahora y derrumbarlo todo, así como así? – dijo quebrado en su alma Felipe. Y continuó: - Lo hubiera hecho de mil amores, porque conocía a tu madre y a tu padre, y porque tenía un concepto hermoso de ellos más allá de ignorar los problemas que a ellos los aquejaban. Si hubieras tenido las agallas de venir y comunicármelo, nos hubiéramos ahorrado todos estos años de vivir creído que me amabas y de permanecer a tu lado viviendo cada día de mi vida soñando con un futuro al lado tuyo-
- Basta, Felipe, te lo pido por favor – respondió Bianca apoyando su mano en la de él. Ella continuó: - No sigas más, por Dios, no puedo más. Todo esto es muy doloroso, triste e indigno para mí. La vergüenza no me deja permanecer un segundo más aquí sentada junto a vos. Sólo deseo con mi corazón que me perdones y que perdones a mi madre por extensión. Ella estaba desesperada, no sabía ya a qué aferrarse, y pensó que, si yo tenía un futuro a tu lado, la vida le volvería a sonreír. Pero ya ves, las cosas cuando se hacen mal, salen inexorablemente mal.
- Bianca, no puedo ni quiero pensar en que mi vida seguirá su camino sin vos al lado de él. No me imagino la existencia sabiendo que no te tendré más. Te amo demasiado como para desprenderme como si nada hubiera sucedido, como si cada uno de los momentos vividos hubiese formado parte de un mal sueño. Vos me necesitás y yo te amo. Comulguemos desde ese lugar.
- ¿Vos me estás...? - Felipe tapó la boca de Bianca con suavidad.
- Pensalo, hablalo con tu madre. Yo les garantizo que esa deuda desaparecerá tan pronto estemos casados.
- No quiero seguir en esto, Felipe, no me gusta manejarme de este modo. Si mi madre no puede cubrir sus deudas, o, mejor dicho, las que mi padre le dejó, que busque otro método, pero yo no volveré a sacrificar mi vida, mis sueños y mis esperanzas por errores de los demás. No, Felipe.
- No digas nada ahora – dijo Felipe enfundándose en su costado cándido y bondadoso. Y siguió: - Yo sé que vas a volver, no por mí, pero vas a volver, porque el fantasma de tu culpa es inmensamente más grande que el amor que sentís por ese muchacho.
Ese 14 de septiembre, la alegría desmesurada de Felipe parecía cubrir y disimular la apatía notoria de Bianca más allá de esa mueca obligada de una felicidad inexistente que le lastimaba el rostro. La iglesia de Santa María Purísima la recibió esa noche con sus enormes puertas de par en par, colmada de familiares y allegados, enorgullecidos por ver este amor sellado por el verbo divino. Ella se soltó del acompañamiento de su hermano y con su cabeza mirando el espejado mármol, estiró su brazo y lo engarzó en el de él, terminando su caminata un metro más adelante, casi pegados a la doble escalinata que los separaba del padre párroco. Bianca prefirió adherirse a esa imagen de un Dios que asomaba como desalmado e impiadoso, ahí, colgado en su sacrificio detrás del sacerdote, un Dios que no tuvo las agallas para enseñarle un nuevo camino, un Dios que la abandonó a su suerte y que no quiso interceder en las negociaciones turbias de su madre, dejándola al costado de la ruta con una carga inmensa que, no sólo la estaba hiriendo malamente frente a un puñado grande de personas, sino, que le estaba destrozando el futuro y los sueños.
Pero Bianca no sólo tenía entre ceja y ceja a ese Dios pagano. También Alexander abarcaba el resto de su cabeza y sus estruendosas lágrimas – sin importarle la mirada y la preocupación del padre – eran un fiel testigo del sopor que ella padecía. Pero pudo echarle mano al atavío con el que ingresó y escapó de aquella ceremonia con su gesto al hombro para no hacerle más cuesta arriba el camino a Felipe. Un par de semanas más tarde, después de una luna de miel desprendida de la misma obligación de contraer matrimonio, Bianca decidió sentarse con Felipe y poner en claro ciertos puntos a seguir, puntos que, el mismo Felipe, le propuso como alternativa previo a la boda.
- Aquel amor puro y verdadero que sentías por mí, se transformó en un arma letal luego de saber mis verdaderos sentimientos y las reales causas por la que yo formé pareja con vos – dijo Bianca con firmeza y convicción. Ella siguió: - Usaste ese amor para mantenerme a tu lado, manipularme y mortificarme la vida. Está bien, lo acepto. Yo no tuve la entereza desde un principio de serte honesta y plantearte toda la estratagema de mi madre. Era muy inexperta, y la presión de ella, terminó por quitarme todas las fuerzas. Yo te hice una y vos me has hecho otra, porque, así como pude negarme desde un principio y no seguirte lastimando, así podrías haberte negado vos a partir del instante mismo en que te confesé todo y no continuar con este manejo sádico de retenerme y de amenazarme de dejar a la deriva a mi madre si no permanecía a tu lado. Pero necesito aclararte algo, Felipe: más allá de un papel y de la bendición de Dios, yo no voy a ser tu esposa en la intimidad. Realizaré mis tareas porque simplemente voy a estar viviendo bajo el mismo techo que vos, pero no me pidas más nada. Mi vida, mi corazón y mi amor todo, están en Alexander, y solamente él tiene acceso a mi mundo.
- No me obligues, Bianca, a valerme de artimañas para, legalmente, hacerte un hueco. No quiero eso. Apuesto a que tu amor nacerá alguna vez y que toda esta ensoñación que estás viviendo se terminará tal como empezó. Yo ye demostraré que haberte casado conmigo fue la mejor elección que pudiste tomar.
- Eso no va a suceder jamás – intercedió de pronto Bianca antes de que él continúe con su relato.